Destinos del futuro extranjero. Pierre-Stanislas LAGARDE.
Viernes 24 de febrero de 2006
Nuestra experiencia de atención médica psicoterapéutica para pacientes inmigrados tiende a orientarnos hasta la siguiente constatación: en numerosos casos, estos pacientes ya se ubicaban en sus respectivos países en un "puesto de extranjero". Tendremos que volver a considerar lo que entendemos con esto de "puesto de extranjero". Antes de todo digamos que este no es unívoco.
La migración, es decir, este fenómeno socioeconómico y sin lugar a dudas contemporáneo que consiste en la posibilidad de atravesar al menos una frontera, lo que según nosotros abre destinos inéditos para aquellos que ocupan este denominado "puesto de extranjero". Puesto que este ve su "realización" -su "efectuación"- posible a partir de ese momento. Es en ese sentido que usamos en nuestro título la denominación de "futuros extranjeros", a sabiendas que si la "realización" del destino del extranjero no se ha producido aún, este, por razones coyunturales evocadas anteriormente, se encuentra al alcance de la mano.
Aunque se produzcan consistentemente (y es lo que intentaremos enfocar de igual modo en esta comunicación), los efectos relacionados con el hecho de atravesar una frontera no son unívocos. En ningún caso anodino este paso puede desembocar en lo mejor o en lo peor. Además, apresurémonos en precisarlo, estas salidas que consisten en atravesar una frontera talvez no se encuentre en relación inmediata con el tipo de "puesto del extranjero" que el sujeto ocupaba inicialmente en su país de origen.
Para algunos, el paso de una frontera va abrir un campo de libertad hasta ahora inexplorado. Para otros, ese paso resultará nefasto. Como si el zanjar una frontera operaría en el plano psíquico de los efectos que calificaremos fácilmente como "no-regreso" puesto que una de las mayores consecuencias de estos efectos se traduce en el plano existencial por esa imposibilidad de atravesar un día la frontera en el sentido contrario para muchos migrantes. Es decir de poder "volver al país", cuando sin embargo este sería su deseo.
¿Pero al afirmar esto, qué entendemos con esta idea de "extranjero en el país"?
Enfocaremos primero esta cuestión en una dimensión individual, es decir que la persona es considerada en su singularidad.Antes de enfatizar la idea de una diferencia "en sí" (ser extranjero porque se es "diferente" a los otros), preferimos destacar la calidad de la relación que une a estos otros.
De este modo, implicando la psicosis, reconocemos la existencia de un lazo con los otros, a pesar de que este lazo no responde a la norma establecida. Es esa atipicidad que convierte al sicótico (desde un punto de vista fenomenológico) extranjero con respecto a los otros. Con respecto a la neurosis, lo extranjero y extraño del lazo persiste, pero es vivida como una extrañeza consigo mismo.
"Extrañeza con los otros" y "extrañeza consigo mismo"... aparentemente, todo parece diferenciar estos dos modos de ser del Mundo. Sin embargo, un punto en común los acerca: estas modalidades suponen ambas, más allá de la cuestión de los "otros" y la de un "yo, la existencia de un "gran Otro". Efectivamente, son las relaciones que neurosis y psicosis, cada una a su manera, establecen con ese Otro y que determinan la posición del extranjero en ambas estructuras. Ya que es manteniendo (en el sentido de perpetuar) su relación con ese Otro que ambas convierten la supuesta demanda de ese Otro en duradera. Estas otorgan un estatuto de existencia real a ese Otro, mientras que este es sólo construcción. En definitiva, es al Otro que recae la cualidad de extrañeza absoluta (por tanto que este sea construido sobre la nada), es el Otro quien confiere su extrañeza de los lazos que el sujeto teje con él y a partir del cual ese puesto de extranjero que tanto sicótico como neurótico ocupan a partir de ese momento.
