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PARÉNTESIS Doctor Fatih KARAMAN

Viernes 25 de agosto de 2006, por Karina Girardeau

 

PARÉNTESIS

¿Por qué semejante título? En una mañana gris de Alsacia, hace unos meses, me fui al país que es el mío.

Cuando decimos “un país”, esto no significa nada, sólo es una generalización, y a veces una abstracción. En cambio, cuando hablamos de “nuestros países”, hablamos en efecto de algunos lugares y de paisajes que conocemos: una ciudad, un barrio, una paseo marítimo... También hablamos de hombres y mujeres queridos... y quizás de amores, amistades o heridas del corazón.

Mi destino no era aquel país, por aquella mañana gris de Alsacia, sino un sitio completamente extranjero para mí, en el que me consideré, desde el día de mi llegada hasta el de mi partida, como un pasajero.

En efecto, yo sólo estaba allí por mi servicio militar.

Y allí, muy cerca de la frontera iraniana, a un paso de la montaña sagrada de Ararat, me encontré encerrado día y noche en un hospital, durante dos meses, para ejercer la psiquiatría, siendo a la vez el testigo de las condiciones en las que las personas vivían, combatían, se herían unas a otras y a veces morían...

No me sentía pertenecer a este clima salvaje ni a esta ciudad, y aun menos a esta guerra sin nombre entre kurdos y turcos que dura ahora desde hace unos diez años.

El hecho de ser un pasajero obligatorio por un tiempo indeterminado, de encontrarme fuera de mi propio espacio-tiempo personal, lo cualifiqué -mientras aún estaba allí- de paréntesis.

Si intento reabrir este paréntesis, esta noche, sólo es para hablarles de algunos casos -neuróticos traumáticos- de esta región perdida. Pero también hablar de los paréntesis que encontramos cada día en nuestros pacientes: unas veces eternamente abiertos y nunca cerrados, lo cual acaba haciendo de la vida un inmenso paréntesis, otras veces crecen como las setas que salen de la tierra en un discurso en el que encontramos sólo una multitud de detalles; y otras veces permanecen secretos y escondidos incluso para su autor quien agota su tiempo sacándolos a la luz... Para volver al tema de esta noche: el paréntesis del sujeto traumático es parecido a una pequeña celda en la que un día el hombre se encuentra preso para sufrir, a veces eternamente, de una de las múltiples facetas del horror además de seguir viendo a través de la verja de su cárcel el afuera, a pesar de todo... la vida, su propia vida desde entonces tan inaccesible...

Dado que nuestro objetivo durante este seminario es ir, si es posible, más allá de semejante metáfora y entender las razones de la reaparición de ese estado llamado “neurosis traumática”, intentaré yo también empezar mi exposición manteniendo mi metáfora a través de una serie de preguntas que me ayudarán, al menos eso espero, a orientarme en este campo aún mal conocido.

¿Cuál es el crimen cometido por el sujeto? ¿Se trata de un crimen antiguo o reciente? ¿Acaso hay realmente un crimen del que sería necesario hablar?

¿Quién construye las paredes de esta cárcel y en qué consisten sus funciones?

¿Cuál es la relación del prisionero con su propio sufrimiento y el horror que lo ha originado? Pasemos, pues, a casos clínicos para buscar las respuestas...

Caso clínico (1)

Se trata de un joven ejecutivo (subteniente) que va por iniciativa propia al hospital por “irritabilidad”, la cual dura desde hace unos quince días. ¿Qué quiere decir con irritabilidad?

Me dice que se enfada rápidamente con su entorno y a veces por razones sin importancia, que no soporta las órdenes de sus superiores desde aquella noche en que lo atacaron en su casa, durante una ofensiva de la guerrilla kurda que apuntaba a la vez su apartamento en el pueblo y el puesto armado a un cuarto de hora en coche. Todo eso le parece sin sentido.

