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Traspaso de idioma y mediación de la palabra Martine Porée du Breil

Viernes 25 de agosto de 2006, por Karina Girardeau

 

Martine Porée du Breil [1]

Hace varios meses, cuando Bertrand Piret me pidió un título para la preparación de estas jornadas, le propuse “traspaso de idioma y mediación de la palabra”. No les niego que necesité de un tiempo antes de poder hacer algo con esto, lo cual deja claro cuan difícil resulta a veces desarrollar una frase, en todo caso, así lo sentí. Luego, empecé un trabajo, el que llevo a cabo desde hace tres meses con los solicitantes de asilo, y fue entonces cuando pude empezar, a partir de esta experiencia, a desarrollar algunas ideas.

Considero esta experiencia con estas personas que llamamos solicitantes de asilo como un lugar de paso y, por ello, para mí se trata de una verdadera mediación.

No obstante, antes de proseguir, quisiera detenerme un momento en este concepto de mediación. ¿En qué consiste una mediación? El primer diccionario que tuve al alcance me entregó la definición siguiente: “1°: intervención destinada a concluir en un acuerdo, arbitraje; 2° (Der.): procedimiento del derecho internacional público o del derecho laboral que propone una solución conciliadora a las partes en litigio; 3° (Fil.): articulación entre seres o dos términos en el seno de un proceso dialéctico o en un razonamiento”.

En estas tres definiciones, se habla de intervención, de conciliación o de articulación en el punto de escisión entre dos planos en los cuales no es posible un entendimiento.

La mediación sería entonces lo que permite cierta forma de armonía, de entendimiento como el hecho de entender.

Pero también hay la idea de acercamiento con media en el sentido de lazo, lo cual supone asimismo cierta relación de distancia entre los planos, puesto que hay lazo sólo en la distancia. Mientras que inmediato remite más bien a la idea de una forma de collage, a una yuxtaposición que llevaría, de golpe y radicalmente, a excluir toda posibilidad de lazo.

Si esta experiencia, de la cual quisiera hablarles, es para mí una verdadera mediación, es porque me permite establecer puentes en mis pensamientos y espero poder encontrar algunas balizas en el campo que deseo explorar, a saber el del Extranjero. Y me parece que la cuestión del Extranjero, el Extranjero como representante de lo no-familiar, lo desconocido, lo imprevisto, es efectivamente el sitio en el que se manifiesta el problema de la desavenencia, del malentendido, sabiendo además que las fronteras, después de todo, no se encuentran nunca donde uno las espera, donde uno las traza.

Les pediré ahora que imaginen un poco las situaciones de las cuales voy a hablarles. Ustedes vienen de Nigeria, del Congo, de Kosovo, de Albania, de Turquía, de Palestina, de Afganistán, de Bosnia o de Costa de Marfil... y han llegado a Francia en una clandestinidad total, en condiciones a veces indescriptibles, y quizás sin saber en qué país europeo van a llegar. El único pensamiento que los anima entonces es la idea de huir. Huir la guerra, las bombas, la destrucción, el saqueo, la precariedad, la inseguridad, la tortura, la humillación, el miedo... la muerte. No hay sitio ni tiempo para imaginarse el afuera, o sea sí, será un afuera en el que no habrá ninguna guerra, ninguna bomba, ninguna inseguridad... en pocas palabras, ustedes pueden representarse su nueva vida afuera sólo en términos de negociación en relación a lo que ustedes han dejado (por lo demás, ¿qué quieren dejar en esta inmediatez? ¿su país? ¿sus torturadores? ¿su familia? ¿sus dolores? ¿la injusticia? ¿sus esperanzas frustradas? ¿su desamparo? ¿sus aspiraciones? En mi opinión, no es tan sencillo y los hechos, tan pesados como sean, no lo son todo). Ustedes se encuentran entonces, después de un tiempo pasado en lugares recónditos, de improvisto en Francia, y con suerte, les descubren algunas asociaciones de beneficencia. Ahí se les ofrece una ayuda de primera urgencia y como no tienen estatuto legal en nuestro territorio, se les conduce a la prefectura con el objetivo de regularizar su situación. ¡Qué suerte! Quizás vayan a poder obtener derechos en nuestra sociedad, pero para ello, tendrán que empezar a contar por qué huyeron de su país, puesto que ésta es la piedra angular de todo el sistema a partir del cual se construye el reconocimiento social de su presencia en territorio francés. De esto modo, después de su paso en la prefectura, ustedes se convierten en “solicitantes de asilo”. Para aquellos que aún no han percibido adonde quería llegar con esto, un solicitante de asilo es una persona extranjera que ha recibido por parte de la prefectura una autorización provisional de estadía por un mes, junto a un formulario de la OFPRA [2] a reenviar antes del final del APS [3], a sabiendas de que la obtención del estatuto de refugiado o no depende de la reexaminación de este expediente OFPRA. Un solicitante de asilo es alguien que solicita el asilo, cierto, pero también es una denominación que designa a toda persona envuelta en un verdadero proceso de fabricación de una nueva identidad.

