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¿DEFENDER AL EXTRANJERO? Bertrand PIRET

Viernes 25 de agosto de 2006, por Karina Girardeau

 

Introducción: el malentendido

Hablar del extranjero expone inevitablemente a un malentendido. La presente exposición tiene como objetivo delimitar las razones por las que se trata de una difícil tarea. Un ejemplo: hace poco, intervine en un congreso organizado por la Sociedad francesa de alcohología acerca del tema “Alcohol e Islam”. Mencioné algunas consecuencias psíquicas sorprendentes del paso de las fronteras y el riesgo de lo que llamé un “efecto perverso”. Para apoyar mi presentación, di el ejemplo de una joven paciente turca que había seguido una psicoterapia conmigo. Al principio me decía que su infelicidad provenía de un matrimonio forzado -al estilo tradicional- con un hombre al que no quería. Sin embargo, al cabo de varias entrevistas, me confió que habría podido rechazar y evitar este matrimonio deseado por su padre, y tanto más fácilmente cuanto que su madre, por su parte, estaba opuesta a él. Entonces, ¿por qué esta sumisión al padre? La respuesta en seguida fue dada. En efecto, la joven me explicó a continuación que entretenía desde hacía años relaciones incestuosas con su padre. Éste la llevaba a dar largos paseos a solas durante los cuales se dedicaba a acariciarla y besarla, diciéndole a su hija que no tenía mejor confidente que ella, etc. El matrimonio “fracasado” apareció entonces como un compromiso inconsciente que cumplía una sumisión al deseo del padre. Su hija tenía que casarse a esa edad, pues se trataba nada menos que de su honor, pero este matrimonio no consumado desde hacía tres años no amenazaba con volverlo celoso. En resumidas cuentas, quería a partir de esta situación hacer hincapié en un aspecto preciso: el paso de la frontera (de esta familia) me pareció haber “permitido” la aparición de comportamientos que no se habrían visto nunca en el país de origen por la fuerza del control social que allí se ejerce sobre los individuos, como en toda sociedad tradicional. Mejor dicho, los fantasmas incestuosos mismos habrían tenido sólo pocas ocasiones de acceder a la conciencia, a causa de la inhibición psicológica y de la represión cultural dirigidas en su contra. Mi conclusión era que, en algunos casos de sujetos y/o de familias “patológicas” o “predispuestas”, el paso de la frontera tiene como efecto de suscitar una perversión del deseo.

Ahora bien, al final de mi intervención, un colega alcohólogo vino a felicitarme. “Muy buena exposición, muy estimulante para la mente”, me dijo. Y añadió: “Pero, al fin y al cabo, usted no va hasta el final de su idea. Sobrentiende a todas luces que estos extranjeros se vuelven enfermos al pasar la frontera. En este caso ¡impedirles que emigren sería hacerles un favor!”. Ahora, para mí no se trataba absolutamente de decir que los extranjeros estaban más enfermos que los demás, sino que su forma de estar enfermos o de sufrir estaba marcada justamente por lo que hace su especificidad, a saber su desplazamiento y el paso de fronteras (imaginarias o reales).

Éste es un caso típico de malentendido. Mantengo que este malentendido no es contingente ni accidental. Está intrínsecamente ligado con las dos problemáticas mencionadas: la del extranjero y la del paso de la frontera. Y sin embargo, me parece que nunca se habla mejor del extranjero que cuando se pone a prueba la frontera, cuando se intenta atravesarla o al menos se acepta tropezar con lo que crea el límite (con mi entendimiento, por ejemplo, o con mis defensas particulares, o quizás también con mi cultura). A pesar de que el acto sea arriesgado, no es por eso menos indispensable para pensar, y es a través de su realización en el plano intelectual que el trabajo de investigación llevado a cabo en este grupo de trabajo es posible: al límite de cada campo (psicoanálisis, psicología, etnología, sociología...) y al límite de los “objetos” estudiados, del individuo a lo colectivo...

