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Exilio transmisión y creatividad por Martine Chessari-Porée Du Breil

Traducido del francés por Ana Carolina Muñoz

Martes 17 de octubre de 2006, por Ana Carolina Munoz

 

A manera de introducción, empezaré con una pequeña historia:

Un judío se encuentra un día con un campesino en el camino: «¿A dónde vas así?» pregunta el campesino al judío. «Voy a Kiev» responde el judío.

«¡Cómo! ¿Vas a Kiev? se sorprende el campesino, pero sabes que Kiev está a treinta kilómetros y tu estás solo, a pie, sobre la carretera... ¿Y que vas hacer en Kiev?».

«Oh, nada, responde el judío, no tengo nada que hacer allá, pero encontraré alguien allá que me traiga de regreso».

¡He aquí, justo lo necesario para entrar en el ambiente! ¿Qué ambiente? El de la des-viación, del des-plazamiento y porqué no en el del humorismo.

Esta pequeña historia podría ser la de un sujeto solicitante de asilo, si le apetece, a uno mismo, desplazarse un poquito. Pero por último, sí se debe estar, en todo caso, un poco «exiliado» en algún lugar, (¡no he dicho un poco loco!) para imaginar que alguien que pide asilo ¡busca a alguien que lo regrese a casa!

Y para empezar, ¿qué pide « un solicitante de asilo »? ¡Que pregunta! ¿Pide asilo no? ¡Verdad de Lapalisse! ¿Ah no? Entonces, es una trampa, un despiste como ocurre en esos buenos chistes... Bueno, ya basta.

De hecho, lo han entendido, yo quería efectivamente, hablarles hoy, de la solicitud de asilo. Pero como me gustan mucho los despistes, también escucharemos algunas pequeñas historias, sólo por hablar un poco de la Historia, de la transmisión y de la creatividad. Las personas que vienen a pedir asilo al estado de Francia, no hacen nada más que contar historias y eso es realmente lo que se les pide: «Cuéntenos su historia y le diré si es usted un refugiado o no.» Entre paréntesis, ¿conocéis vosotros a los refugiados? Generalmente cuando comenzamos a decirle a alguien « tu eres esto o tu eres lo otro », eso provoca siempre crispamientos de posiciones, en un sentido u el otro, generadores de odio y de oposición. Pero bueno, en fin. Decía entonces, les pedimos que cuenten su historia. Desafortunadamente, se da con el intríngulis. Es a partir del momento, en el que, efectivamente empiezan a contar su historia que ¡los sospechamos de contarnos puros cuentos! Y he ahí, ¡que nos embaucan! ¡Caramba ésos son los exiliados, por mí, todo está bien!

Esta es la razón por la cual debemos entonces realizar ese duro trabajo que consiste en descubrir... ¿qué? ¡La verdad por cierto! ¡La verdad y nada más que la verdad! El problema es que a veces la gente termina por perderse dentro, ellos solos, ya no saben literalmente en dónde estaban y acaban por contra-decirse, cuando ya no se les permite pro-hibirse. Y se pronuncia el veredicto: «Éste nos está contando patrañas!» Y naturalmente sigue el resto: «¡Es que quiere engañarnos para obtener lo que desea!» (Y sí, ¡que barbaridad! La intención malsana de engañar, no sé, pero obtener lo que desea... ¡quien se atrevería a decir que es lo único que hace, y todos los días además! Eso me recuerda a una señora que me decía respondiendo a mi curiosidad (¿talvez fuera de lugar?): «¡Si estoy aquí, soportando esta vida, después de todas las dificultades que he pasado para venir hasta aquí, es porque en mi país no podía quedarme, y porque no tenía otra solución!» ¿Simple no? He aquí una verdad, bueno pero ciertamente esta no es suficiente).