Antes de ir más allá, quisiera recordarles el artículo de la Convención de Ginebra de 1951 en el que se fundan todos los trámites:

“El término refugiado se aplicará a toda persona que con fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país; o que, careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos, fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera regresar a él.”

Es importante recordar este artículo ya que todas las acciones recaen sobre este texto, en estas palabras y constituye por lo tanto la trama que otorga todo el sentido a la acogida que se autoriza o no en nuestro país. Este artículo de ley nos dice entonces que las personas que pueden solicitar el asilo deben justificar y dar motivos bastante específicos, en este caso motivos relacionados con temores objetivos de persecución por criterios relacionados con su raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas. Aquí hay un primer elemento que me parece fundamental y a partir del cual todo parece constituirse: la necesidad de la prueba. El estado francés acepta considerar un probable derecho de asilo a un residente clandestino bajo la condición de que éste justifique su inscripción en una de las categorías mencionadas en la convención, que la compruebe y la explicite. Con esta cuestión de la prueba, por supuesto también se perfila toda la cuestión de la verdad. Y para nosotros, toda la dificultad se plantea a partir de este punto, puesto que, por un lado, hay que reconocer que las políticas de reglamentación y de control social de parte del gobierno son legítimas y necesarias pero, por otra parte, se nota que estas medidas, por mucho que autoricen un marco propio del despliegue de una acción, a su vez determinan de antemano la manera en que las personas van a contar su historia. La necesidad de la prueba y la exigencia de la verdad conduce el discurso por el lado de lo manifiesto y de lo tangible, donde ya no se trata de convencer al otro. El otro que sigue deteniendo en sus manos el destino del solicitante de asilo, mientras que la huida pretendía ser una tentativa de liberación. Mientras que el procedimiento filtra su escucha y ordena los elementos que recoge, el SA (solicitante de asilo) se dedica exclusivamente a hablar sólo de los puntos en que se le conteste, incluso corriendo el riesgo de amputar una parte de la palabra. Pero no sin repercusiones, ya que cuando la inmediatez de su exilio requiere un trabajo de distanciamiento mediante una elaboración, una historización, se deja atrapada a la persona en su experiencia traumática. Tanto que finalmente, la solicitud de asilo se convierte en el momento en el que algo, por ejemplo un sello, literalmente va a fabricarse y aplicarse en la historia de las personas, como una marca indeleble.

Es toda la paradoja del procedimiento de acogida de estas personas en Francia, las posibilidades de obtener un derecho de asilo se encuentran directamente relacionadas con la objetivación y la cosificación de sus vivencias. Tanto que incluso antes de poder inscribirse en una palabra, el hecho es tragado y “fetichisado” bajo la forma de un relato que no deja de ser retomado y reevaluado bajo criterios y categorías preexistentes y determinantes para la toma de decisión. Hay una paradoja en el tener que fabricar traumatismo con el fin de obtener eventualmente el derecho de extraerse de éste. Y eso me recuerda a ese psiquiatra que no duda en decirle a su paciente, para tranquilizarlo en cuanto a su nuevo destino de esquizofrénico. “No se preocupe por su futuro, ¡su enfermedad le genera derechos!”. El hecho de aspirar a un exilio cuando se es radicalmente identificado a su discurso es bastante paradójico. En efecto, es necesario decirlo abiertamente, si el relato debe motivar de manera totalizadora el trámite del solicitante, si debe responder a una inquietud de coherencia, claridad, lógica y credibilidad, es porque todo procedimiento responde a una lógica de necesidad justificada por la aparente urgencia. La inmediatez a la que estas personas están enfrentadas se repite entonces en esa ausencia de espacio para una elaboración del sitio del sujeto en este contexto. Ahí donde se trata ante todo de una cuestión de necesidad, parece que resulta difícil escuchar un fragmento de deseo, sobre todo cuando se trata de instalar repuestas urgentes que, a pesar de ser necesarias, merman la posibilidad de un cuestionamiento con respecto a la propia responsabilidad de los sujetos en sus acciones pasadas, presentes pero también futuras. A partir de ahí, ¿cómo será posible apropiarse un por-venir? El exilio se convierte en una misma experiencia codificada y pre-pensada por las organizaciones administrativas del estado, verdaderas estructuras fundadoras de una nueva comunidad, la comunidad de los refugiados. Esto me hace pensar en la atención psiquiátrica de la categoría de pacientes llamados sicóticos. La cuestión es la misma: adonde resida el Extranjero se impone un trabajo necesario de normalización con la instalación de un conjunto de prótesis mínimas que sean más o menos consistentes pero cuyo sentido responde también a esta necesidad de cierto orden social. Si se trata de los solicitantes de asilo, el rechazo del estatuto sólo puede llevar al vagabundeo absoluto.