Consideremos ahora el puesto del extranjero desde un punto de vista colectivo. Lo que nos lleva a considerar estas dos dimensiones, según nosotros indisociables, que resultan ser la aculturación y la dominación cultural. Ya que no existe aculturación pacífica. Hablando precisamente de la dominación cultural, sería más acertado y menos hipócrita otorgarle su verdadero nombre. A saber (más allá de la idea clásica de una occidentalización progresiva del mundo), este fenómeno que desde ahora parece sobrepasar incluso el occidente, queremos decir la regularización de nuestro mundo bajo el ángulo económico. Ya que lo económico no conoce ni el negro ni el blanco, es una abstracción que trasciende las razas e ignora las fronteras, una abstracción por lo demás terriblemente operante y difícilmente controlable.
Es por esta razón que uno se convierte un día en un extranjero en su propio hogar. De este modo, las culturas chocan en sus propios territorios, bajo este dominio de lo económico que abarca no sólo los recursos y las fuerzas vivas del país sino que también las creencias, las tradiciones y las costumbres que se habían mantenido hasta entonces.
Este es otro modo de aprehender el puesto del extranjero que ya se ocupa en su propio país.
La cuestión del traspaso de las fronteras.
Después de realizar esa serie de introducciones, podemos abordar la cuestión de la frontera y de los efectos relacionados con su traspaso.
¿Qué es una frontera? Bajo estas condiciones, diremos que se trata de una proyección topológica, es decir el recurso a una representación espacial. Pero nos preguntaran entonces ¿representación espacial de qué?
* Con respecto a los estados, la frontera marca un punto de ruptura. Es el lugar en que una ley y un idioma se detienen. ¿A través de qué esa ley e idioma ve terminar su acción? A priori la respuesta es simple: en las fronteras se encuentra lo que se llama aduaneros.
* Con respecto al psiquismo, se sabe que Freud recurrió a una representación espacial del aparato psíquico. (¿Habrá que ver en ello a lo sumo una necesidad didáctica o una disposición más general del espíritu humano?... Dejo la pregunta abierta)
En su "Introducción al Psicoanálisis", Freud nos entrega la analogía siguiente: el inconsciente es asimilado a una vasta antecámara con dos habitaciones contiguas. Una estrecha (el salón que representa la conciencia) y la otra cuya superficie es indeterminada, el preconsciente. El tránsito entre la antecámara y estas dos habitaciones se ve regulado por un guardián que custodia el umbral de la habitación del preconsciente.
Estas imágenes, es cierto algo ingenuas y simplistas como además lo admite Freud, sin embargo toman todos los valores heurísticos cuando se trata de reflexionar sobre los efectos psíquicos de la migración, es decir el traspaso de este umbral particular que representa una frontera.
Nuestra sensación es que este traspaso no sucede sin tener efectos psíquicos. El ejemplo clínico que plantearemos más adelante indica esta tendencia. Nuestra opinión sin embargo no se apoya sólo en datos clínicos sino también en otras consideraciones más especulativas. ¿A qué nos referimos?
Hemos evocado anteriormente la cuestión de las relaciones que cada ser mantiene con esa instancia denominada Gran Otro. La migración levanta la cuestión de la eventualidad del paso de un Otro a otro Otro.
También existe la hipótesis siguiente, igualmente de peso: Hemos dejando entrever que el recurso a la espacialización del aparato psíquico no proviene solamente del simple hecho didáctico de un tal Freud exponiendo su teoría sino que asimismo señala talvez (en todo caso esta es nuestra hipótesis) una necesidad del espíritu humano, sea esta pasajera o convertida ulteriormente en un accesorio. A su modo, la fase del espejo lacaniano enfatiza este paso relativamente duradero, más o menos marcado según el tipo de estructuración psíquica por la representación espacial.
Justamente, en el registro que le es propio, el migrante actúa en esta dialéctica espacial. De manera que podemos preguntarnos si esta actuación, porque redobla y recubre estrechamente la dialéctica espacial del psiquismo, no tomaría el aparato psíquico del migrante en el lugar mismo de una de sus modalidades esenciales de agenciamiento y hasta de funcionamiento. Tal podría ser, formulado de este modo, el segundo comentario teórico que guía nuestras reflexiones.
