Del mito de Edipo al mito del declive del padre: una controversia actual en psicoanálisis por Dr Bertrand Piret
Martes 17 de octubre de 2006, por Ana Carolina Munoz
Argumento
Desde Freud, los significados y el alcance atribuidos al complejo de Edipo han variado considerablemente en función de las escuelas y de los intérpretes de Freud. La cuestión sobre la variabilidad del complejo de Edipo en función de las culturas, que hubiera podido parecer talvez resuelta después del debate entre Bronislaw Malinowski y Jones, y luego Géza Roheim, adquiere un nuevo vigor desde que se abre el debate en torno a la función paternal. Particularmente en Francia, los psicoanalistas se confrontan a propósito del tema recurrente del «declive del padre». Para algunos, las mutaciones sociales contemporáneas de las sociedades industriales producen un tal trastorno de los roles de los padres que la misma función simbólica, representada por «la institución del padre» se encuentra en peligro. Para otros, estos temores no se justifican y el establecimiento de la relación de continuidad entre el padre simbólico de un lado (aquel que resulta de la resolución del complejo de Edipo), la institución paternal, y por otro lado los puntos de referencia que garantizan la autoridad y la ley en nuestras sociedades, constituye un error epistemológico que confunde los registros de la antropología y la psicoanálisis, y desconoce los resultados más recientes de la investigación histórica. En esta discusión, parece interesante examinar el caso de la migración y del exilio ya que para la mayoría de los psicoanalistas que defienden la idea del declive del padre, el padre inmigrado representa el prototipo de este nuevo padre de ahora en adelante incapaz de representar y de transmitir las funciones simbólicas sujetas a la figura paterna. La clínica que se elabora con sujetos presos al exilio ofrece el interés de combinar los conocimientos antropológicos y psicoanalíticos. Pero este aporte reciproco, necesario, representa también una dificultad a la cual el psicoanálisis contemporáneo se libra aún con demasiada frecuencia. Dentro de este contexto podrían así ser abordadas algunas cuestiones: ¿Acaso el exilio y la migración tienen una influencia en los parámetros del complejo de Edipo? ¿El paso brutal de una sociedad patriarcal tradicional hacia una sociedad urbanizada centrada en una familia restringida y en la pareja produce acaso consecuencias sobre las modalidades de la transmisión intergeneracional? ¿Asistimos realmente a modificaciones profundas de la subjetividad, de la relación con la ley y la castración, que estarán en relación con un declive acelerado del padre?
Del mito de Edipo al mito del declive del padre: una controversia actual en psicoanálisis [1]
por Dr Bertrand Piret [2]
Desde Freud, los significados y el alcance atribuidos al complejo de Edipo han variado considerablemente en función de las escuelas y de los intérpretes de Freud. En Francia, Jacques Lacan ha insistido bastante sobre el papel del padre dentro del complejo de Edipo, y desarrolla una concepción estructural de este complejo centrada sobre la función separadora y prohibitiva del padre.
En consecuencia, la cuestión sobre la variabilidad del complejo de Edipo en función de las culturas, que hubiera podido parecer talvez resuelta después del debate entre Bronislaw Malinowski y Jones, y luego Géza Roheim, conoce en Francia un nuevo vigor desde que se abre el debate en torno a la función paternal. Los psicoanalistas se confrontan a propósito del tema recurrente del «declive del padre». Para algunos, las mutaciones sociales contemporáneas de las sociedades industriales producen un tal trastorno de los roles de los padres que la misma «función simbólica», representada por «la institución del padre» se encuentra en peligro. Para otros, estos temores no se justifican y el establecimiento de la relación de continuidad entre el padre simbólico de un lado (aquel que resulta de la resolución del complejo de Edipo), la institución paternal, y por otro lado los puntos de referencia que garantizan la autoridad y la ley en nuestras sociedades, constituye un error epistemológico que confunde los registros de la antropología y la psicoanálisis, y desconoce los resultados más recientes de la investigación histórica.
Una primera parte de este trabajo se dedicara a poner en evidencia los diferentes significados del complejo de Edipo desde Freud hasta Lacan, con el fin de identificar cual es el papel atribuido al padre en este complejo por los dos autores.
Una segunda parte retomará la cuestión de la variabilidad del complejo de Edipo en función de las culturas. En efecto, si el padre, o la función paternal, se encuentra en el centro del complejo de Edipo, y si por otro lado se acredita la hipótesis de una modificación de este lugar del padre en la cultura, véase su declive en las sociedades modernas, entonces esta cuestión de la transformación del complejo de Edipo en función de la cultura y de las estructuras social se plantea de nuevo. Veremos cómo ciertos autores, siguiendo las primeras elaboraciones de Jacques Lacan, retoman la concepción culturalista del complejo de Edipo que se opone a la concepción estructural que el mismo Jacques Lacan había sin embargo propuesto en una segunda parte de su elaboración.
Para terminar, en la tercera parte, intentaremos aplicar los elementos de análisis aquí desarrollados sobre la cuestión del devenir del complejo de Edipo en la situación de emigración y de exilio. ¿El exilio modifica acaso las características y la función del complejo de Edipo? Esta hipótesis, sostenida por ciertos autores, se origina de la idea del declive del padre del cual el padre inmigrado será un representante particularmente prototípico. La clínica que se elabora con los sujetos exiliados ofrece el interés de combinar datos antropológicos y psicoanalíticos. Pero este aporte reciproco, necesario, representa aún una dificultad a la cual el psicoanálisis contemporáneo se libra con demasiada frecuencia. Es sin duda por no tomar verdaderamente en cuenta los datos antropológicos, que los psicoanalistas se hunden en hipótesis alarmistas, las cuales asimilan las situaciones de crisis y de conflictos generados por la modernidad con los índices de un declive global de lo que algunos llaman «la función simbólica». Así, más o menos explícitamente, declaran el funcionamiento físico del hombre moderno como un funcionamiento sicótico o perverso.