La atención a los solicitantes de asilo es una verdadera institucionalización. ¿Acaso no se trata de un momento de petrificación o incluso de despersonalización extrema en el que la pérdida de referencias culturales y familiares participa de una pérdida de identidad cuya única respuesta puede resumirse en aferrarse y defenderse cerrando las puertas ante el Extranjero y una de sus manifestaciones puede expresarse a través de una patología mental?

Mas allá de la confrontación a un ideal de vida, evidentemente nunca encontrado en la realidad, la solicitud de asilo es una trampa para aquellos que no logran mantener una distancia entre la espera y la esperanza de una vida mejor y la fabricación de una nueva identidad aplastante para la subjetividad, la cual determinaría las condiciones mismas del derecho a otra existencia. Planteemos la hipótesis que precisamente el collage, la yuxtaposición de esta espera, de esta esperanza o de la fantasía de una vida mejor, con esta fabricación administrativa como verdadero maquinismo fundador, origina un traumatismo. Es a este nivel que sitúo la urgencia, la urgencia con respecto a la introducción de un espacio propio a la emergencia de una palabra que ya no será escuchada al pie de la letra o bajo la perspectiva de la verdad sino en su propia dinámica, movimiento, tonalidad y variaciones. Es una constatación que los trabajadores sociales hacen cotidianamente cuando se enfrentan a una doble lógica: la de responder a la petición del estado cuando el trabajo humanitario en el que se involucran los ubica en una dirección transferencial que se encuentran obligados de ignorar. Su trabajo de escucha, que se ve obstaculizado por las exigencias concretas y la sistematización de los procedimientos, deja pruebas sin embargo del dispositivo, aunque sea mostrando la dificultad a menudo de encontrar la distancia apropiada ante la expresión de un sufrimiento que ninguna ayuda concreta predeterminada puede resolver. Cuando se encuentran precisamente en el sitio donde se les dirige una palabra, escuchar algo provoca un pánico, un sentimiento de estar enfrentados a un imposible que sólo es seña del constreñimiento al que están sometidos al mismo tiempo que la repercusión del efecto de cosificación de la persona. Del mismo modo, a menudo se escucha por parte de los trabajadores sociales cierta exasperación ante actitudes fácilmente reivindicativas de las personas para las que las ayudas se transforman en un derecho. ¿Estos efectos no se encuentran acaso dentro de la lógica de la fabricación de un objeto totalizador en el espacio del deseo? Las situaciones extremas enfrentadas por estas personas parecen provocar una suerte de repetición mortífera, una forma de fascinación paralizante ante la cual parece incluso indecente imaginarse no responder a la solicitud o interrogar la parte subjetiva de las personas de sus vivencias. Como si la culpabilidad inconsciente reinara.

Los trabajadores sociales tienen por lo tanto la difícil tarea de introducir el juego en la palabra, cuando el peligro es esta cosificación de la historia durante la fabricación del relato solicitado por el OFPRA, relato al que los sujetos no poseen más recurso que el de la identificación. Ahí donde la maquinaria administrativa produce una especie de fijación y de verdad paranoica, está la urgencia de apoyar cierto histerismo del discurso permitiendo movimientos del sentido y, porque no, contrasentidos. La dificultad de los trabajadores sociales por lo tanto es ejercer una mediación de la palabra en el lugar preciso que denomino el traspaso de idioma.