Es que no es tan fácil explicarse con historias, y es que a fuerza de mucho desear, a veces, com-prender el discurso del otro, terminamos por desposeer al otro de su propia verdad, lo que me parece suficientemente serio y esto acarrea graves consecuencias, por lo que debemos detenernos en esto un instante.

A pesar de lo que parece, la solicitud de exilio es un procedimiento muy complejo que se apoya sobre la utilización, la interpretación y digámoslo así, la manipulación de un texto que hace las veces de ley. Este texto, es la Convención de Ginebra establecida en 1951, y estipula que: «el término de refugiado se aplicará a toda aquella persona, que con fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un cierto grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país; o que, carenciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos, fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores, y no quiere regresar a él

Todo el trabajo de examinar una solicitud de exilio consiste en buscar, en el relato de las personas, la posibilidad de captar esa famosa Convención de Ginebra, la trama fundadora del estatuto de refugiado. Es decir hasta que punto ese texto es central, pero sobretodo hasta que punto determina, de antemano, dar oídos a las partes interesadas. Parafraseando a Raymond Devos, yo diría que la difícil tarea de los funcionarios de OFPRA (Delegación francesa para la protección de refugiados y apátridas]) se resume en saber «cómo hacer para identificar una duda con certeza». ¡Se imaginan lo complicado que es! Imaginaos también el modo de comunicación que se instaura y los efectos producidos sobre las personas. A causa de esto, el saber es trasladado hacia el lado del «examinador» y es eso lo que produce el error errante, el error o la equivocación si es que no se trata incluso de desprecio. En efecto, cuando el saber se vuelve maestro de obra, no posee ninguna consideración hacia la verdad del otro, a la que no deja ningún sitio, ninguna legitimidad, asilo o no. Regresaremos a este punto.

Recordad la pequeña historia: « ¿Y qué vas a hacer en Kiev? » «Oh, nada, responde el judío, no tengo nada que hacer allá, pero encontraré alguien allá que me traiga de regreso...» Esta replica me parece genial. Genial porque, es muestra de talento, de creatividad. Pone justamente de relieve toda la cuestión de la equivocación, esa que consiste en confundir el deseo, el objeto del deseo y la solicitud, pero también la manera de sustraerse a ella, y no dejarse manejar por ella. Esta historia nos muestra que « el judío » es el que es suficientemente libre para no dejarse alienar por cualquier objeto que sea, su única razón de ser siendo el deseo, su movimiento en el desplazamiento, con la mira de un proyecto que debe ser siempre inventado una y otra vez. ¿Acaso no es a través de esa incoherencia aparente que se descubre la verdad? - marcharse lejos, por un camino difícil, para tener la posibilidad de encontrar una ayuda para retornar - todo eso es, en efecto simplemente un asunto de retorno, diríais vosotros. Cierto, pero entonces ¿de qué estamos hablando? ¿De exilio, de retorno, de relaciones de oposición, de efecto de sorpresa? Yo diría más bien que es de de-construcción de lo que se trata. Deshacer para reconstruir, pero no de cualquier manera, no de manera idéntica, ya que se trata siempre de reintroducir algo nuevo de paso. A su manera, este chiste habla de la esencia, de lo esencial del exilio y de la creatividad. Demuestra que la pérdida que se pone en marcha, durante la partida, no tiene nada de huida hacia delante, pero además que para construir algo nuevo, se debe primero ser capaz de liberar una posición tan segura como confortable. En ese sentido, la noción de exilio sobrepasa la simple cuestión de la emigración en su relación con la cuestión de espacios, del topos griego, pero es un asunto de des-plazamiento, entendido como el hecho de salir de su sitio. Detrás de la confusión de origen, del punto de salida, y del objetivo a alcanzar, también percibimos toda la realización fecunda y creadora de una posición que rechaza toda forma de fijación. El exilio es la producción de una fractura, esa que separa para unir, esa que aleja para mejor acercar. El exilio es simplemente lo que produce el vínculo, dicho de otra manera el encuentro, y es sin duda el único beneficio posible que permite. Tantas banalidades me diríais de nuevo. ¿Acaso no encontramos personas todos los días?, ¿acaso no estamos enlazados con allegados, con otros menos allegados? Sí pero hablo de otro tipo de encuentros, esos que producen a un sujeto. Esos encuentros no suceden todos los días, incluso es posible que no se produzcan nunca.