De ahí una primera proposición: defender al extranjero implica que se acepta el riesgo de pasar la frontera, en el sentido de fronteras intelectuales, de barreras de especialidades y conocimientos, guardados tan envidiosamente por los especialistas mismos la mayoría de las veces. De paso, notemos que la separación (del pensamiento) es uno de los rasgos fundamentales a través de los que el psicoanálisis, desde Freud, describe la perversión... Volveré sobre este tema a continuación.

Entonces, para enfocar la noción de “extranjero” -y tratar de ayudar al hombre extranjero con el que nos encontramos- es importante que nos preguntemos sobre la noción de frontera y los efectos psicológicos que induce. La frontera es el lugar de los conflictos, de los enfrentamientos y del crimen. Emito una segunda proposición que trataré de desarrollar: la frontera -y por consiguiente el extranjero- funciona como un punto de llamada del discurso perverso. Una de las modalidades más corrientes de dicha perversión en nuestro mundo contemporáneo es la separación del pensamiento que da lugar al reino del pensamiento binario o dual (el que concibe el debate como un duelo). Así, todo discurso sobre el extranjero está expuesto a este riesgo de la posición perversa. Tercera proposición: el extranjero puede ser asimilado a una función psíquica universal cuya defensa constituye una ética a partir de la que diversos campos del pensamiento y de costumbres pueden referirse y acordarse.

Para denunciar el doble atolladero del discurso sobre el extranjero y aclarar las ideas sobre los debates en curso tanto en la esfera política como en la de las ciencias humanas y de la psiquiatría, puede ser útil recurrir a las nociones de fetichización y de denegación tomadas directamente del vocabulario psicoanalítico de la perversión. ¿De qué se trata?

La fetichización de la frontera

Primera opción: con la loable intención de respetar las diferencias entre las culturas, en realidad se las va a radicalizar y se postula que cada individuo está absolutamente determinado por su cultura de origen, así como que el conjunto de sus comportamientos, pensamientos y sentimientos sólo son comprensibles mediante una tabla de interpretación cultural de lo que constituye para cada uno su núcleo étnico (cercano a la noción de inconsciente étnico). Cierta etnopsiquiatría contemporánea, para la que el muy eficaz Profesor Tobie Nathan hace toda una propaganda mediática, promueve esta concepción, con el interés para nosotros de llevar su lógica hasta su absurdo extremo. Los tratamientos psicoterapéuticos propuestos a los extranjeros son el resultado de esta teoría: hay que prescribirles los mismos rituales que los que recibirían -según lo imaginamos- en su país, o hay que mandarlos de nuevo allí a que los curen. Una versión suave y seudo-científica del “¡Volved a vuestro país!”. Para ello, los terapeutas deben imitar a los curanderos tradicionales, etc. Pero hay otra cosa más grave. En uno de sus últimos libros (La Influencia que cura) Tobie Nathan, después de constatar la intolerancia de nuestras culturas occidentales hacia los inmigrantes, su incapacidad para comprender los hechos culturales lejanos, llega a la proposición siguiente: la única solución para él es la de volver a constituir ghettos [1]. Propone agrupar a los extranjeros, según su origen, en formaciones homogéneas aisladas unas de otras y de la sociedad de “acogida” (¡uno vacila en escribir aún “acogida” ante semejantes ideas!), para que la transmisión de la cultura pueda hacerse de padres a hijos en su entera pureza, para que -seguramente- los ritos habituales y las leyes tradicionales se substituyan a las del país de implantación, y de manera que, cuando estos extranjeros hayan llegado a la edad del juicio, puedan elegir definitivamente su lugar de residencia (el ghetto, la vuelta al país de origen o la sociedad de acogida).

Esto es exactamente lo que llamo una perversión del discurso y de la teoría, sin contar los efectos perversos reales que podrían resultar de ello si algún político se apoderara de esta idea. Tendría la doble fianza de la ciencia y de la buena fe, porque todo esto, naturalmente, parte de las mejores intenciones del mundo... Ven adónde puede llevar la “reivindicación de la diferencia”, tan de moda hace poco (aunque al parecer “SOS Racisme” [Asociación francesa contra el racismo] se ha librado de ello, con toda probabilidad por las mismas razones que menciono aquí).