El hombre precisa que, durante el ataque, su mujer embarazada de dos meses de su primer hijo y una amiga suya también estaban en casa y se había preocupado más por ellas que por sí mismo. De inmediato añade que ya había sufrido ataques o participado a las operaciones ofensivas del ejército, pero que aquella noche fue la primera vez que se sentía completamente solo. Deducía del número de cohetes y balas disparadas que en frente, en cambio, había unos veinte guerrilleros. Luego me explica cómo se defendió cuando intentaron desmontar la puerta exterior de la casa, mientras esperaba aún con impaciencia la ayuda que debía haber llegado al puesto armado. Una vez que esta vana esperanza fue frustrada, en algún momento pensó que el puesto también había podido ser atacado y sus amigos quizás habían muerto. Esta idea no fue justificada a continuación. En efecto, el puesto no había sido atacado y ninguno de sus amigos había sido ni herido ni matado.

Justo después del ataque decide mandar a su mujer lejos de la región, a casa de sus padres. Su irritabilidad aparece casi al mismo tiempo que la partida de ésta. Al no soportar quedarse solo en casa, empieza a pasar las noches en el puesto, lo cual no arregla su malestar ya que los trastornos se agravan. Primero, una pérdida de ánimo, una astenia, y luego trastornos del sueño con, en los primeros tiempos, simples dificultades para dormirse, seguidas por la aparición de pesadillas dos días después del ataque. En estos sueños, la escena que vuelve obstinadamente es el intento por los guerrilleros kurdos de desmontar la puerta, que lo despierta siempre antes de que ésta caiga.

Caso clínico (2)

También se trata de un joven ejecutivo que se presenta a la policlínica por astenia y pérdida de las ganas de vivir que evoluciona desde hace más o menos un mes. Tiene la sensación de que todo está perdido. Con “todo” entiende no un simple “todo”, sino un gran “todo” que implica la vida entera. La vida no tiene sentido... está vacía... es un “nada”... Su cara está marcada por una tristeza profunda... Habla lentamente y con mucho esfuerzo...

Al cabo de media hora, sólo consigo obtener de él unos elementos biográficos: está casado desde hace cuatro años, pero su esposa le aparece como una extranjera desde hace algún tiempo. Ésta vive con su hijo de tres años en casa de sus padres, en una ciudad fuera de la región. El paciente está en el ejército desde hace tres años y éste es su tercer y último año en la región. El ejército le gusta, pero desde que está enfermo piensa que no está hecho para este trabajo. Me cita como ejemplo su incapacidad para quedarse emboscado todas las noches en una zona montañosa al aire libre, lo que, sin embargo, hacía desde el principio del verano con su brigada. Teniendo en cuenta el estado del paciente, inhibido y prostrado, así como la presencia de una decena de pacientes que esperan delante de mi despacho, reacciono muy rápido proponiéndole una hospitalización que acepta con resignación.

Los primeros días de hospitalización, a la lectura de las observaciones, están marcados por este estado fijo del paciente que, no obstante, no para de repetir que tiene noches agitadas a causa del insomnio, reacio al tratamiento.

Durante la cuarta entrevista le hago preguntas más detalladas respecto de los trastornos del sueño, por ejemplo: ¿cuándo ha aparecido el insomnio por primera vez? ¿Se trata de un insomnio parcial o total? ¿Hace pesadillas?... Lo veo vacilar... Empieza a hablar con dificultad, retorciéndose continuamente en su sillón, evitando cruzar mi mirada... Pausas más o menos largas entrecortan su discurso...

Aprendo entonces que su brigada ha sido atrapada, hace un mes, cuando ellos mismos estaban en emboscada en la montaña. Con los primeros disparos, un soldado que estaba cerca de él murió “en un segundo”, con una bala en la cabeza. Tenía la cara bañada en sangre. El paciente, desde su sitio protegido, oía las voces de dos otros soldados que pedían socorro. Por desgracia no había ninguna posibilidad de desplazarse a causa de los disparos que continuaron hasta el alba... Por la mañana sólo encontraron sus cadáveres.