Algunas cuestiones más precisas y sin conclusiones precipitadas merecen por lo tanto de ser planteadas dentro de este cuadro. ¿El paso brutal de una sociedad patriarcal tradicional hacia una sociedad urbanizada centrada en una familia restringida y en la pareja produce acaso consecuencias sobre las modalidades de la transmisión intergeneracional? ¿Cuales son las consecuencias del cambio del papel social introducido por el exilio tanto para el padre como para la madre? ¿Cómo es modificada la función paternal por los conflictos de referencia que no dejan de sobrevenir en la situación de la emigración y del cambio cultural, en el momento que la cultura de origen entra en conflicto con la cultura del país que acoge? ¿El establecimiento y la resolución del complejo de Edipo son acaso asuntos puramente privados o familiares, o son al contrario dependientes de las formaciones culturales colectivas tales que las instituciones religiosas, las de poder, o del tipo de leyes que rigen la vida social? Si se admite que la personalidad, o el sujeto en el sentido de Lacan, no pueden construirse sin algún vínculo con lo social, entonces se deben proporcionar los medios de describir las influencias de los cambios sociales y culturales sobre la construcción del psiquismo.
I. El complejo de Edipo y el lugar del padre de Freud a Lacan
El complejo de Edipo según Freud
Freud no ha dado una exposición sistemática del complejo de Edipo. La noción aparece explícitamente en sus escritos en 1910 y luego se completa progresivamente. Fruto de un descubrimiento de su auto-análisis, el complejo de Edipo es para Freud lo que cada uno puede reconocer dentro de sí mismo: un amor por la madre, reforzado por la envidia hacia su padre que entra en conflicto con el afecto que le confiere. Al tomar como referencia el mito del Rey Edipo en la tragedia antigua, Freud planteaba, de entrada el complejo de Edipo como un rasgo humano universal.
El complejo de Edipo corresponde a un proceso inconsciente que implica por un lado los investimientos de deseo sobre los padres y de las identificaciones con respecto a ellos, y por otro lado la transformación de estos dos tipos de vínculos durante una prueba. El complejo de Edipo trae consigo una salida: la resolución de tensiones que resultan de la puesta en marcha de los procesos inconscientes que lo constituyen. Estas tres etapas constituyen el proceso completo del complejo de Edipo: investimientos e identificaciones, transformación, resolución.
Freud describe dos formas del complejo de Edipo, una es positiva y la otra negativa. La forma positiva corresponde al apego del niño dirigido hacia la madre y a la ambivalencia con respecto del padre. La forma negativa corresponde a la actitud femenina y tierna del niño respecto de su padre y a la actitud correspondiente de hostilidad envidiosa con la madre. Las dos formas son se entremezclan en la realidad. Más allá de la situación de rivalidad, Freud hace intervenir los componentes homosexuales para explicar la actitud ambivalente del niño respecto de su padre. Por otro lado, Freud ha admitido progresivamente la idea de que el complejo de Edipo no se puede superponer de igual manera en un niño o en un niña, especialmente porque la disolución del Edipo significara para la niña un cambio del objeto de amor, de la madre al padre, de la mujer al hombre.
El lugar del complejo de castración y la salida del complejo de Edipo según Freud
El complejo de castración descrito por Freud se articula estrechamente con el complejo de Edipo. Descubierto durante el análisis del pequeño Hans [3], se presenta de una manera distinta para cada uno de los sexos. Pero, dentro de la perspectiva Freudiana es comprensible únicamente en función de la primacía del pene en los dos sexos (1908, Las teorías sexuales infantiles), luego en función de la primacía del falo (1923, La organización infantil de la libido). El agente de la castración, el que llega a actualizar la amenaza de la castración, para el niño pequeño es representado por el padre, mientras que para la niña la situación es menos clara: es sin duda sobretodo la madre que amenaza de privar a la niña del pene, mientras que el padre la amenaza de castración. Estas diferencias son importantes ya que conllevan a configuraciones diferentes del complejo de Edipo según los sexos: la amenaza de castración marca para el niño la crisis terminal del complejo de Edipo y prohíbe al niño del objeto materno; mientras que para la niña, la privación del pene marca la entrada en el complejo de Edipo y el establecimiento del deseo del pene paterno, el cual evolucionará hacia el deseo del niño.
El acento unívoco que ciertos autores otorgan a la función prohibitiva del padre en el complejo de Edipo, para los dos sexos, conduce a eliminar la complejidad de los fenómenos descritos por Freud. No solamente es el padre el agente de la castración y el portador de lo prohibido, pero también la madre. En la mente de Freud son los padres en general, incluso todos los posibles sustitutos de los padres, en particular las sirvientas que juegan un papel importante como ya se sabe en las familias en la época de Freud.
La salida del complejo de Edipo implica claramente para Freud una destrucción y una supresión del complejo bajo la presión de la amenaza de castración, pero únicamente para el niño. Los objetos que antes se investían en el cuadro del complejo de Edipo son en lo sucesivo incorporados dentro del yo en donde formaran el núcleo del superyó. Freud insiste: entonces, en los casos ideales ya no subsiste más el complejo de Edipo, ni siquiera en el inconsciente, el superyó se ha convertido en el heredero del complejo (1925, Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos [4]). Si el complejo de Edipo es reprimido y no destruido, se manifestará a través de síntomas y de una psicopatología signos de un retorno de lo reprimido. En cambio, en la niña el motivo de la destrucción del complejo de Edipo no existe. Su desaparición será entonces más difícil: «Puede ser abandonado lentamente, ser liquidado por represión, los efectos de esto pueden ser diferidos durante un largo tiempo en la vida mental normal de la mujer.» Y Freud agrega una comentario que no dejaran de criticar las mujeres analistas y las feministas de las épocas posteriores: «vacilamos en decirlo, pero no podemos evitar la idea de que el nivel de lo que es moralmente normal en la mujer es diferente. Su superyó no será nunca tan inexorable, tan impersonal, tan independiente de sus orígenes afectivos como se le exige a un hombre.» Según Freud, esto explica que la mujer obedezca más que el hombre a sus sentimientos de ternura y de hostilidad, a sus deseos, y se niega a someterse a las necesidades de la existencia.