Así, es posible descubrir una infinidad de discursos marcados por esta tendencia a la fetichización de la frontera, los más peligrosos siendo como siempre los mejor intencionados y los más “inocentes”. La observación del distinguido alcohólogo de antes provenía del mismo mecanismo. En pocas palabras: ¡volved a vuestro país! o ¡quedaros en vuestro país! Durante un reciente congreso en Rabat, oí una conferencia edificante de la misma índole. Un etnopsiquiatra (de la misma escuela) describía los tormentos, las desgracias y las dificultades infinitas con las que están afligidos los pobres niños nacidos de matrimonios mixtos. ¿Cómo pueden no estar perdidos, así presos entre dos culturas, entre dos sistemas de referencias a menudo contradictorios? La conclusión evidente que todos podían sacar de esta seudo-psicología -aunque no estuviera explícitamente formulada por el orador- era naturalmente: ¡casaros entre vosotros!

En resumidas cuentas, esta radicalización o fetichización de la diferencia consiste en rebajarla de manera simplista, identificándola a la noción etnológica de diferencia entre las culturas (noción que tiene toda su pertinencia en su campo propio). Ahora bien, la diferencia que separa un ser humano de otro ser humano nunca se reduce a una diferencia cultural.

La diferencia no se agota en ningún contenido: tal rasgo cultural o lingüístico nunca será más que un elemento de esta diferencia que nos distingue a todos absolutamente, incluso de aquellos de los que queremos creernos tan próximos y tan “hermanos”. Imaginémonos la tarea siguiente: enumerar de la manera más exhaustiva posible los elementos de esta diferencia sentida entre cada uno de nosotros. Esta lista no tiene final y, en el fondo, desemboca en la dimensión de lo desconocido.

La denegación de la frontera

La dificultad es que uno no puede salirse mejor con las suyas negando la frontera, es decir la realidad de las “diferencias”. Ahora bien, esta denegación de la frontera es el cimiento de toda una serie de discursos y teorías tan difundidos como los precedentes. Éste fue durante mucho tiempo el caso del discurso psicoanalítico mismo que, en nombre de la universalidad del inconsciente o del complejo de Edipo (idea justa por lo demás), pretendía poder desdeñar las realidades culturales y sociales de los pacientes. Por lo tanto se consideraba superfluo el tener en cuenta las diferencias culturales. Peor aún: hacer hincapié en estos problemas despertaba sospechas y las pocas personas que se aventuraban se volvían en los agentes racistas de la segregación. A nivel político, habría probablemente que analizar el tema clásico de la asimilación desde este punto de vista de la denegación de las diferencias (en este caso: el deseo de su abolición). Una versión sofisticada, pero caritativa y humanista, de esta opción podría enunciarse de la manera siguiente: “somos todos hermanos, unidos por nuestra relación universal al inconsciente, o sea por nuestro propio sentimiento de extrañeza hacia nosotros mismos.”

El riesgo es ignorar esta paradoja de una extrañeza radical con respecto a nosotros mismos que sería capaz de unirnos. Si eludimos esta dificultad, recaemos en una utopía colectiva y fraternal, desde luego llena de buenas intenciones, pero de la que medimos también la total ineficacia en términos sociales y políticos.

Finalmente estas dos actitudes, opuestas en apariencia, tienen el mismo significado, el de un rechazo común de la diferencia y de la alteridad que proviene de la negación a reconocer porqué la diferencia atañe a cada uno de nosotros, siendo ésta a la vez interna y externa.

Con otras palabras, la pregunta central que nos hace el extranjero (el extranjero como sujeto o dimensión humana) es la siguiente: ¿cómo reconocer la frontera (no negarla) sin radicalizarla (fetichización)?

Reconocer la frontera es luchar contra el pensamiento binario, con una ausencia sin garantía en fondo.