En otras palabras, es como admitir que en el traspaso de la frontera por el migrante se traspasa este umbral que delimita espacios psíquicos diferentes. Umbral a través del cual (como lo hemos observado) se encuentra y se juega la cuestión primordial de la censura así como la instalación de mecanismos de defensa vitales para el psiquismo, cuya represión constituye a nuestros ojos el paradigma.
Con respecto a este punto, la clínica habla por sí sola. Cuando se piensa por ejemplo en el desarrollo del turismo sexual de los occidentales. Estos turistas, por lo demás hombres en su mayoría, van a "autorizarse" una sexualidad que muchos de ellos nisiquiera habían concebido si hubiesen permanecido en sus casas y en su país.
Cuando se sigue pensando en esos casos de migrantes que establecen con sus hijas relaciones de un modo incestuoso, o en ciertos casos llegar a consumirlas.
Justamente, en ambos ejemplos, una frontera resulta traspasada y esta no es sólo moral sino geográfica y cultural. "Algo" que en condiciones habituales normalmente es censurado parece haberse escapado a la vigilancia del guardián.
¿En qué consistiría precisamente ese "algo"?
La distinción que hemos operado en el seno de la noción de resistencia (al despejar a partir de esta lo que por una parte es una consecuencia de la represión social y lo que por otra parte es consecuencia de la resistencia singular ante la posible pérdida del propio placer) entrega un primer modo de explicación. Allá, lejos de las leyes del país de origen, el guardián social padecería de ceguera. Dejaría pasar, porque ya no los ve, a los visitadores indeseables.
Pero esta explicación se revela rápidamente insuficiente, sobre todo con respecto a los casos de incesto. Ya que la prohibición del incesto no se encuentra relacionada con una cultura propia, constituye, lo sabemos, un dato universal. Por lo que hay que lanzarse en la búsqueda de una explicación suplementaria.
El principio de esta explicación podría encontrar su punto de partida en lo que viene a continuación: el guardián de la frontera efectivamente estaría ciego pero no sólo desde un punto de vista moral. Esta ceguera conllevaría de igual modo (y sobre todo) el reconocimiento de las mociones de deseo.
A ciencia cierta, hay que tomar en cuenta el trabajo de la censura no sólo bajo el concepto del ejercicio de una vigilancia social sino ante todo como un trabajo lingüístico. Es decir este trabajo de condensación y de desplazamiento puesto en evidencia por Freud a partir de la interpretación de los sueños. Trabajo que involucra el deseo, es cierto él mismo siendo sexual en su esencia, no obstante irreductiblemente asociado a un hecho del lenguaje. Por lo que nos ubicaremos en la hipótesis siguiente:
A saber que la censura a merced de un traspaso de frontera perdería su capacidad operatoria sobre las representaciones del deseo. Lo que tendría como consecuencia, al mismo tiempo, dejar riendas sueltas a la monstración de las tendencias instintivas, estas tomando la forma del paso al acto en el cual no existe ninguna posibilidad para el sujeto de pronunciar una palabra. Dicho de otro modo, el paso de la frontera no se concibe aquí como una simple suspensión de la represión, justamente debido a que el trabajo de represión no estaría en medida de efectuarse. Al aclarar esto, ¿cómo tomar esta disfunción de la censura?
Hemos dicho que el lugar de la frontera podría ser considerado como el límite que separa dos grandes Otros antagonistas. Estos Otros representan justamente los lugares respectivos de depósito de un idioma y de todo lo que puede vehicularlo, o sea la historia singular y colectiva. Así es el Otro como un lugar de memoria. A lo cual hay que agregar la función de estructuración por el Otro del cuerpo instintivo, la que depende de las modalidades del anudamiento establecido entre este cuerpo y el Otro. Por lo tanto, la hipótesis según la cual en el transcurso del paso de otro hacia un otro Otro será planteada y esto con motivo de la interferencia lingüística por la que se ve afectado este paso, el trabajo de la censura (que está íntimamente ligado al Otro así como este constituye la referencia lingüística a partir del la cual este trabajo opera) es gravemente perturbado.