Sabemos cuánto esta concepción reconduce realmente hacia algunas representaciones culturales, sumamente difundidas, de una cierta inferioridad de la mujer con respecto del hombre en el plano mental y de una mayor proximidad con la naturaleza (de ahí viene el argumento utilizado por algunos religiosos en sus discursos, según el cual la fragilidad constitucional de la mujer implica, por respeto, que sea protegida de las tendencias, especialmente sexuales, que no puede manejar ella misma...).
¿A partir de estos datos, cómo llegamos a una concepción que identifica el complejo de Edipo pura y simplemente como una función prohibitiva del padre? Es lo que veremos con Lacan. Pero es Freud quien ya había indicado la vía del establecimiento de una relación entre el complejo de Edipo y la generalización de una figura mítica del padre en la cultura. Al menos existen dos textos que son testigos esta elección freudiana: Tótem y tabú y Psicología de las masas y análisis del yo. Por otra parte, Freud vacilará a lo largo de sus escrituras sobre el tema de la formación del superyó: ¿éste se hereda acaso de las identificaciones de los dos padres o sobretodo de la del padre?
El lugar del padre en el complejo de Edipo freudiano
Es en 1912, en Tótem y tabú que Freud va a proponer una relación directa entre el complejo de Edipo y una función universal del padre. Freud establecerá una correspondencia entre el complejo de Edipo y la prohibición del incesto descrita por los etnólogos. Por otra parte, preocupado por instaurar el carácter fundador de Edipo para la humanidad en general, va a imaginar un momento mítico originario: el asesinato del padre primitivo de la horda. Freud toma prestado de Darwin la idea de «la horda primitiva» y de Robertson Smith, antropólogo reconocido en su época la hipótesis del banquete totémico que, según este último autor, constituye el acto religioso más primitivo a lo largo del cual algunos miembros del clan se comen todos juntos al animal totémico. Haciendo una analogía entre la psicología de los neuróticos, la de los niños y la de los primitivos, Freud emite una hipótesis de identificación entre el padre y el tótem. Se imagina un tiempo remoto en el que los hombres vivían en grupos pequeños dominados por un padre original que se reserva el uso sexual de las mujeres de su grupo. Un día se rebelan contra el padre, y lo devoran. Se encuentran en seguida invadidos por la consciencia de su culpabilidad y fundan entonces la religión totémica, ritualizada por el banquete totémico, del cual nacerán todas las religiones posteriores, y más globalmente la cultura humana en general. El asesinato del padre presente en los fantasmas edípicos del neurótico se encuentra de esta manera remitido a un acontecimiento histórico y cultural fundador, el asesinato del padre originario. A pesar del carácter fantasioso de esta hipótesis sobre el plano antropológico, esta filiación entre la culpabilidad edípica y la idea de un asesinato originario del padre no cesará de infiltrarse en las teorías psicoanalistas, mientras que la verdadera genialidad de Freud fue la de demostrar lo que ahora se puede observar todos los días: la explotación de la culpabilidad edípica por las religiones con el objetivo de someter a los individuos a un padre mítico. A partir de Tótem y tabú se recrearán dos confusiones: la confusión entre el lugar del padre y el lugar del poder, y la confusión entre el padre originario y el líder de la masa (esta segunda asimilación será propuesta por Freud en Psicología de las masas y el análisis del yo).
Por otro lado se debe destacar la ausencia de los roles impartidos a la madre y a las niñas en el esquema propuesto por Freud en Tótem y tabú, esto, de nuevo, animará las críticas frente a la influencia demasiado fuerte de la cultura patriarcal en la teoría freudiana.
En su texto Psicología de las masas y análisis del yo [5], de igual manera Freud opera una elección resuelta a favor del origen parternal del ideal del yo. En el capítulo VII dedicado a la identificación, Freud distingue una identificación primaria hacia el padre (el niño hace de su padre su ideal) y un investimiento del objeto de la madre bajo un modo sexual y libidinal. No explica porqué el niño no podría identificarse con la madre e investir libidinalmente al padre. Este misterio se vuelve aún más opaco cuando Freud evoca por otro lado la doble identificación del niño con sus padres como condición y origen del superyó. Los comentadores de Freud se toparan frecuentemente con esta contradicción pero intentaran justificar la prevalencia de la esencia paternal del superyó por la necesidad de sacar al sujeto del dominio maternal. Ahora bien esta función paternal de separación del niño con su madre no está explícitamente presente en el texto freudiano. A lo sumo, encontramos en algunos textos la idea de que el hombre es el que garantiza la perpetuación de la cultura y que debe constantemente luchar contra la influencia retardadora y obstaculizadora de las mujeres, aún menos aptas que él a la sublimación pulsional [6]. Se puede pensar que tales afirmaciones provienen más bien de los diferentes roles sociales asignados a los hombres y a las mujeres en las sociedades patriarcales antes que de la enseñanza directa resultante de las curas psicoanalíticas. Sin embargo, es sobre estas bases que será edificada una imagen más bien monstruosa de la madre devoradora y el padre tiene la función esencial de separarla del niño.