Nuestra experiencia en la clínica nos lleva a comprobar que estamos siempre confrontados a la cuestión del paso de los límites, límites psíquicos que representan lo prohibido o lo imposible. Los ejemplos son numerosos y las preguntas las hacen tanto los pacientes extranjeros como los autóctonos. Esta cuestión se expresa a veces bajo la forma de un temor a volverse loco, a no conseguir a guardar el dominio de sí mismo, a cometer un acto agresivo, mortal, violento..., a ceder a fantasmas que sin embargo aparecen extraños a uno mismo, etc. Cualquiera que sea la forma individual en que está formulada esta angustia del paso del límite, siempre se trata de poner a prueba la solidez de lo prohibido, de la Ley: ¿qué me garantiza que no voy a tirarme por la ventana? ¿Matar a mis hijos? etc....

Éste es un primer enfoque -comúnmente neurótico- del límite: la búsqueda de una garantía absoluta. Esta búsqueda de garantía debe ser asociada a los fenómenos de reivindicación identitaria. Así como previamente se trataba de reducir la diferencia a un rasgo identificable (tanto más tranquilizador cuanto que es visible), ahora es la identidad la que está reducida a un contenido simplista por los mismos que reivindicaban su defensa (las más de las veces como reacción a una humillación objetiva). Reconocemos aquí una de las peores respuestas dadas con respecto a la cuestión de la identidad: la que crea la ilusión de una identidad asegurada, homogénea, definible y garantizada. Elimina la realidad humana más evidente: la que hace de cada uno de nosotros el producto de un mestizaje, nacido de la unión de dos seres diferentes y de dos linajes distintos. En efecto, nuestra identidad, como nuestro origen, sólo puede ser concebida como fundamentalmente heterogénea, dividida y moviente -es decir en devenir- y no asegurada una vez por todas por no se sabe qué sello inalterable. Vemos así cómo un movimiento de defensa a menudo legítimo (al ser creado a raíz de la opresión real de una minoría o de un pueblo) puede llevar a posiciones paralizadas, incapaces de reconocer la dimensión verdaderamente humana de la identidad como extrañeza radical hacia uno mismo.

Reconocer el límite en el plano psíquico y subjetivo es ante todo reconocer la diferencia entre los sexos y las generaciones. Dos diferencias que la perversión -en su sentido psicoanalítico- se ingenia en negar. Ahora bien, en el niño pequeño este reconocimiento pasa por él de la ausencia del otro sexo, marcado por la ausencia de pene (es la razón por la que el otro siempre es la mujer y que todo racismo es primero un sexismo). Esto indica de inmediato, pasando por otra senda, que el reconocimiento del otro pasa en el fondo por el reconocimiento de un vacío, de un hueco, en pocas palabras, de una ausencia, la ausencia como tal.

En el campo intercultural hay que denunciar los conceptos que eluden esta dimensión poniendo sólo de relieve el aspecto cognitivo de las diferencias y convenciendo a la gente que basta con encontrar el buen código de comunicación para hacer desaparecer los obstáculos y los conflictos. Así, bastaría con describir convenientemente los sistemas de coherencia de las representaciones de dos culturas para hacer que se entiendan y comuniquen. Este esquema que opone dos a dos sistemas de coherencia es probablemente indispensable como condición previa, pero no puede dar un análisis de otro orden so pena de desvíos equívocos. Porque los mismos principios sirven para todo. Se nos explicará que el sistema de representación de un individuo partidario de Le Pen [líder francés de extrema derecha] es perfectamente coherente y que si tomamos la molestia de considerar esta coherencia, nos daremos cuenta de que sus comportamientos, sus reacciones, sus elecciones y sus opiniones son perfectamente comprensibles. ¿Y qué? El hecho de que dos sistemas sean comprensibles y explicables es una cosa. Sin embargo, esto no significa que dos actitudes o dos ideas serán equivalentes. Su igual coherencia no implica su igual valor.