Cuestiones de la verdad... la verdad del deseo, la verdad del sujeto.

La verdad del sujeto no se encuentra siempre ahí en donde pensamos poder com-prenderla, envolverla, y así es mejor. Es sin duda el único principio aceptable. Hace algunos meses, un joven kurdo iraquí vino para compartirme su malestar: un nerviosismo extremo y el sentimiento de no poder soportar más esa espera sin fin. «Mi cabeza ya no funciona, no puedo pensar en nada, fumo todo el día en mi cuarto, creo que me volveré loco...», me decía sin cesar intentando describirme un estado límite, una imposibilidad de encontrarle cualquier sentido a ese suspenso que le parecía llevarlo a una paralización de cualquier vida en él. Incluso llegaba a hablar de suicidio tanto el malestar le era insoportable. Como hablaba muy poco francés, le propuse un interprete que hablara su idioma. Nos encontramos así varias veces y mientras más pasaba el tiempo, más insistentes eran sus quejas, y sorprendentemente, también lo sentía cada vez más reacio a cualquier plan de asistencia. También me daba la impresión, aunque ya todo estaba arreglado en cuanto al idioma para que pudiésemos hablar, que no comprendía nada de lo que yo decía. A tal punto que me sucedía que le llamaba la atención para preguntarle si me había escuchado, si me había entendido... Es que evidentemente, me parecía, por momentos, completamente atolondrado, y yo no entendía nada. Hasta que me pidió medicamentos, «para olvidar», y como yo no era del mismo parecer, «quiero que me hospitalicen, ¿porqué no se puede? Yo sé que aquí en Francia, tengo el derecho de ser curado». Frente a esa paradoja que lo hacía reclamar, aparentemente, una toma de responsabilidad, al mismo tiempo que la rechazaba, me escuché decirle con una voz autoritaria e iracunda que él tenía que saber lo que quería. Bastante exasperada, debo confesarlo, acabé por responderle: «de acuerdo, vaya a ver al médico y regrese a verme al cabo de un tiempo para decirme qué ha decidido». Entonces así le dejé la iniciativa de regresar, en el momento adecuado si lo puedo decir así. Y eso es lo que hizo. Al cabo de un mes aproximadamente, regresó, con un semblante particularmente iluminado pidiéndome si podía venir a hablarme, en su idioma, con la ayuda de una persona que él conocía, y que venía de su país. Acepté pensando: «ya veremos». Ese día, comenzó a hablar de verdad. « Yo sé que puedo fiarme de usted, así es, tengo algo en el corazón que quisiera decirle, ¿puedo hablarle de eso? Me llamo..., vengo de... mi familia se encuentra en... ». Y helo ahí que me cuenta el desfile de todas sus peripecias en diferentes países, durante años, después de su partida; hasta su llegada en Francia, de casualidad, en donde decide en un momento dado, quedarse. Envuelto en un júbilo sorprendente, no se cansaba de darme detalles y precisiones. Acababa por fin de nombrarse y declararse, y eso era evidentemente un alivio extremo. Ya que toda la historia que había contado hasta ese momento había sido montada con todo tipo de fragmentos (incluso había llegado a modificar su nombre, y a obtener papeles falsos). Se trataba de un relato que le habían propuesto sus compatriotas en Calais, y le prometieron que éste funcionaba bien en el OFPRA. Como un objeto que se pasa de mano en mano, un cuerpo extraño que se volvía, para él, sofocante y del cual tenía que deshacerse lo más rápido posible. Decía: «¿Qué voy a decir ahora, cuando sea convocado? No puedo decir nada más de lo que ya esta escrito». Este joven estaba enfermo entonces a causa de su impostura. Después de esta revelación, el problema no estaba resuelto, me refiero al problema de la obtención de una tarjeta de residencia. Y esto complica aún las cosas, porque hasta el día de hoy, la cuestión es la de saber cómo hacer para rehabilitar su solicitud y también de que sea tomada en cuenta. Pero de ahora en adelante al existir, puede apropiarse de algo de lo que está viviendo y su sufrimiento subjetivado, tan pesado como fuera, ha sido escuchado. A través de esta situación, quisiera resaltar el hecho de que yo nunca dudé de la veracidad de su discurso, discurso que yo me conformé de recibir tal como me lo daba. En realidad, nunca me preocupo por la cuestión de la veracidad del discurso. Supongo que si mi atención hubiera sido dirigida hacia los hechos relatados, hubiera sin duda percibido, conscientemente la mentira, pero a partir de ahí, no es seguro que las cosas hubieran progresado de esa misma manera. Es que la única verdad, el único saber, eran justamente de no comprender nada.