El complejo de Edipo y la función del padre según Lacan
Lacan operará en lo que él llama un retorno a Freud, una relectura de los textos freudianos con lo que introducirá notables diferencias e innovaciones.
Primero, Lacan distinguirá firmemente tres registros: lo simbólico, lo imaginario y lo real. Esta distinción aplicada al padre, permitirá de aclarar la función que el padre desempeña, las representaciones imaginarias de las cuales es el sustento, y por fin el padre real que concierne al padre de la realidad pero según Lacan no se reduce sólo a eso. El papel del padre será sin embargo resaltado por algunas formulaciones que podrían parecer ambiguas ya que son copiadas del registro religioso. Lacan nombrará la función simbólica paternal «Nombre-del-Padre», retomando la fórmula de la oración cristiana la más conocida que invoca a la Trinidad: «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Esta función paternal no depende del personaje real del padre de familia, pero puede ser efectuada por números sustitutos, incluso en la ausencia del padre real. Según Lacan, lo esencial de esta función es que ésta instaura una distancia, una posición de un tercero entre la madre y el niño con el fin de que este sostenga y simbolice la alternación de su presencia y de su ausencia. Frente a este angustia del niño con respecto del deseo de la madre; la angustia de ser todo para ella o bien nada para ella, la función paternal, el «Nombre-del-Padre», viene a proponer una significación. La madre puede desear no solamente a su hijo, y porqué no un hombre, un marido, un amante, una actividad profesional, o cualquier otra cosa. El fundamento de esta necesidad de separar a la madre del niño proviene de una interpretación hecha por Lacan de la psicosis, la cual no era explicita para Freud. Lacan piensa que la psicosis (lo que según él no coincide exactamente con la esquizofrenia o la paranoia) proviene justamente de una falta de abertura al tercero en la relación de espejo al semejante entre la madre y el hijo. Lacan llamará esta abertura hacia el tercero: castración simbólica.
Dos conclusiones importantes deben ser subrayadas de esta elaboración lacaniana: por un lado no es el padre de la realidad, el padre social o el padre histórico el que lleva la función simbólica, contrariamente a lo que podría parecer con la denominación que Lacan le ha dado; por otro lado, según él, la necesidad de la separación está directamente ligada a una defensa contra la locura.
El padre imaginario, el padre como una imagen, es el personaje imaginario que construirá al niño y le va hacer alarde de todo poder, que amará y temerá, a quien le va atribuir la causa de la privación de su madre, y que terminará por odiar para poder luego desprenderse del mismo. Es ese padre imaginario que asumirá la responsabilidad de los fantasmas de las amenazas de castración.
El padre real de Lacan es más difícil de definir. En una palabra, cuando existe un padre en la realidad, el padre real en el sentido de Lacan corresponde a esta parte del padre que llevará el cargo de no corresponder al padre ideal imaginado por el niño, y que sabrá oponer un límite a la relación de goce entre el niño y su madre, por su presencia y su deseo en torno a su madre.
Si el padre simbólico y el padre imaginario representan funciones que pueden ser realizadas por numerosos sustitutos, persiste una ambigüedad al nivel de lo que Lacan ha llamado el padre real. Es quizás por esta ambigüedad que muchos comentadores de Lacan han defendido las posiciones normativas y tradicionales que conciernen a la pareja y a la familia (la necesidad de la presencia de un padre real frente a la encarnación de la autoridad, la crítica de las familias monoparentales o homoparentales, el reproche del debilitamiento de los poderes legales de los padres, etc...).
La concepción estructural del complejo de Edipo elaborada por Lacan va aún más lejos y puede enunciarse en términos aún más generales que no prejuzgan para nada a las organizaciones familiares y sociales concretas. En efecto según Lacan, la prohibición del incesto no proviene fundamentalmente del complejo de Edipo familiar, como tampoco se deriva de un acontecimiento histórico hipotético como el asesinato del padre original. La función simbólica que localiza en el centro del complejo de Edipo se encuentra directamente ligada a la función misma del lenguaje, es decir lo que Lacan ha llamado la función del significante. El verdadero límite impuesto al hombre es el del lenguaje, marcado por la polisemia de los significantes y la imposibilidad de hacer coincidir las palabras con las cosas. Dentro de esta perspectiva, lo prohibido se vuelve una propiedad inherente del hombre dotado de un lenguaje, inscrito en su relación con la palabra, y es signo antes que nada de lo imposible. La castración para Lacan, la castración simbólica, es la sumisión del ser parlante hacia el significante. Estas hipótesis son extremadamente fecundas. Ofrecen instrumentos para analizar tanto los trastornos del lenguaje en las psicosis (en las cuales se encuentra efectivamente con frecuencia una congruencia entre la palabra y la cosa), como los discursos y las actitudes psicológicas que pretenden eludir la prueba de la castración (los discursos perversos, los discursos integristas, las posiciones de separación, etc...).
Sin embargo, resulta que la estructura del lenguaje humano no produce automáticamente sujetos marcados por la castración, y aún menos sociedades pacificas y vínculos sociales desprovistas de la alienación. Es a este nivel que el análisis político y antropológico es indispensable para rendir cuenta de los efectos que el psicoanálisis observa al nivel del individuo y del grupo. Las posturas de poder a nivel político y social se apoyarán sobre los fantasmas inconcientes para someter a los sujetos, mientras que las leyes de la palabra misma producirán en cada cultura ficciones, enunciados trascendentales que garantizarán la relación con la verdad [7].
Algunos reprocharán a Lacan el haber introducido una nueva trascendencia en el lugar del padre freudiano. La necesidad de una referencia trascendental [8] de lo simbólico permanece abierta, muy pronto enérgicas discusiones sobre este tema, crearon desacuerdos entre Lacan y algunos de sus discípulos. En su concepción del inconsciente determinado por los caracteres del lenguaje humano, Lacan es conducido a defender la noción de una autonomía del registro simbólico ligado a «la función creadora, fundadora, de la plena palabra». Para otros autores al contrario, como Claudio Lévi Strauss en antropología, el registro simbólico no es autónomo pero es solamente producto del colectivo [9].