¿Qué es entonces el traspaso de idioma? Es una escucha que fabrica sujeto o que, por lo menos, preserva la subjetividad de las personas en el sentido en que autoriza cierta distancia entre los hechos objetivos, tan fuertes sean estos, y la realidad fantasiosa de los sujetos. Después de todo, nadie sabe donde empieza el trauma para un sujeto determinado ni como se constituye. Es una escucha que pone de relieve la posición subjetiva del que habla y que a través de ella restituye algo de su ser. Y se crea cuando un discurso es considerado en un devenir y no como un enunciado cuya única característica aceptable sería ser comprensible o no, verdadero o no. En este sentido, sitúo el traspaso de idioma en una frontera, o más bien en un entredós que permitiría la posibilidad de una distancia, única garantía de una traducción viva y fecunda, una traducción de la que no se conoce el sentido a priori como en una lógica de composición sino que dejaría abierta toda fabricación de sentido. Ustedes lo han entendido, el traspaso de idioma es para mí la única acogida posible que se pueda ofrecer a estas personas en búsqueda de exilio. Por supuesto no hay por qué condenar o poner en tela de juicio todas las acciones concretas que se han puesto en marcha para responder a sus necesidades más elementales, pero también se trata, lo que sin duda es lo más difícil, de poder detectar en la solicitud lo que merece ser preguntado en términos de deseo para al menos permitir a cada uno apropiarse a su modo esta nueva existencia en tierra extraña, única condición posible hacia un futuro sea cual sea y donde sea. Los trabajadores sociales son los primeros en denunciar lo que llaman la “infantilización” de las personas con respecto a esta pasividad a la que estamos llevados a conducirlos. Una pasividad cuya única justificación es la urgencia de ver los diferentes trámites cumplidos, terminados y finiquitados. Aquí, cito un trabajador social que me decía con mucha sinceridad “a menudo hago las cosas yo mismo porque así, por lo menos estoy seguro que se hacen y que no tendré esta preocupación suplementaria que solucionar.” Añade: “Pero reconozco que es una solución fácil y cómoda que me conviene y me evita enfrentarme a sus dificultades”. Entonces en qué consiste esta urgencia si no en la necesidad de acallar, una vez por todas, la queja insoportable que estas personas nos dirigen. Pero es una causa perdida, puesto que este lamento encontrará siempre la manera de manifestarse, o al menos hay que esperarlo. Alguien me ha dicho también: “yo reconozco que estoy satisfecho cuando puedo organizar mi tiempo y mis labores de antemano y el hecho de cuantificar mis resultados, detectar mis acciones, me otorgan más el sentimiento de haber cumplido mi misión que discutir sobre cosas que no son necesariamente palpables”. También hay que saber que tras ese discurso, la exigencia institucional en cuanto a las cifras que constituyen un verdadero criterio de evaluación de los resultados y competencias de la institución, la cual está asimismo evaluada por los políticos.

También están los que escuchan sólo el dolor y su propia impotencia que les recuerda las inagotables contingencias de lo real. Con ellos, la queja se desplaza y acaban convirtiéndose en sus depositarios. También podríamos preguntarnos acerca del fantasma de detener la vida de estas personas en nuestras manos, como si no se tratara más que de reparar, en el otro y de ahí quizás también en uno mismo, una insoportable carencia de ser. Con todo, de esta manera estamos lejos de favorecer o permitir la creación de un exilio. Si se toma como una finalidad, un desenlace último, la constitución del objeto reparador que llamamos, en este contexto, el estatuto de refugiado político impide toda posibilidad de superación y de creatividad propias al exilio. En cambio, nos encontramos incitados a encerrarnos cercándonos y proyectando hacia el exterior lo insoportable con la esperanza de poder dominarlo de este modo. El estatuto de refugiado, a pesar de que sea a veces una condición para un devenir posible, no es en absoluto una condición suficiente. Del mismo modo, como lo subrayaba antes, si el saber sobre el traumatismo es lo primero, no queda sitio para una posible producción de un significante nuevo, lo cual es característico de todo exilio.

En esta fase de la reflexión, quisiera hablarles de la mediación de la palabra como traducción de un idioma a otro. A menudo, se piensa que la utilización del idioma del país de origen de las personas que encontramos les permitirá decir de la mejor manera lo que tienen que decirnos, en todo caso, estar más cómodas y menos incómodas por dificultades relativas al lenguaje. Se piensa también que estas dificultades forman parte de lo que se atribuye a un desfase cultural, a una zanja o barrera. En realidad, también se trata de nuestra propia dificultad, la de dejar de lado nuestros modelos de pensamiento, nuestros esquemas, los discursos que nos han fabricado, sean estos culturales, profesionales u otros. La clínica de las personas migrantes es interesante porque nos permite ser enfrentados de manera quizás más radical a esta cuestión.