Cuestión entonces de escucha.

Las personas que piden asilo nos enseñan mucho sobre este tema, y hemos visto que sucede, aunque poco se permita uno mismo dejarse des-pistar por sus relatos, que olvidamos incluso su solicitud de asilo, quiero decir el proceso concreto dirigido hacia las instancias de decisión del estado. Cometeríamos un error en reducir sus situaciones a los conflictos políticos u sociales que nos relatan, no sin una cierta forma de gozo en realidad, cuando no se trate de una simple y pura asombrosa indiferencia. Una vez que los servicios sociales se han hecho cargo de los solicitantes, deberíamos incluso darle menos importancia a los problemas de diferencia cultural, o incluso de idioma que a veces describen. Ya que si escuchamos con mucha atención, acabamos por entender, entre las palabras, todo el dolor y el llamado de un deseo herido por una realidad oprimente y tiránica que los persigue hasta nuestro país. La realidad no conoce fronteras, es en todo caso la primera sorpresa a la que uno debe atenerse. Tomando el riesgo de aplacar las buenas intenciones, adelantaré que en el fondo, no existe una gran diferencia entre el hecho de encontrarse sometido a la dictadura de un jefe de estado y el hecho de ver su existencia suspendida por una decisión que, hay que decirlo, parece con demasiada frecuencia como arbitraria y de pura contingencia. Eso me recuerda el discurso de un joven de Chad, durante un grupo de palabras, que me contaba de qué manera las mujeres podían llegar a ser repudiadas en su país. Hablaba de un lugar en pleno desierto, un pueblo perdido en el que se mandan a las mujeres castigadas o a todo tipo de prisioneros, y que se caracteriza por ser una prisión abierta ya que no existe ninguna posibilidad para los que la ocupan de escaparse, sin dirigirse directo a la muerte. Al explicarme el encierro y sobre todo la irreversibilidad de la medida tomada por el buen querer del otro, acaba por señalar: «como nosotros aquí, en el centro, ¡estamos igual en una cárcel sin paredes!». A su manera, acababa de explicarme el significado, si no de la dificultad de proyectarse en una vida elegida, al menos el impacto de ese suspenso sobre la representación de su virilidad, sin olvidar toda la dificultad para legitimar un lugar y un deseo. En resumen, este joven forma parte de aquellos que tienen éxito, de cierta manera, una manera de retorno y comprendedlo en todo el sentido de la palabra. No es siempre el caso. No termina, de hecho, de hablar de su país, de sus costumbres, ritos y otras particularidades culturales, pero también de las condiciones de vida de los chadianos, de la injusticia, de los valores de la democracia imposibles de ser defendidos, en fin de todo un ideal de vida al cual aspira sin descanso. En el desarrollo de sus historias, parece, paradójicamente, volver a descubrir, aquí en Francia, por el simple placer que toma al explicarse delante de una extranjera, todos los fundamentos mismos de su identidad. El entusiasmo que manifiesta también al hablar de los sistemas de las leyes que rigen las relaciones entre los individuos, de la corrupción y sus efectos en la sociedad chadiana, de las tradiciones antiguas, actuales, de los valores que compara a lo que él se figura del mundo francés muestran igualmente de qué manera, a pesar de todo, está construyendo los puntos de referencias de su vida. Siguiendo el pensamiento de un maestro de la mística judía del fin del siglo dieciocho Rabbi Nahman de Braslav, que decía «que sólo existe memoria en el mundo que llega», este hombre puede estar simplemente, a través de este cuestionamiento o de este examen, preparando un retorno soportable «hacia su futuro» y sin suponer ningún lugar geográfico. Después de todo, la solicitud que ha hecho al estado francés no puede ser más que una petición de reconocimiento y hay que respetarla. A causa de esto, comprendemos de otra manera la partida hacia Francia, que aparece como una tercera posibilidad, un mediador susceptible de introducir un desprendimiento, un desfase con respecto a un conflicto cuya resonancia puede ser medida desde un punto de vista psíquico. Para este joven, como para muchos otros, y con la condición de que exista una voluntad de comprender, Francia aparece como un espacio de distanciamiento, un lugar neutro y pacificado, en donde una elaboración se vuelve asequible. A mi parecer, esta experiencia sería en efecto una forma de exilio y sería lamentable fracasar con un simple estatus de refugiado. Un exilio -retorno, cuya primera característica es la de abrir un espacio factible para un deseo. Pero claro evidentemente, eso no ocurre sin encontrar problemas, es de nuevo lo que muestra la famosa pequeña historieta del principio. Entonces, ¿porqué pensar que las personas que piden asilo buscan ante todo una dirección para expresar sus palabras? Una dirección que constituiría una alianza con otro ser para encontrar una Ley, no de nuevo la ley de algún otro todo poderoso pero la Ley simbólica.