Ahora vamos a relatar el caso clínico anunciado. Apoyándonos en él, definiremos cuanto antes esta interferencia.
El caso del señor C.
En el momento en que nos reunimos con C. por primera vez, él tenía 64 años. Hace cerca de 20 años que reside y trabaja en Francia. Su familia siempre se quedó en Turquía. Casado, es padre de familia y abuelo de numerosos nietos. Está jubilado hace 4 años. ¿Porqué se queda entonces en Francia? C. Contesta que espera tener 65 años (los cumplirá además en 9 meses) con el objetivo de redondear aún más el monto de su jubilación.
¿Cuál es el problema entonces que lleva a C. a consultar en psiquiatría?
Especifiquemos que no vino por sí solo. Fue enviado por un servicio médico. Las dificultades iniciaron hace 3 meses. Consisten en lo siguiente: un hombre (un "árabe" se apresura en precisar) practica magia en su contra. Cada tarde, hace 3 meses, este árabe sopla en un fuego mágico lo que atiza las peores sensaciones de quemaduras en el cuerpo de C.
¿Qué dice C. con respecto a su persecutor? Muy pocas cosas, pero muy valiosas. Los dos hombres viven en el mismo hogar. Ambos llegaron a Francia el mismo año. En fin, hace siete años, el hombre le preguntó a C. si podía prestarle dinero, a lo cual C. se negó. Le quedó un sentimiento de estar en deuda. Porque el dinero es importante para C., es el dinero el que lo impulsó a dejar el país, es también por causa de dinero (lo vimos) que retarda la fecha de su regreso.
¿Qué nos pide C.? A priori, no es precisamente curación. Pide y siempre pedirá con la misma insistencia que se entregue testimonio ante la policía de la autenticidad de las maniobras de las cuales es objeto.
C. no dará nunca su brazo a torcer: vuelve a afirmar cada vez que sus perturbaciones son absolutamente reales, no provienen por ningún motivo de la psicología. Ante nuestra proposición de poder hablar, él responde: "vengo acá para acusar a alguien, no para hablar".
Ante la invencibilidad de esa convicción, decidimos pronto colocar a C. bajo Haldol en ambulatorio. Este tratamiento no afectará para nada su convicción.
Un suceso que se destaca: durante todo el tiempo de la atención, C. jamás desistió hacia nosotros de su actitud absolutamente desprovista de toda desconfianza. A decir verdad, nosotros mismos encontramos que C. era un buen hombre, preocupado por su familia y de sus amigos, sensible y acogedor. Una impresión ciertamente extraña cuando se trata de una sospecha de... ¡paranoia!
Y a lo que se refiere a tratamientos tradicionales, como hombre simple que era, C. ya los había intentado todos. Sus diversos intentos con los odja nunca arrojaron algún resultado mínimo. Sobre este punto también, a pesar de los fracasos sucesivos, nunca encontró algo que criticar, ninguna vindicatividad.
Un día cualquiera, sin que sepamos porque, C deja de venir a la consulta. Tres meses transcurren sin ninguna noticia. Y de pronto vuelve a aparecer en la consulta, esta vez acudiendo por sí mismo.
¿Qué hizo durante este tiempo? Fue a Turquía a visitar su familiar y consultó nuevos odja, sin obtener mucho más éxito. Para dar prueba de esto, nos abre su chaqueta donde se puede apreciar una decena de muskas de todos los colores que cuelgan del doblé: "esto no sirve para nada" refunfuña con cara larga.
Sabiendo que su padre murió hace años, le pregunto por intermedio del intérprete si le contó sus preocupaciones a sus hermanos y es allí que una brecha se abrió por fin en su discurso. Veamos de que se trata.
Me entero de que no lo hizo. C. no confía en sus hermanos, todos provienen (insistimos sobre este punto) de una madre distinta a la suya. (además comete un asombroso lapsus con respecto a esto declarando -antes de corregirse de inmediato- que "sus hermanos no son del mismo padre").