Al final, repite varias veces con lágrimas en los ojos que nadie habría sido capaz de olvidar una escena así. Olvidar, en efecto, esta cara llena de sangre y las voces dolientes de los dos otros anónimos es sinónimo de no ser humano para él... Cuando uno no puede olvidar, no puede volver a sentirse bien como en el pasado... Es la razón por la que ahora todo es diferente..., precisa otra vez, y que todo está perdido...

Caso clínico (3)

Una noche, durante la guardia, me llaman del servicio de ortopedia para un paciente hospitalizado desde unos veinte días por herida y fractura en el antebrazo derecho. Éste se queja entonces de sufrir insomnio.

Cuando llego allí, me encuentro frente a una persona un poco agitada que me explica con precisión que su problema no es la herida, como todo el mundo lo piensa, sino su falta de sueño. O más bien, según sus propias palabras: “el sueño que he olvidado”...

Respecto a su herida, me dice que se ha herido él mismo: un casco metálico le había impactado en el brazo con la explosión de uno de sus cartuchos. Tenían un contacto “acalorado” con un grupo de guerrilleros en la montaña y su brigada tenía como misión cercarlos... En aquel momento, vacila... y retoma su relato explicándome cómo se ha herido de repente al apretar el gatillo de su fusil.

Frente a su vacilación y con el fin de verificar las cosas, le pregunto qué relación existe entre este incidente desgraciado y su “olvido del sueño”, precisando que él ha insistido, cuando he llegado, en el hecho de que su problema no tiene que ver con su herida.

Para mi estupefacción, se calma e invoca un recuerdo que lo atormenta profundamente. En efecto, justo antes de su accidente, uno de sus amigos, que formaba parte de la brigada, murió pisando una mina. La imagen de este muerto, con su ropa desgarrada, la sangre manando de sus heridas y sobre todo su cara, ya no ha dejado su mente en paz a partir de aquel momento, tanto de día como de noche.

Aún le queda un mes para acabar su servicio militar pero ya no experimenta ningún placer, ya que la vida para él ha perdido todo encanto. Desde aquel momento sólo tiene una idea fija: volver a su casa para estar con su mujer y su hija de tres años y encerrarse allí durante un largo período de tiempo.

Caso clínico (4)

Se trata de un recluta de 18 años, en la región desde hace cerca de un mes. Su teniente lo manda al hospital por sus dificultades relacionales con los demás y su melancolía.

Durante el primer contacto, el paciente se muestra bastante tenso y cerrado. Contesta a mis preguntas sólo con respuestas breves. Pero esta actitud cambia rápidamente en favor de un diálogo libre que permite entonces tocar diversos problemas que se le han planteado desde que está en el ejército (este cambio proviene, a mi parecer, de mi estatuto no militar que le preciso desde el principio de la entrevista).

Dice además que acepta su responsabilidad por los incidentes que han tenido lugar en el puesto. Trata de quedarse quieto y de ser amable con los demás, pero a veces piensa que pierde todo el dominio de sí mismo y hace cosas lamentables. Y esto, que ha ido agravándose durante las últimas semanas, dura desde hace varios meses -desde que su hermano mayor tuvo un accidente.

Le pido más detalles a propósito de este accidente. Entonces me explica que su hermano fue víctima de una intoxicación debida a un escape de gas en el cuarto de baño. La madre, intrigada por este baño interminable y la ausencia de respuesta a las llamadas que le hacía a su hijo, le había pedido ayuda a su otro hijo. Éste tuvo que romper la puerta del cuarto de baño y encontró a su hermano, desnudo, con los “ojos vitrificados en el suelo”. “Pensé que había muerto”, dijo. “Yo estaba como loco, ya no sabía lo que estaba haciendo...”.