II. ¿Es universal el complejo de Edipo?
Debate entre Malinowski y Jones
Hemos observado que para Freud el complejo de Edipo tenía una dimensión universal y representaba la fuente de toda cultura. Ahora bien, desde la publicación de Tótem y tabú, un debate apasionado a puesto en desacuerdo a ciertos antropólogos y psicoanalistas sobre este tema. Bronislaw Malinowski, prestigioso antropólogo británico, por su parte muy interesado por el psicoanálisis, escribió un libro entero dedicado a este problema: «Sex and repression in savage societies [10]». A partir del estudio de una sociedad matrilínear, los trobriandeses de Melanesia, Malinowski muestra que la estructura familiar no es la misma en todas las sociedades. Los jóvenes trobriandeses tienen como padre legal a su tío materno y declaran no poseer ninguna relación de sangre con su genitor. Además, en su adolescencia, el niño entra en conflicto no con su padre que es sobre todo para él una «nurse», pero con el hermano de su madre. Así, para el antropólogo el complejo de Edipo inducido en el Occidente por la filiación patrilínear no es universal, ya que existen sociedades en las cuales el niño nunca se encuentra en conflicto ni en rivalidad con su padre. Ernest Jones, fiel discípulo de Freud, replicará que los tobriandeses, al rechazar el estatus de genitor de su padre, niegan y desvían el odio alimentado en su lugar, pero no logran con eso suprimir al padre. Simplemente reportan la rivalidad sobre el tío materno y desplazan la codicia cuyo objeto es la madre sobre una hermana [11]. Los psicoanalistas, después de Jones, retomarán este argumento para salvar la universalidad de Edipo: la función paternal es tomada a cargo del tío materno sobre el cual se transfiere la autoridad. ¿Pero, es la función del tío verdaderamente equivalente a la función del padre?
Los límites de la argumentación de Jones y el símbolo fálico según Lacan
Los argumentos desarrollados por Jones y numerosos psicoanalistas después de él fueron a su vez criticados en el seno mismo del psicoanálisis [12]. En efecto, no es seguro que la autoridad iniciadora prescrita socialmente recubra la autoridad inconsciente que inscribe lo prohibido en la relación aparentemente dual con la madre. Spiro ha señalado que los jóvenes trobriandeses son en efecto más atraídos por su madre que los ha alimentado con el pecho que por su hermana, y rezuman una hostilidad inconsciente hacia el padre, principal compañero sexual de la madre. Por otro lado, los psicoanalistas lacanianos han señalado que en todas las culturas el niño se encuentra dentro de una posición natural de pedir amor incondicional y de dependencia absoluta con la madre, lo que exige la inscripción de un límite que es intrínseco a la naturaleza misma del deseo sexual y que no puede ser reducido a una ley prescrita por una autoridad exterior. La verdadera rivalidad no se sitúa entre el niño y sus semejantes, fueran estos su padre o su tío materno, pero entre el sujeto mismo y su imagen en la que deberá encontrar de manera muy precoz un índice de castración. Las abundantes imágenes fálicas en todas las culturas son la prueba de la presencia de esta cuestión universal que Freud recalcó al introducir la noción de « símbolo fálico ». El niño como la niña debe primero reconocer su castración y su propio sexo al integrar la cuestión de la presencia o de la ausencia del falo como símbolo de lo que le falta a cada uno (¡y no solamente a la niña!). En efecto, tanto para el niño como para la niña, lo que caracteriza el objeto fálico es que se puede desprender del sujeto.
Se trata entonces de otra manera de considerar la universalidad del complejo de Edipo, al poner énfasis sobre el símbolo fálico y la necesidad para todo ser humano, sean cuales sean las culturas, de sustituir el deseo invasor de la madre por cualquier otra cosa. Dentro de esta perspectiva lacaniana, la ley simbólica (lo prohibido) se encuentra incluida dentro de la existencia del deseo sexual mismo. Volvemos a encontrar la concepción estructural del complejo de Edipo y su función esencial de representar un escape de la locura. Solamente de manera secundaria un significante propio a la cultura asumirá y simbolizará esa prohibición: el «Nombre-del-Padre» en nuestras culturas patriarcales y por otro lado de otras representaciones culturales dirigidas por la tradición. Algunos antropólogos y etnólogos han estudiado con precisión esas variaciones en el seno de diferentes culturas [13]. A cada intento, han logrado descubrir significantes culturales específicos que llenan esta función simbólica asumida en nuestras culturas por el «Nombre-del- Padre».
Lacan, la relatividad del complejo de Edipo y el declive de la familia
Pero antes de desarrollar esta concepción del falo, Lacan había tomado sus distancias con respecto de la universalidad del complejo de Edipo que Freud defendía y se había mostrado relativista, véase culturalista [14].
En la primera parte de su obra (entre 1938 y 1953), Lacan se apoya frecuentemente sobre los trabajos de sociólogos y de antropólogos, notablemente Durkheim y Malinowski, para afirmar que el complejo de Edipo está limitado a las condiciones sociales y familiares de las sociedades occidentales en la época de Freud. Además, es en esa época que Lacan defenderá la idea de que el complejo de Edipo es la consecuencia directa del declive de la familia y del padre en Occidente, al seguir a Durkheim y su teoría de la evolución de las sociedades modernas hacia la anomia. Es esta tesis que será retomada actualmente por numerosos psicoanalistas franceses quienes invocan de nuevo el declive del padre y de la función paternal para explicar el malestar contemporáneo en la cultura.