Para librarse de este cara a cara estéril, es necesario dejar el campo de la cognición -tan de moda hoy en día- para atreverse a plantear de nuevo la cuestión fundamental del “En nombre de”. Más allá de los exámenes objetivos de coherencias, hay que tomar una posición, y este acto es un acto político en su sentido fuerte. Se trata de preguntarle al otro -y de preguntarse a sí mismo- en nombre de qué o de quién enuncia tal o tal idea, en nombre de qué o de quién actúa de tal o tal forma. Noten la respuesta de la perversión más corriente: consiste en rechazar la idea misma de esta referencia tercera de naturaleza moral, o en sustituirle un discurso que no puede ocupar la misma función: el de la ciencia.

Insisto en una perversión muy común de nuestro mundo contemporáneo que podemos calificar de ideología de la equivalencia generalizada de los enunciados. Con el pretexto de la tolerancia y de la no discriminación, en realidad se va a abolir sistemáticamente las distinciones y las referencias susceptibles de establecerlas. Un libro de Alain Finkielkraut ha denunciado con mucha exactitud los excesos de esta pendiente en el campo de la cultura (la idea del “todo es cultura”, cf. La Derrota del pensamiento, Barcelona: Anagrama). En el campo de la política, la acusación que Le Pen dirige a sus adversarios es un buen ejemplo de esta perversión. Los trata de “racistas antirracistas”. Invierte así las proposiciones, pero sobre todo consigue persuadir a algunos que las dos actitudes son equivalentes, tan defendibles una que otra y que, al depender sólo de la libre elección de cada uno, no deben por lo tanto ser juzgadas. Naturalmente se trata de una impostura, pero es una lástima que tenga tanto éxito.

Quizás estén pensando que me estoy alejando de mi tema de partida y de la “defensa del extranjero”. Al contrario, la defensa del extranjero pasa, a mi parecer, por la lucha contra estas ideologías peligrosas que llevan al homicidio del pensamiento y del lenguaje (y quizás a otros homicidios bien reales). Defender al extranjero es combatir el pensamiento binario, de donde provenga, y reconocer la necesidad de la existencia de una instancia tercera cuya referencia es indispensable para toda distinción.

Después de estas cuantas observaciones, ahora puedo introducir mi proposición principal: reconocer al extranjero es estrictamente equivalente a reconocer esta dimensión de desconocido y de ausencia que está al origen de todo encuentro, de todo lazo social y de todo ser humano.

¿Por qué insisto tanto en esta dimensión negativa, hueca, esta instancia en cierto modo vaciada de todo contenido y sentido preexistente? Porque, hay que confesarlo, este sitio de la ausencia que describo, sólo pide -para cada uno de nosotros- ser colmado por algo “consistente”. Y es a causa de esta estructura muy general, y de este apetito humano con sentido positivo, que tantos crímenes también pueden cometerse “En nombre de...”.

Reconocer al otro significa entonces “ir en reconocimiento del otro”, como un explorador de lugares desconocidos y de palabras nunca oídas, inauditas. En su seminario sobre la ética, Lacan insistía en este equívoco del reconocimiento.

Conclusión: la función del extranjero en el psiquismo individual y en lo social

Resumamos: en el fondo, se trata de defender la idea de una instancia tercera necesaria para el funcionamiento psíquico y las relaciones sociales: una instancia que nos permite librarnos de la relación directa y mortífera de semejante a semejante o -narcisista- de uno mismo a uno mismo.

La frontera constituye una representación segunda de esta instancia que separa uniendo, que permite la reunión -o más bien el encuentro, el “lazo”- porque separa (y distingue). Esta instancia podríamos llamarla lo Otro, lo Desconocido, pero también lo Extranjero o, mejor aún, la Extrañeza absoluta. Pero, quizás ya sea decir demasiado. La mejor representación de ello sería el símbolo del conjunto vacío matemático o los tres puntos en la expresión “En nombre de...”, en los que sería peligroso escribir lo que sea, como lo he señalado. Maurice Blanchot ha desarrollado en un libro esta idea de una comunidad fundada en la ausencia absoluta [2].