El cambio de humor empezó con la vuelta del hermano del hospital a casa. El paciente, aún preocupado por él, ya no soportaba las ausencias de su hermano. Exigente, quería que éste se quedara siempre con él... Desde entonces, en su ausencia lo invaden a menudo rumias constituidas por la escena del cuarto de baño. A ello se añadieron más tarde sueños en forma de pesadillas.

Aproximadamente un mes después del accidente, va a ver a un médico que le prescribe un medicamento antidepresivo y establece el diagnóstico de depresión reaccional.

Comentarios

Todos estos casos reflejan los principales elementos característicos de la neurosis traumática. Pero también presentan otros rasgos comunes que es necesario examinar para entender el campo a la vez social, psicológico y existencial sobre el que se levanta el estatuto de semejante entidad clínica.

A mi parecer, cabe precisar en un primer plano las condiciones bastante particulares del ambiente en el que estas personas, a menudo privadas incluso de los placeres más comunes, estaban constantemente obligadas a vivir: ninguna o poca vida familiar, una ausencia casi completa de relaciones extra-profesionales, una jerarquía militar y órdenes, operaciones incesantes, emboscadas, ataques y contraataques... Ahí había una necesidad vital -esta necesidad se transformaba en seguida en una obligación- de pertenecer al grupo o de existir sólo por el grupo... Y todo eso a pesar de la desaparición casi total de los rasgos individuales. Nadie podía o debía tener otro discurso que el discurso guerrero colectivo en el que la visión del mundo no refleja más que una separación rígida y brutal entre el bien y el mal.

Esta separación quizás esté debida a un proceso a la vez espontáneo, determinado por vías biológicas, como respuesta del organismo que vive frente a la amenaza de un peligro inminente, organismo que trata de encontrar su salvación en la masa del grupo (los ejemplos no son raros en los animales), pero también y sobre todo a un proceso que depende de las leyes del campo social donde todo es ideológicamente legal en términos de provocación, de falsificación de la realidad, de mediatización de los prejuicios, de revalorización y reutilización de los mitos, de las creencias, de los ideales,... con el único fin de incitar al individuo, al remodelarlo, a que se dedique “voluntariamente” al servicio del grupo. Entonces hay que deber o saber elegir, siempre desde una posición dualista que desmarca una línea de exclusión, entre el héroe y el cobarde, entre el buen compatriota y malo, entre el guerrero feroz y el pacifista miedoso.

En semejantes condiciones, es normal que el individuo sienta el efecto de este discurso ideológico que reduce toda la realidad a una única toma de decisión idealizada, en su psiquismo más profundo en el que los antiguos conflictos están listos para ser actualizados, para salir de nuevo a la superficie en forma de diversos síntomas histéricos, ansiosos o caracteriales...

Sin embargo, queda la cuestión de saber si este ambiente particular produce o no un efecto determinante en la evolución de la neurosis traumática. A pesar de que exista una vulnerabilidad anterior al trauma, sea a causa del debilitamiento del yo bajo tensiones externas extremas, sea a causa de una predisposición individual que resulta de una personalidad neurótica, es difícil notarla en el discurso del sujeto. En efecto, este discurso, bastante detallado cuando se trata de relatar el acontecimiento traumático, se vuelve menos fecundo, y hasta pobre, en cuanto se intenta salir de este marco para tocar a otro tema. El paciente concede sólo poca importancia a los sucesos del pasado, no entiende porqué tendría que hablar de su mujer, de sus hijos, de su trabajo o simplemente de su vida cotidiana. Cuando recuerda un acontecimiento del pasado o cuando piensa en el futuro, sólo lo hace penosamente, a veces con tristeza o un sentimiento de absurdo.

Quiero citar aquí las palabras, o quizás haya que decir las reflexiones, de uno de nuestros pacientes que seguimos ya desde hace varios años, respecto a la vida y a los demás: “la gente que va y que viene como hormigas, decía, no entiendo porqué aún trabaja si no se sabe para qué estamos en este mundo ni porqué existimos, y porqué nacemos, si un día vamos a morir...”