El otro día, un trabajador social me dijo que le parecía una lástima ver hasta qué punto era difícil para ciertas personas aprender el francés, no porque el hecho mismo de tener que estudiar otro idioma no estuviera al alcance de sus competencias o incluso de sus intereses, sino más bien porque le parecía que les era problemático involucrarse completamente en un mundo nuevo. El aferrarse al idioma del país de origen era entonces para él una señal que estas personas tenían dificultades en integrarse a sus nuevas vidas en Francia. Porque no, pero pueden existir muchas razones en función de la singularidad de cada una de las situaciones. También se podría entender ahí más que un fracaso el deseo de preservar una identidad y un deseo propio, cuando todos los trámites para atenderlos se ocupan de pensar en su existencia por ellos. Si Lacan decía que “el inconsciente es lo social” era efectivamente para decir que todo sujeto es determinado, en un momento dado, por el otro considerado como social. Por lo tanto, quizás se pueda entender como un fracaso, pero también como la forma de poder resolverlo, un intento de escapar a un proceso de de-subjetivización. Todo esto para decir que el idioma es el soporte del deseo y, por ello, toda traducción plantea un problema delicado (sobre todo en nuestro campo, pero después de todo no exclusivamente), a saber, el del respecto de la verdad del deseo. Un deseo que puede expresarse de manera relativamente libre a través de tales o tales significantes que, sin embargo, quizás no pertenecen al idioma, por así decirlo, habitual.

El acto de traducir también es una mediación de la palabra, por poco que haya traspaso de idioma, es decir, bajo la condición que no se considere el idioma como un saber totalizador y totalizado, “todo hundido” en un conjunto de significaciones prefabricadas, sino más bien como un soporte. En la consulta transcultural, el hecho de permitir a las personas expresarse en su idioma, gracias a la intervención de un intérprete, no debe hacernos olvidar que lo que nosotros escuchamos transcurre en un escenario distinto al del los hechos relatados. Del mismo modo, se trata de favorecer o de permitir el establecimiento de una transferencia, mediante la persona de semejanza cultural representada por el intérprete, también nosotros debemos preservar la dimensión del Extranjero y del desconocido en el discurso que se fabrica, aunque sea avalando su apertura. Lo cual supone una relación particular con el intérprete que debemos siempre interrogar sobre lo que nos restituye.

La consulta transcultural políglota es un verdadero paradigma para nuestro trabajo con las personas migrantes o no. Pone de manifiesto a través de manera amplificada la dificultad que podríamos tener escuchando el único idioma del cual se trata después de todo, el idioma que me gusta nombrar como lo hace uno de nuestros colegas “el idioma intraducible”.

Para terminar, quisiera contarles una última anécdota con respecto a mi trabajo con los solicitantes de asilo. Hace varios días, mientras iba caminando por un pasillo del centro en el que trabajo, fui interpelada por una residente que me dijo que quería hablar conmigo urgentemente. De origen bosnio, no habla en absoluto el francés y yo por supuesto no hablo su idioma. Finalmente, terminamos dialogando, dificultosamente gracias a un alemán bastante rudimentario que le permitió a ella decirme algunas palabras sobre su problema y a mí entender someramente de qué se trataba. Pero la historia que me contaba era muy pesada, confusa y enigmática. Me encontré de nuevo con ella y seguí con la misma impresión: la impresión de no entender nada de lo que me decía. Lo atribuí entonces al idioma, ya que el diálogo era muy laborioso y me dije que realmente habría que poder permitirle expresarse en su idioma para llegar a desatar los hilos de su historia. “Por suerte”, tengo un colega que habla el serbocroata. Podéis imaginaros el final de la historia... la recibimos, mi colega hizo la traducción y, al final, no sólo no aprendí nada más, sino que en su idioma manifestó, al parecer, la misma confusión, la misma incoherencia. Os dejo que meditéis sobre ello.

Enero 2003

[1] Psicóloga, psicoanalista, Palabras sin Fronteras

[2] Office Français de Protection des Réfugiés et Apatrides. Delegación francesa para la protección de los refugiados y apátridas

[3] Autorización provisoria de estadía