Según Lacan, el complejo de Edipo descubierto por Freud es la consecuencia del paso de la familia extendida a la familia nuclear (es «la ley de contracción de la familia» de Durkheim). Plantea la hipótesis de que durante ese paso histórico la autoridad encarnada por las estructuras tradicionales se ha progresivamente reducido y se ha concentrado sobre el personaje del padre de la familia nuclear. Ahora bien el padre, de aquí en adelante único sostén de la autoridad se encuentra él mismo preso de debilitamiento y de inestabilidad. El declive del grupo familiar en lo sucesivo empobrecido de sus recursos relacionales, se encuentra en el origen según Lacan, al mismo tiempo de la revelación del complejo de Edipo y de la aparición de las neurosis modernas. En las sociedades tradicionales con familias extensas, explica Lacan, el complejo de Edipo es silencioso y no aparente. La instancia reguladora del complejo de Edipo es aún menos garantizada cuando la familia se modifica hacia una forma conyugal que la somete a las variaciones individuales. Es esta «anomia» que ha favorecido el descubrimiento del complejo bajo la forma degradada sobre la cual la conocen los analistas: «forma que definiremos por una represión incompleta del deseo hacia la madre, con una reactivación de angustia y de investigación, inherentes a la relación de nacimiento; por un bastardeo narcisista de la idealización del padre, que hace sobresalir dentro de la identificación edípica la ambivalencia agresiva inmanente a la relación primordial con los semejantes» [15].
El complejo de Edipo no es entonces la fuente ni el origen de la cultura como Freud lo suponía, pero al contrario la consecuencia de su declive.
Por otro lado, Lacan atribuirá progresivamente un lugar menos importante al complejo de Edipo para favorecer en su teoría la instancia del superyó. En varios textos, sugerirá que la ley simbólica, es decir para él lo prohibido del incesto interiorizado por cada sujeto, puede emanar directamente del superyó sin pasar necesariamente por el complejo de Edipo. Lacan encuentra así la dimensión universal con el superyó que supone inherente al género humano y anterior al Edipo, al contrario de Freud que hacía del superyó el heredero del complejo de Edipo [16]. En uno de los raros casos clínicos que relata en su seminario, interpretará un síntoma de un paciente musulmán no como una consecuencia de Edipo pero como la consecuencia de un conflicto directo en el seno del superyó entre la ley social o tradicional (en este caso la ley islámica) y un acontecimiento traumático proveniente de la infancia del paciente. En esa época, Lacan concibe el superyó como una escisión en el seno del sujeto resultado de una tensión en sus relaciones con la ley [17].
Recapitulación: universalidad del Edipo y el lugar del padre
1°) con respecto al Edipo Al término de este recorrido en el centro de la obra de Freud y de Lacan, nos damos cuenta de que existen dos concepciones radicalmente diferentes del complejo de Edipo, y correlativamente del lugar del padre y de la función paternal, entre las cuales oscilan los comentadores.
Según una primera interpretación, el complejo de Edipo es universal. Esta es la posición de Freud que será defendida por sus discípulos, como Jones, a pesar de las críticas de los antropólogos. Salvarán el complejo de Edipo y la función del padre explicando que ésta puede ser desplazada y llevada a cargo por otros representantes distintos del padre de familia. Esta precisión es en efecto indispensable ya que si no se debería considerar que todas las situaciones en los que la madre se encuentra sola con sus hijos serían patógenas. Ahora bien, sabemos que esto no es cierto y que la función paternal puede seguir desempeñando su tarea cuando el padre ha fallecido por ejemplo. Según una segunda interpretación, culturalista, el complejo de Edipo no es universal pero al contrario está determinado por condiciones culturales, familiares y sociales precisas. Esta es la opinión de Lacan durante largos años, que es afín de alguna manera a la escuela culturalista americana.
Pero encontraremos el carácter universal de Edipo en Lacan y sus discípulos desde el momento que una concepción estructural del complejo de Edipo sea elaborada. En esta interpretación, el acento no se le atribuye a la persona del padre ni siquiera a uno u otro personaje que debería encarnar la amenaza de castración o de autoridad, pero se le atribuye a una necesidad interna del ser humano. Esta necesidad proviene según Lacan de varios factores. Por una parte, la universalidad de la relación dual con la madre y la exigencia que emana de su separación para hacer advenir el deseo (sobreentendido, el deseo según el sentido que le da Lacan se dirige siempre hacia otra persona que no es la madre) y para escaparse de la locura (la psicosis). Por otra parte, las características del lenguaje humano marcado por lo imposible (congruencia imposible entre las palabras y las cosas, imposibilidad de decirlo todo y de decir exactamente lo que se quiere, etc...) y por la polisemia. Lo prohibido del incesto y la introducción a la ley social provienen de esas características aún más fundamentalmente que de la amenaza de castración del complejo de Edipo. De ahí el juego de palabras lacaniano, explícito en francés, alrededor de la palabra «inter-dit» (inter-dicto), ya sea entre-dicho, es antes que nada lo que no se puede decir entre las palabras.
2°) con respecto al padre Hemos visto que según Freud las vacilaciones que conciernen la atribución del rol del padre. Unas veces son múltiples los personajes que encarnan la amenaza de castración (los padres y todos los sustitutos de los padres), otras veces es la persona del padre que es puesta en adelante (identificación primaria hacia el padre, asesinato del padre primitivo, concepción del superyó como producto de las identificaciones de los dos padres pero a veces sobre todo del padre, etc...).