Cuestión de vínculos...

La toma de responsabilidad social de los solicitantes de asilo se encuentra precisamente muy bien manejada, a través de toda una reglamentación que las instituciones deben respetar. Desde que se abre el trámite de la solicitud en el centro administrativo, las personas son orientadas hacia las estructuras de apoyo correspondientes. En el seno de las instancias dirigentes departamentales, se habla de un «trayecto de residencia», para notificar las diferentes orientaciones posibles en función del estado del avance del proceso, de los lugares disponibles, de la lista de espera... y luego finalmente también, de todo el conjunto de criterios que se quieren objetivar, pero que al reparar en detalles, no siempre resulta tan fácil. En fin, desde su llegada, las personas son inscritas en un recorrido que los hace « viajar », desde lo que llamamos « la urgencia extrema » hasta los CADA (Centro de acogida para los solicitantes de asilo), centros en donde se encuentran las prestaciones de servicios más elaboradas. Esta evolución dispone por supuesto de todo tipo de representaciones en cuanto a las ventajas y a los inconvenientes de hospedarse aquí o allá. Cada quien, solicitante de asilo, va hacia una institución, en efecto con su propia idea del Bien y podréis imaginaros toda esa relación de conflicto que puede residir frente a las decisiones de orientación, a la atribución de derechos, etc... Es que finalmente, la cuestión de la trasgresión o de la ambivalencia frente a la ley siempre es sub-yacente, regresaremos a este punto.

Cuestión de vínculos, decíamos. Vínculos, nunca sobran.