¡El sentido perdido de la vida!

La vida “sin sentido”, “vacía”, vuelta un “nada” que ha perdido su encanto. Éstas eran las declaraciones de los cuatro pacientes de los que os he resumido las historias. Además, hablaban como la mayoría de los otros casos, como si hubieran conocido el otro aspecto de la vida, la otra realidad, más real que la primera, al pasar obligatoriamente y por una casualidad desafortunada por una experiencia que les acercó a la muerte. Y esta experiencia es cualificada de excepcional, violenta o fuera de lo común, no sólo por los pacientes, sino de manera unánime. La relatividad sólo implica entonces la reacción de cada uno, si aceptamos la idea de que hay ahí, en el acontecimiento traumático, algo que va más allá de nuestra capacidad de imaginación. Si somos incapaces de imaginar, es a causa de una sinrazón del trauma que nos expone a nuestro propio final, a nuestra destrucción total, a una inexistencia impensable... Es la proximidad de la muerte en el tiempo y el espacio, y el efecto de sorpresa, lo inesperado de esta proximidad así como su aspecto excepcional que vuelven difícil e incluso imposible encontrar un sentido a este trauma. Es la razón por la que la repetición compulsiva del recuerdo, que tiene como objetivo el dominio retroactivo de la excitación, acaba continuamente en un fracaso en la neurosis traumática.

En efecto, no deberíamos emplear el término “recuerdo”, porque éste, las más de las veces y sobre todo al principio de la enfermedad, sólo representa una escena, una imagen a pesar del resto, que hace intrusiones forzadas en la conciencia del sujeto: “la puerta forzada”, por ejemplo, o “la cara llena de sangre del muerto acompañado por las voces dolientes”, o “los ojos vitrificados del hermano”...

La imposibilidad de hablar de esta escena a los demás, quizás porque las palabras son insuficientes para describirla o porque hay remordimientos, una vergüenza o un sentimiento de culpabilidad que atormentan al sujeto. Olvidar esta escena molesta, borrarla, esto es lo que el paciente quiere o lo que declara querer...

La escena corta también la percepción de la vida en un “antes” y un “después”. La vida de antes de la escena se vuelve en el lugar del investimiento nostálgico con la mistificación del pasado en el que el sujeto no conocía ningún miedo, ninguna impotencia, ningún conflicto ni tensión... Al contrario, la vida de después de la escena lleva la marca de lo absurdo, de la desvitalización de la vida, del vacío absoluto de un futuro en el que no se puede anticipar nada.

El paciente se encuentra encerrado en otro tiempo y en otro lugar -el momento y el lugar del trauma- en los que, como habitante, sólo están él y el otro, sea como agresor visible o invisible (ésta es la persecución: ¿qué hay detrás de la puerta?), sea como muerto, muerto momificado en su cadáver amputado, dividido, desestructurado, como testigo eterno de un deseo arcaico realizado (éste es el complejo de Edipo, la ambivalencia en la identificación, el sentimiento de culpabilidad: el duelo patológico del paciente que quería preservar toda su memoria para poder seguir humano, por ejemplo). En esta agresión vivida como un castigo excesivo, o en esta concretización salvaje, inhabitual, de este deseo de muerte arcaico, el paciente se fija en el momento del trauma, perdiendo este lazo necesario, a la imagen del padre -al que sólo podemos y debemos matar simbólicamente. Una vez que este lazo está perdido, se pierde toda posibilidad de existir, de compartir, incluso de poder hablar...

¿Cuál era mi relación con estos pacientes?

Una relación, y entonces una actitud, y no obligatoriamente en el sentido de la palabra “terapéutica”, sino también a la vez social, humana, afectiva que amplia el sentido de la primera, y responsable de ese modo del fracaso o del éxito.