Me entero también que C tuvo un "verdadero hermano", es decir de la misma madre. Pero este falleció a los 22 años luego de una enfermedad. A la época, esta desaparición afectó muchísimo a C. "Podríamos haber ido juntos hasta la muerte" nos dice refiriéndose a este hermano que, nos revela entonces, se llamaba Ismael.
El nombre Ismael resonó instantáneamente en nuestra mente. De hecho, nos acordamos que Ismael, hijo de Abraham y de la sirviente Agar, es considerado como el ancestro de la nación árabe. Al informarnos posteriormente, supimos que Mohamed incluso había ubicado a Ismael a la cabeza de su genealogía. Por fin era posible establecer una relación entre el delirio y la historia de ese hombre. De pronto, se tejían lazos entre el persecutor árabe e Ismael, el hermano muerto.
A partir de este momento, volveríamos a ver a C. sólo en dos oportunidades, pero eso todavía no lo sabíamos.
La vez siguiente, declara que su sueño es mejor. Eso no le impide seguir sufriendo la persecución del "árabe". Nos dice con respecto a este que es "joven y fuerte". Le preguntamos si por casualidad este hombre no tiene acaso 22 años. Y C. nos responde inmediatamente en los mismos términos ante la obvia absurdidad de nuestra pregunta: "el que tiene 22 años es mi hermano que murió". Agrega además que el árabe seguramente no es un "ignorante".
Durante la última sesión, C. confirma el mejoramiento de su sueño. Incluso empieza a contarnos sus sueños. Dice que sueña justamente con su hermano Ismael. Pero se retractó de inmediato: "no, no soñé con Ismael sino con mi familia", "Mi familia está sola allá y yo, estoy solo acá". "He envejecido" murmulla, "estoy cansado de prepararme comida solo todos los días". Une fuerte emoción recorre entonces su rostro.
Evoca además la persecución. Hecho sorprendente, designa esa vez su persecutor bajo el nombre de ARKADAS (pronunciar arkadach) lo que en turco significa amigo. Término, para saberlo, que es construido a partir de KARDES (kardech) que significa hermano. Si se va más allá en la investigación etimológica, se descubre que la palabra kardes proviene de KARINDAS (karinedach) que designa precisamente las personas que compartieron el mismo vientre. Un vientre precisamente donde no vivieron los hermanos sobrevivientes de C. y cuyo representante de esa experiencia compartida desapareció hace mucho tiempo. Al término de esa sesión, C. nos anuncia que regresa a Turquía el fin de semana. "Quizás vuelva el próximo mes de septiembre" lanzó en un tono dubitativo en el momento de despedirse.
Comentario del caso del Señor C. y conclusiones
Aquí tenemos entonces la historia de C. Deseémosle ser capaz en septiembre próximo de renunciar a volver a tomar el avión para Estrasburgo y de vivir en paz en su país, con los suyos, vivos y muertos.
No insistiremos sobre la cuestión del duelo. Solamente digamos que C. al venir a instalarse en Francia, probablemente trajo consigo un muerto en sus maletas. Queremos referirnos por supuesto a su hermano Ismael, cuyo duelo podemos pensar que no fue concluido. Por lo demás, esa hipótesis no agota el análisis de la historia de C. Este duelo inconcluso sólo es el epifenómeno de la conmoción de un complejo más profundo que afecta probablemente la cuestión del padre: el lapsus que detectamos parece indicarnos esto. Porque nuestra meta es enfatizar los efectos relacionados posiblemente con el traspaso de frontera.
Pienso que habrán seguido nuestro enfoque sobre este caso. Sobre la base de diversos argumentos expuestos anteriormente, planteamos que es el hermano de C. (el famoso Ismael) que volvió a surgir en la realidad, cotidiana y actual, de C., bajo la forma del árabe persecutor.
Evidentemente, una aprehensión paranoica clásica calificaría este cuadro de delirio de persecución paranoica con previas alucinaciones de orden cenestésico. Pero desconfiamos tanto de la psiquiatría como de los puntos de vista clásicos.