El problema es que el trabajo social, como ya lo he dicho, objeto de una reglamentación que emana antes que nada de lo político, lo que después de todo, no tendría incidencia si esa política no se ocupara de manejar «flujos» (es el término utilizado) y de controlar movimientos de poblaciones. Ese es su trabajo, cierto. Sí, eso es asunto de la política y no nuestro. Permitidme insistir sobre eso, ya que en todo este laberinto, ese recorrido del combatiente ese juego de la oca (escríbanlo como deseen) es muy fácil, caemos fácilmente en la confusión en el hecho de confundir nuestro papel y nuestras implicaciones. Y cuando el trabajo social se substituye a las instancias de decisión, es la peor de las catástrofes que pudiera sucederle a los individuos, y no solamente a los que solicitan asilo. ¿Cómo es esto posible? ¿Acaso no he insistido ya suficientemente en la rigurosidad de la reglamentación? ¡Las cosas deberían ser muy claras! Pues bien, es muy simple. Imaginaos, por ejemplo, una persona cuyo síntoma se encuentra ligado a su estancia en tal lugar: «no existe otra solución, es la decisión de la Comisión, no puede ser dirigido a otro lugar» y así se obtendrá un desmoronamiento tan brutal como espectacular. Pero entonces, me diréis, ¡habrá que decirle la verdad y habrá que aceptarla, así es! Ah, la verdad, lo que somos capaces de hacer en el nombre de la verdad... Una vez más, ¿en dónde está esa famosa verdad? Esta persona, en un estado depresivo serio, acaba por decirme: «Se lo dije a X, por favor, no me diga más «no hay solución», dígame lo que sea, aunque no sea la verdad, no importa, pero al menos guardaré una esperanza pero no puedo seguir escuchando que no hay solución, eso es como si me hubieran lanzado en un abismo». Es que al darle como respuesta esta verdad, demasiado verdadera si puedo decirlo así, la institución, en el nombre del principio de la ley y talvez también un poco por exceso de interés, propasándose, ha llegado al mismo tiempo a destruir en esta persona toda cualquier posibilidad de imaginar, de soñar, un devenir diferente al que esa persona estaba asignada. Este acontecimiento demuestra, en cualquier caso, que es difícil hablar de leyes, de decisiones, porque es sobretodo difícil atenerse a ellas. Y la mejor manera de manejar las implicaciones es de identificarse con ellas. Regresamos de nuevo a la cuestión de la prueba que se refiere al relato destinado a OFPRA. No es sorprendente entonces cuando llega el momento en el que los conflictos acaban por enfrentar las leyes personales de unos y de otros, cada uno siguiendo su completo derecho y su propia facultad de resistencia frente al otro. Cuando las cosas toman esta dirección, es claro que ya no existe una alianza pero un enfrentamiento de poderes que, desgraciadamente, ¿conduce a qué? Siempre más leyes para legitimar como se pueda, ¿leyes que vienen a legitimar qué? Nuestro pleno derecho. Y esa es la trampa del camino sin salida, sin tomar en cuenta que en esas situaciones, la realidad, o el real porque no, están siempre ahí para ofrecer algunos créditos adicionales a las diferentes partes. Eso me recuerda a otra historia judía que me acaban de contar. Si me lo permitís, tengo muchos deseos de contárselas: « un día, una señora viene a ver al rabí para hablarle de su completo descontento con respecto a su marido que la maltrata injustamente. El rabí le responde entonces: «si estimada señora, ¡usted tiene mucha razón!» Luego viene el marido que a su vez se queja: «¿Ve usted cómo es ella? Ni siquiera se encarga de la casa, ni siquiera me hace la comida como se debe...» y el rabí le responde: «pero sí, estimado señor, ¡usted tiene mucha razón!» Es en ese momento alguien que observa la escena interviene y se dirige a su vez al rabí: «pero en fin, ¿como puede usted darle la razón tanto al uno como al otro?» Y el rabí le responde: «pero sí, ¡usted tiene mucha razón!» Deberíamos meditar sobre ese tercer personaje y sobre la constancia del rabí.

Cuestión de leyes... y talvez antes que todo de interpretaciones de leyes.