En efecto, precisar un marco no implica sólo algo del interior de la práctica-teoría médica, psiquiátrica o psicoterápica, sino también algo del exterior de ésta, como las condiciones de vida, por ejemplo, que hay que tomar en cada momento en consideración dentro de la relación. Es necesario que sepan qué hacer o que conozcan sus propias reacciones cuando, en medio de una entrevista, oyen al mismo tiempo que el paciente y con él el ruido de los disparos o de las sirenas de los vehículos blindados que quebrantan de repente la tranquilidad del despacho.

Las condiciones eran las siguientes:

Primero a nivel profesional...

Yo era el único psiquiatra del hospital y también de la ciudad, me encargaba a la vez de las consultas policlínicas y de las del servicio en el que hice hospitalizar a unos treinta pacientes durante este período.

El número de pacientes consultados y el número de consultantes en un solo día era variable (como mínimo 3, como máximo 52), pero se situaba, por término medio, alrededor de doce pacientes al día. Para dar una cifra, durante esos dos meses hice poco menos de 400 consultas en la policlínica.

Las consultas empezaban a las nueve, pero los horarios también eran muy variables, porque dependían de la llegada en grupo de los pacientes de cada unidad militar, acompañados por una brigada armada a causa de la inseguridad de las carreteras. Había que acabar las consultas antes de las tres de la tarde por las mismas razones, para que cada grupo volviera a su unidad.

Pasaba dos veces en el servicio, por la mañana y por la tarde. Durante este corto pasaje, me limitaba a observar rápidamente el estado de cada paciente, su presentación y su contacto. Las entrevistas individuales, a causa de la falta de tiempo, eran reservadas a los pacientes que presentaban una necesidad de apoyo. Había sólo una enfermera, muy joven e inexperimentada, encargada de todo el trabajo a la vez del servicio y de la policlínica.

...y a nivel individual

He tenido a menudo altibajos, ¿por qué? Ahora, después de varios meses, sólo encuentro una respuesta: fue la realidad socioeconómica y política de mi país que tuve realmente la oportunidad de descubrir y sentir después de cuatro años de ausencia.

En todo caso, yo estaba allí y tenía que desenvolverme lo mejor posible.

Me ocupé de estos casos y de otros tres, todos neuróticos traumáticos, durante una hospitalización. Ésta se imponía como necesaria e importante, no por mi interés personal frente a este cuadro clínico, sino a causa de los elementos ansio-depresivos graves que acompañaban el fenómeno de repetición. El término “acompañar” quizás no sea apropiado. En efecto, las más de las veces, tenía que pensar primero en esta repetición y luego buscarla a través de estos elementos que me movían fácilmente a diagnosticar una depresión, y a menudo no me equivocaba además. Sin embargo, el problema se planteaba como una resistencia a los medios terapéuticos empleados, cuando yo sólo insistía en esta apariencia depresiva sin haber sabido tocar el contenido repetitivo de los sueños o de las rumias ideicas relativas al trauma. Desde el punto de vista teórico, actualmente sólo existen hipótesis sobre un posible parentesco entre la neurosis traumática y la depresión, pero en práctica vemos constituirse rápidamente un círculo vicioso con interacción positiva entre los dos cuadros clínicos.

De modo que era necesario romper este círculo vicioso actuando en las dos caras: tratar el síndrome ansio-depresivo con los cuantos medicamentos que tenía a disposición e intentar alejar el paciente de su fijación al trauma en el ámbito de una relación psicoterápica.