Según Lacan, las ambigüedades son aún mayores. Desde 1938 hasta 1953, Lacan defenderá explícitamente la idea del declive del padre y de la familia siguiendo las teorías sociológicas de su época. Va a reinterpretar el complejo de Edipo como una consecuencia de ese declive de la autoridad familiar. Más tarde, abordará una concepción estructural del Edipo y de la función paternal. Con esta perspectiva, la función paternal se reduce al efecto del significante que viene a sustituir los deseos invasores de la madre. Pero entonces cuando esta concepción le permite emanciparse claramente de las referencias culturalistas hacia el rol social del padre, escogerá una metáfora religiosa muy ambigua para designar la función paternal, el «Nombre-del-Padre», directamente tomada del vocabulario de la religión católica e inspirándose explícitamente del padre de la comunidad de los creyentes, sépase el papa.
La pérdida de los poderes de los padres y la inflación de la figura paternal en psicología
Ni Freud ni Lacan van a resolver la cuestión, dejando la puerta abierta a las múltiples interpretaciones y nos procurarán de esta manera un lugar para proseguir la exploración. Cada uno a su manera permanecerá profundamente atado a la figura del padre para convertirla en el eje central de la constitución del ser humano y de su relación con la ley y con lo prohibido. Los comentadores y los críticos contemporáneos no se privarán de interpretar las razones, para algunos personales, por las cuales Freud y Lacan no lograron deshacerse de esta representación central del padre, aún si se encuentran en gran parte bajo la dependencia de las condiciones culturales y sociales particulares, las de las sociedades patriarcales que son las nuestras [18], o mejor dicho que eran las nuestras.
Es importante recalcar que la importancia atribuida al padre en el desarrollo psicológico del niño se vuelve a encontrar a granel en la literatura a partir de los años 40 [19]. Cuando efectivamente las configuraciones de las familias tradicionales empiezan a modificarse, una etiología de los trastornos familiares tomará lugar centrada sobre las nociones de «carencias maternales» y de «ausencia paternal». Después de los trabajos de Bowlby sobre el apego que daba énfasis a la relación precoz entre la madre y el niño al mismo tiempo que acuerda al padre un rol secundario, la promoción de la función del padre será de nuevo examinada apelando a la autoridad paternal en las familias, luego sobre la base de las teorías lacanianas, la ausencia del padre se volverá una causa principal de los trastornos observados en los niños. «La ausencia del padre» se volverá una misma cantinela repetida a porfía por los educadores, los pedagogos y los psicólogos de todos los géneros, con el tono catastrófico que implica el riesgo inmediato de la locura en el momento de la carencia de ese «tercero separador» entre el hijo y la madre.
Desde un punto de vista histórico es sin embargo interesante constatar que este énfasis otorgado al papel del padre por la psicología y por el psicoanálisis es precisamente contemporáneo a la pérdida de los poderes tradicionales de los padres en nuestras sociedades occidentales: pérdida de todos sus poderes sobre los niños (ley del 30 de octubre de 1935 abolición del derecho de «corrección paternal», pérdida de su poder sobre las mujeres (1938: abolición del «poder marital»); 1942: la mujer viuda puede convertirse en «jefe de familia»), igualdad de los estatus de los padres (1970: la ley que transforma el poder paternal en «autoridad parental»), cambio de la asignación de la paternidad desde ahora ligado a la biología (1955: el criterio de «verdad biológica» entra en el derecho con la introducción del análisis sexológico para la prueba de paternidad), etc. Existe entonces claramente un cambio en el estatus legal de los padres y de una pérdida de sus poderes, pero ¿porqué deducir de esto forzosamente la idea de un golpe a los fundamentos mismos de la construcción del ser humano, cuando por otro lado la evolución se hace beneficio de una mayor igualdad entre los hombres y las mujeres y de un mayor respeto de los hijos, de su protección y de sus derechos? ¿Acaso podríamos decir que las reformas que van tras el mismo camino, como la que - bastante tarde en Francia, en 1945 -, se acordó el derecho de voto a las mujeres, tuvieron consecuencias despectivas para la psicología de los niños? O que la reforma reciente sobre el código de la familia en Marruecos, por el hecho de reducir el poder de los hombres y los padres, ¿agravará forzosamente el estado de la salud psicológica de la población?
Bajo estas condiciones, no se puede sentir más que un profundo disgusto al ver que las teorías psicoanalíticas se prestan al servicio de las concepciones políticas las más reaccionarias. Recientemente en Francia, un debate apasionado ha dividido la opinión en torno a la pareja homosexual. Como estaba completamente fuera de alcance autorizar el casamiento entre homosexuales, se propuso un compromiso, una especie de contrato de unión entre personas adultas consintientes (el PACS: pacto civil de solidaridad). No importa cuales sean los argumentos que se puedan oponer a esta disposición desde un punto ideológico, político o religioso, era demasiado impactante leer en los periódicos franceses que los argumentos que algunos psicoanalistas oponían a esta medida eran exactamente los mismos que los que son utilizados por los arzobispos y otros representantes de la derecha conservadora. Se apelaba al carácter sagrado e intangible de lo «simbólico» considerado como una categoría antropológica fundamental de nuestras sociedades y cuya falta de respeto conduciría únicamente al caos social y a la locura individual. Es verdaderamente lamentable observar que esta noción de «simbólico», ampliamente desarrollada por Lacan y luego por Lévi-Strauss, y cuya interpretación ya hemos visto que estaba lejos de ser unívoca, sea de ahora en adelante un instrumento y que sea reducida al beneficio de la reacción política. Aunque Freud diera vueltas en su tumba, los primeros que defendieron tales posiciones en Francia fueron los curas-psicoanalistas, ¡ya que resulta que esa especie aún existe en nuestro hemisferio! Sin lugar a dudas en Turquía no existen aún los psicoanalistas-imanes. ¡Que Dios los guarde de esa calaña!