En el fondo, reconozcamos que cada quien hace lo que le da la gana, y es eso el problema, si hay un problema. Reconozcamos que esas leyes, si nos persiguen tanto, si nos atormentan tanto, será porque no las hemos encontrado verdaderamente, quiero decir, experimentado, pero tampoco cuestionado, de-construido, reconstruido... las leyes, ellas mismas, nunca nos han verdaderamente atravesado, transformado. Siendo de esta manera, no sorprende observar que se producen efectos como los descritos antes. Aquí, no hay ninguna Ley simbólica. El tercero no ha hecho su aparición. En cambio, tratamos con leyes-principios que, por el hecho de que designan un contexto, por otro lado necesario en el trabajo, no son por eso menos estériles, y peor alienantes y destructoras, si se les aplica literalmente y sin el cuidado de una buena escucha previa. Ya que las leyes-principios no se ocupan de sujetos, pero manejan funcionamientos de grupo. Bajo ese sentido, podemos decir que se ponen del lado de la ideología, del eslogan o incluso del totalitarismo ya que dependen enteramente de una posición de poder que, al mismo tiempo, deben su supervivencia únicamente a su mantenimiento. La ley por sí sola, en mi opinión, posee entonces esta potencialidad destructora si el que se remite a ella la toma como una verdad absoluta, finalmente por falta de poder hacer de ella algo estructurante. El resultado no deja de ser menor, y paradójicamente, un distanciamiento del tercero que nos confine en el mundo de la dualidad y del enfrentamiento. Otra historieta, nos ilustra notablemente esta situación. Recordemos a Moisés, forzado a romper las primeras Tablas de la Ley cuando descubrió la fabricación por el pueblo, del becerro de oro. ¿Acaso no fue necesaria una ruptura para que se produjera la escritura en su reconstitución? Una rotura necesaria que se convirtió en la fuente de creatividad, ya que ella introdujo una re-apropiación subjetiva de la ley. Esta escritura de escritura no es otra cosa más que la Ley simbólica, la que funda una ética y ya no un principio. Recordemos además el mito freudiano de la horda primitiva en la que el asesinato del padre se vuelve fundador de la única ley que manda. Es lo mismo que evoca el comentario de un lector de la Biblia, M.A. Ouaknin. Quien explica que la primera palabra del Génesis, Berechit, traducido por «primeramente», introduce un comienzo que normalmente debería precederlo. La inicial de Berechit es por otro lado el Beth, segunda letra del alfabeto hebraico cuya particularidad es la de tener una ley que le es propia, la de la sucesión de letras que están asociadas con valores numéricos. El alfabeto posee entonces un orden y el comentario dice que el Génesis, introducido por el Beth, el número 2, marca la imposibilidad misma de escribir el comienzo por el Aleph, el Uno originario. Es porque el Uno originario ha sido borrado, que el mundo puede escribirse, y es en efecto este espacio entre el Aleph y el Beth el que se vuelve fundador de toda existencia. Espacio que marca también la imposibilidad de escribir el padre, av, aleph-beth en su sucesión.

Para terminar, no me resisto a hacerles notar que las palabras hebreas contar, soper, y relatar, mesafer tienen la misma raíz, Samekh-Pe-Rech, es decir que son idénticas, si no tomamos en cuenta la vocalización dependiente del contexto de la lectura. Eso es lo que me permite decir que relatar historias no va sin ningún recuento, un cierto orden simbólico, que debemos descifrar, más allá de los relatos. Esa es la única ley ética, y no de principio, que funda la subjetivación, en la palabra. Y si el aleph originario, el Uno que se vuelve un tercero, introduce bien el orden, la ley simbólica, comprendemos también que la palabra «verdad», emet sin su primera letra, aleph, se vuelte met, la palabra «muerte». Martine CHESSARI-POREE DU BREIL, enero 2004 [1]

[1] Martine CHESSARI-POREE DU BREIL es psicóloga clínica, psicoanalista en Estrasburgo