Disponía de medicamentos antidepresivos como el Anafranil y el Laroxyl (pero el balance inicial era difícil de pedir a mis colegas compatriotas entre los que uno me hizo comprender amablemente, al principio, que yo era demasiado exigente; entendí el mensaje y luego no insistí). También disponía del Prozac proporcionado por las farmacias de al lado, desde otra ciudad situada un poco más al oeste, por mi propia iniciativa. En cuanto a los sedativos, tuve menos suerte, sólo disponía de Valium y de Largactil. Entonces, sólo los utilizaba como ansiolíticos e hipnóticos. La prescripción de estos últimos productos no era a priori una regla, pero eran siempre adaptados en la clínica y a menudo a petición de los pacientes. A partir de aquella experiencia particular, quisiera subrayar dos puntos importantes a mi parecer. El primero es que los resultados no eran tan diferentes de lo que obtenemos aquí con la posibilidad incomparable, no obstante, de escoger los medicamentos de que disponemos en Francia. El segundo punto es la ausencia de abusos o de reivindicaciones por parte de los pacientes en cuanto a los medicamentos o sus dosis. Sin olvidarme de la aportación y la ayuda indiscutible de la farmacología en nuestra práctica, me pregunto a pesar de todo hasta qué punto nosotros, como médicos o como enfermos, estamos impregnados por la “sociedad de consumo” en nuestras costumbres de prescripciones medicamentosas.

Desde el punto de vista psicoterápico

Les he hablado, hace unos instantes, de mi relación obligatoriamente más general, más amplia con los pacientes. Era obligatorio, ya que vivíamos bajo el mismo techo, ellos como enfermos y yo como médico. Y a pesar de todo era imposible llevar la máscara de médico durante 24 horas seguidas. En efecto, el hospital era también mi lugar de estancia, el lugar en el que comía, dormía y charlaba, en el que escuchaba música, me enfadaba, miraba las estrellas por la noche, sentado en la puerta del hospital. Me encontraba en la misma fila que los pacientes delante de la única cabina que nos unía al otro mundo... También fue en aquel hospital donde tuve que cruzar a veces a algunos de ellos cuando me llamaban en urgencia por la noche, a pesar de mi aliento aromatizado por el raki (licor oriental), cuando estaba prohibido beber en el ejército.

Éste es el detalle más importante quizás en el esbozo de una relación. No me presentaba sólo como un simple hombre ante ellos, sino también como un individuo que intentaba situarse lo más posible fuera de lo prohibido por una máquina de guerra que estaba siempre presente, incluso en el hospital, con su discurso ideológico, sus reglas y sus propias leyes, sus saludos militares, sus órdenes, su jerarquía...

Recuerdo, por ejemplo, mi gran sorpresa ante los pacientes de una habitación de ortopedia que empezaron a agitarse en sus camas con sus llantos y sus apósitos para presentarme sus saludos militares en cuanto me vieron en la puerta. En efecto, se comportaban así con su cirujano-ejecutivo que estaba acostumbrado a estos signos de respeto.

Yo no era un militar. Se lo precisé. Al principio, por razones individuales, y luego para facilitar aún más esta relación común de la vida cotidiana que permitía, sin embargo, la reaparición de las palabras, de las palabras un poco acerca de todo -los cortes telefónicos, un partido importante en la televisión, la política... Uno me contaba, por ejemplo, las virtudes de la pesca, otro me hablaba de las virtudes de la música árabe ofreciéndome cintas para que compartiera su opinión y quizás su placer...

El riesgo consistía en un escape de la relación terapéutica por la trivialización; en este punto entraba en juego mi poder médico que me permitía crear una distancia terapéutica en la que forzaba a los pacientes, los incitaba a volver a la escena traumática...

Así, de la vida cotidiana compartida conseguíamos crear lentamente la posibilidad de otra partición, la de la escena, del momento crucial...

El paciente necesitaba esta repetición verbalizada a la vez para aceptarme como tercero en la soledad imaginaria en la que estaba fijado a otro “agresor” y/o “agredido a muerte”, y también para encontrar palabras para cada detalle con el fin de que pudiéramos agotar juntos lo no dicho de su experiencia. En cuanto a mí, experimentaba la misma necesidad de estas repeticiones para salir del marco del mirón, de mi posición que yo vivía con una suerte de empatía excesiva o de una prisa por comprender y darle la razón al paciente.