A pesar de las evidentes asociaciones de ideas que deben venir a la mente al leer este tipo de proposiciones, no me arriesgaré a simplificar las cosas introduciendo a Dios en este montaje. Esta tarea queda completamente fuera de mis competencias. Pero si el problema se presenta así hoy en día, hay que admitir que es porque Dios, en cierto modo, se ha retirado un poco del mundo y lo ha dejado “desencantado”, según la famosa fórmula de Max Weber, retomada por Marcel Gauchet [3]. Que uno se sienta entristecido o no, me parece importante tomar nota de eso para saber exactamente contra qué debemos luchar.

Digo nosotros. En efecto, pienso que, una vez que los problemas han sido formulados como acabo de hacerlo, nuestros “combates” respectivos pueden juntarse, cualquiera que sea el terreno o el campo de nuestra acción. ¿Contra qué lucha el psicoanalista con sus medios y en el ámbito de su consultorio? Quizás ya no tanto contra la inhibición sexual como tal (en su versión vienesa del siglo XIX), sino contra la ausencia de inhibición tal y como la organiza la perversión contemporánea, en su forma corriente de mala fe por ejemplo. El psicoanalista se dedica a volver a dar a las palabras, al lenguaje, el peso del compromiso que una pereza generalizada quisiera quitarles. Lucha contra la uniformación del lenguaje (cf. el concepto muelle y ambiguo, pero tan de moda, de “consenso”), contra la ideología de la equivalencia generalizada de los enunciados, que disimula en realidad procesos puramente gestores, contables y económicos de regulación de las personas como bienes. Es la negociación. Ahora, en algunos casos hay que negarse a negociar.

No, ¡todo no se vale! ¡No! Esta frase no vale forzosamente esta otra frase en nombre de un relativismo apático y seudo-tolerante. Defender esta instancia tercera de la que les he hablado previamente es defender lo que el psicoanálisis llama lo simbólico, imprescindible para la humanización.

En los medios de comunicación encontramos cada día muchos ejemplos de esta peligrosa desviación. Se opone a interlocutores diversos en debates estériles sin que nadie se preocupe en saber en nombre de qué hablan. A través de la escenografía televisual se postula su equivalencia, lo cual es una mentira. El montaje televisual que sin tomar precauciones difunde una sucesión de imágenes o informaciones muy heterogéneas, las uniformiza y contribuye a reducir las distinciones que uno necesita para poder ejercer su espíritu crítico.

Cabe notar que el racismo y la xenofobia sólo son los efectos -llamativos pero periféricos- de un fenómeno mucho más generalizado y que hiere el lenguaje mismo, envenenado por esta ideología gestora de una comunicación que podría prescindir de cualquier referencia.

El discurso dominante de nuestras sociedades post-industriales, que se creen liberadas de lo sagrado y de la trascendencia, tiende a querer persuadirnos de que somos seres con necesidad y no con deseo. Ahora bien, si la necesidad puede satisfacerse a través del consumo, no es lo mismo con el deseo, y eso le da su especificidad: dado que está destinado a no ser nunca satisfecho, constituye el motor más valioso de la humanidad en todos sus sentidos. Gracias a él, la dimensión de apertura puede ser mantenida, la apertura al otro ser humano y a la alteridad como tal, a la extrañeza.

Lo que nuestra experiencia nos enseña es que defender al extranjero concreto -a este hombre inmigrante o refugiado- también implica defender la dimensión del deseo y del inconsciente -o también defender la idea que estamos todos “sometidos” a una instancia tercera, a la vez exterior e interior, que es la condición misma de nuestra vida en sociedad. Es imprescindible tener en mente estas equivalencias y así darse cuenta del valor verdadero de lo que está en juego en este combate. Creyendo defender al “extranjero”, evitaremos quizás aprobar sin saberlo su estigmatización.

[1] « En las sociedades con una fuerte inmigración, hay que favorecer los ghettos -sí, lo digo como lo pienso-, favorecer los ghettos con el fin de no forzar nunca una familia a abandonar su sistema cultural” (sic) [Traducción del traductor del artículo]: Nathan Tobie, La influencia que cura

[2] Blanchot Maurice, La Comunidad inconfesable, Madrid: Arena Libros, 1999.

[3] Gauchet Marcel, Le Désenchantement du monde [El Desencanto del mundo], Paris : Gallimard, 1985.