Ya lo hemos dejado entrever: C. jamás nos colocó en el papel del objeto nefasto. Por lo demás, está claro que este cuadro, de apariencia delirante, se inscribe en un tiempo muy particular: el que precede al traspaso (esta vez en el sentido contrario) de la frontera. Lo que deja pensar que se vuelve a jugar lo que en el primer paso (digámoslo de ese modo) se había logrado desbaratar.
Por lo tanto, proponemos que este cuadro tiene de sicótico sólo la apariencia. Es decir que los fenómenos delirantes que se observan no emanan de la forclusión del nombre del padre sino de la destitución de otro (entendiéndose en el mayor sentido de una privación de función) en beneficio de otro Otro, dotado de un modo operatorio radicalmente diferente. Es decir que ese otro Otro opera según una función de designación mientras que la función del primero (del cual el sujeto se encuentra ahora desprovisto) consiste en representar el sujeto para otro significante. ¿Qué significa?
Es decir que al significante, apto para prestarse a las operaciones lingüísticas del desplazamiento y de la condensación necesarias al mecanismo de represión, se substituye la tiranía del signo, dicho signo ya no representa el sujeto sino que lo limita y encierra en el puesto del extranjero, en el sentido que el sujeto lo es a partir de ahora (extranjero) con respecto a su inconsciente (cuyas formaciones ya no logran hacerse escuchar) como lo sigue siendo con respecto a ese otro Otro, quien desde lo alto de su posición de dominante, disminuyéndolo al rango de objeto, le asigna su lugar de dominado. El significante representa, el signo domina. El primero permite la represión en el seno de lo interno, el segundo llama a la designación por la vía de lo externo.
Es allí otra manera de dar cuenta de esa relación dominante/dominado destacada anteriormente con respecto a la cultura. Y aunque nos parece excesivo colocar esa dominación en el corazón mismo del destino psíquico de los migrantes no occidentales, esta influye fuertemente.
Hemos dicho que la frontera marca el fin de una ley. Definición insuficiente. La frontera no es un lugar pacífico (por lo demás, cuando la paz se instala en el tiempo, esta ya no tiene razón de ser). La frontera representa al contrario el lugar privilegiado en el que se enfrenta el Espíritu de las leyes.
De manera que atravesar una frontera es exponerse (o incluso ofrecerse) en un lugar de tiro abierto de esa lucha mortal entre los Otros. Y así como cuando se llega a un enfrentamiento, algunos saldrán ilesos (lo que es tan incomprensible que se opta por referirse a estadísticas) mientras que otros serán heridos (más o menos gravemente) o incluso dejarán su vida.
C. sin lugar a dudas fue herido durante ese paso. ¿Cuáles fueron las consecuencias de esa herida durante su existencia en Francia? No lo sabemos. No obstante, se puede pensar que su incapacidad persistente en expresarse en francés sin dudas es uno de esos efectos.
En cambio, lo que sabemos es que la herida volvió a abrirse cuando volvió a pasar la frontera, tal como su boca: C. no dejará de proclamarlo, un árabe de pronto lo persigue. Y esto hay que darlo a conocer a toda costa. ¿Hay que ver en esa persecución al Otro que domina y no quiere soltar su esclavo? Porque no... Pero sobre todo, a lo que asistimos a merced de las sesiones durante las cuales C. va hablar en su idioma (¡va tener la oportunidad de transferir en su idioma!) es a la emergencia de otro Otro gracias al cual C. se pone a hablar nuevamente. Otro que se inclina desde ahora a cometer lapsus, que lo hace tratar a su enemigo de hermano, le permite reencontrar el deseo del sueño (es decir el despertar del deseo). El deseo renace en su expresión a pesar de que su sentido permanece escondido. Ya no evacuado como antes sino reprimido. Efectivamente, se entrevé en C. la designación persecutora dispuesta a volcarse al rango de cadenas significantes, la represión a punto de substituirse a la persecución.
Aquí se evocó brevemente a través de la historia del Señor C. uno de los destinos posibles del futuro extranjero. Con toda seguridad, esta no agota las riquezas de estas posibilidades. Pero al menos tiene el mérito de indicar algunos de los giros más secretos, cuyos efectos (así como el agenciamiento) faltan por explorar desde mucho antes.
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