Sobre esa base era posible, pues, amparar al paciente, evitando a menudo interpretaciones rápidas y arriesgadas a causa de la fragilidad del “yo” del sujeto y, al contrario, tratando cada vez de desdramatizar los detalles. “Los ojos vitrificados”, por ejemplo. Al final de una entrevista, sonriendo le hablé al paciente de “una fobia a los cristales”, lo cual le hizo sonreír a su vez... O a propósito “de los dolientes” le pregunté al otro paciente si esperaba que los heridos cantaran. Hubo sorpresa primero quizás para conmigo, pero después frente a una realidad...

Cuando os dije que evité interpretaciones... Me pregunto si cada acto, cada palabra o cada actitud no funcionan como una interpretación en el paciente, que estemos conciente de ello o no.

Semejante ejemplo está sacado del primer caso que les he citado, el hombre que me había hablado el primer día de su hospitalización de su hobby de dibujar. Al final de la entrevista, le pedí que retomara este hobby si lo deseaba, durante su estancia en el hospital. Tres días después, me enseñó su primer dibujo e hizo otros cuatro hasta su salida. Fue para el primero que di una interpretación, comparando la totalidad de la superficie oscura, excepto el centro en el que había un huequito luminoso, con una cueva en la que uno tenía la sensación de estar encerrado y no se sabía realmente si quería salir o quedarse ahí.

Guardé aquel dibujo en mi despacho, como lo hice también con los otros.

La evolución fue rápida tanto en la elección de los colores, desde los tonos negros-grises hasta los azules-negros y marrones-amarillos, como en la precisión de los temas. Por ejemplo, para el segundo dibujo ya nos encontrábamos fuera: se divisaban, aunque fuera difícilmente, montañas a lo lejos, y delante de la escena, tres árboles aplastados por el viento. El último dibujo, hecho la víspera de su salida, era el que contrastaba más completamente con el primero. Se trataba de una marina con sus olas, sus pájaros y su barco. Todo el dibujo refleja la tranquilidad.

Fue en estas condiciones y con esta actitud terapéutica bastante clásica que, no obstante, pude obtener resultados satisfacientes. Los pacientes, al final de su hospitalización, sufrían mucho menos, con una disminución importante de la angustia y la desaparición total o casi total de los temas depresivos. Se observaba también la regresión de las rumias que tenían un contenido repetitivo. Esta regresión iba a la par de una recuperación normal de las funciones y de los intereses cotidianos. Sólo los sueños, a pesar de ser atenuados y menos frecuentes, resistían.

El único verdadero fracaso vino de un paciente quien, en efecto, era diferente de los demás acerca de un punto crucial que agravaba, a mi parecer, su conflicto. Era mi único paciente kurdo entre los neuróticos traumáticos. Para él, existía una relación más directa entre el trauma cotidiano y su experiencia traumática personal. Ya estaba en baja por enfermedad desde hacía dos meses cuando lo vi. Perteneciente a un cuerpo del ejército del sur del país, estaba en la región para pasar sus vacaciones en su familia, en su pueblo. Dada su reticencia, era difícil establecer con él una relación tal como la he descrito previamente. Tras unos veinte días aproximadamente, me pidió que le acordara un permiso para ir a su casa. Acepté, prolongándole asimismo su baja de otros dos meses. Como sólo me quedaba una decena de días antes de acabar el servicio militar, no le fijé ninguna cita para después. Ocurrió algo raro, y es que este hombre vino a verme espontáneamente dos veces, con su aire siempre tímido y frágil, para traerme huevos frescos y pan aún caliente de su pueblo.

¡Habría que reflexionar sobre el sentido de estas visitas! Y no sólo a nivel psicológico, sino también a otros niveles, social, histórico o político.