¿En lugar de defender el inmovilismo y el conservatismo, el papel del psicoanálisis no es acaso el de explorar y de describir las nuevas configuraciones psíquicas y las nuevas soluciones que el inconsciente inventa para adaptarse y perpetuar la vida psíquica en estos tiempos de profundas mutaciones y de crisis?
III. El padre inmigrado como figura prototípica del padre en declive
En Francia, esta teoría del declive del padre como fuente de la patología familiar y de los trastornos del comportamiento de los niños es utilizada de manera intensiva en el campo de la inmigración. No sé cómo hacen en otros lugares. Numerosos son los autores que intentan explicar las consecuencias psicológicas del exilio y de la emigración a través de la desvalorización del estatuto de los padres inmigrados. El punto en común de estos trabajos es el mantener una confusión entre las condiciones socio-económicas que caracterizan a las familias emigrantes y el estatus simbólico del padre dentro de sus familias. En vez de limitarse a un análisis político y sociológico que observa que efectivamente la ausencia de cualquier política de integración en Francia ha condenado a través de los años a las familias de los emigrantes a permanecer en lo más bajo de la escala social, la interpretación psicológica abusiva termina por responsabilizar a los padres de sus dificultades al invocar su abdicación frente a su función paternal.
Sabemos que en Francia, por esa falta de una verdadera política de integración y de lucha contra las discriminaciones, los inmigrados constituyen estadísticamente el mayor contingente de desempleados, se concentran en los barrios más desfavorecidos, poseen un acceso mínimo a la formación profesional, al éxito escolar y universitario e incluso a los servicios de salud. Esta carencia política no es desconocida en el pasado colonial de Francia y en las relaciones ambiguas que sigue alimentando con sus antiguas colonias. Esto concierne tanto Argelia como Indochina, Madagascar, Marruecos y las otras ex-colonias en el África negra.
El aumento de los discursos psicológicos sobre el padre inmigrado traduce la denegación y el desconocimiento de las maniobras políticas e históricas realmente en juego, e impide el análisis preciso de los procesos psíquicos que se desencadenan con el exilio.
Entonces, los padres inmigrados son, frecuentemente, descritos como derribados, invalidados o dimisionarios. Se piensa que eso de lo que sufren los niños de la segunda generación, es lo de tener una imagen desvalorizada de su padre. Se acusa a esos padres de ser demasiado distantes con sus hijos, de no comunicarse lo suficiente y de aislarse del resto de la familia. Se les agobia con una cantidad de fracasos que explicarán así su inaptitud para una relación harmoniosa con los hijos: mal manejo del idioma francés, capacitación de bajo nivel, analfabetismo, agobio por condiciones de trabajo difíciles. Además se encuentra en desventaja frente a una esposa que con frecuencia, aparece mucho más apta para adaptarse a las nuevas normas de la sociedad de residencia, etc. Dentro de estas descripciones, se confunde la persona y la función del padre, y se retoma es viejo esquema del declive de la autoridad paternal tal como la hemos descrito más arriba, directamente heredada del primer periodo de Lacan.
Ahora bien, si nos referimos a Freud o a la concepción más estructural del complejo de Edipo así como fue elaborado por Lacan después, ya no es posible identificar la función paternal con el ejercicio real y concreto del rol del padre dentro de la familia. La función paternal no es solamente llevada a cabo por el padre real pero también por la madre y por otros personajes de la familia o de su círculo, y sobretodo, depende de una multitud de otros factores que han sido evacuados por estas rápidas descripciones.
Además, se desconoce por completo la dimensión cultural que se alcanza con estas interpretaciones. En efecto, la distancia entre el padre y sus hijos es asimilada a esa famosa «ausencia del padre» tan de moda desde los años 50. Quisiéramos aplicar el modelo occidental del « padre nuevo», caracterizado por su presencia efectiva, su dialogo constante con los hijos, su implicación en todos los detalles de la vida cotidiana, sobre una manera bastante diferente de ser padre en otras culturas. En las culturas tradicionales de la región magrebina pero también de Turquía rural, el padre ejerce su función precisamente con la condición de mantener una distancia con respecto de los hijos y de la madre. Es difícil imaginarse a un padre tradicional proveniente de estas regiones, que se pone a negociar sobre la vida sexual de sus hijas, la toma de contraceptivos o las inquietudes íntimas que puedan atormentarlas. Es necesario un tercero entre el padre y los hijos, y es la madre que asume el rol central de transmisión. Imaginemos entonces los daños que suscitan los equipos de pedagogos y educadores o de psicólogos en estas familias, al incitar a los padres a modificar radicalmente sus posturas, al mismo tiempo que los culpabilizan. Los hijos por su lado se encuentran divididos entre representaciones antagónicas que pueden alimentar y volver rígidos los conflictos intergeneracionales propios de la adolescencia.
La descalificación de los ideales parentales
Más que un declive o que una dimisión de los padres, uno de los factores más importantes, que la clínica ha puesto en evidencia es el papel negativo desempeñado por de la descalificación de los ideales parentales en el discurso social que domina en Francia. El silencio de los hombres políticos frente a la inmigración agrava la ausencia de política de integración, y permite la expansión de discursos populistas y racistas salpicando al conjunto de inmigrados de recelo y hostilidad. En Francia el extranjero permanece fundamentalmente no indeseable [20]. Es tolerado únicamente con la condición de que se vuelva invisible, transparente, completamente asimilado a la sociedad francesa y que renuncie a todas las manifestaciones visibles de su cultura de origen o de su religión. Los padres emigrantes como sus hijos deben entonces enfrentarse a un conflicto inevitable que se puede describir en los términos de una deuda imposible de pagar.
En efecto el exilio ha confrontado brutalmente al inmigrado con el sentimiento de traición y de culpabilidad por haber abandonado su país, no solamente a los suyos, pero a sus ideales, que debía transmitir dentro de la tradición, en el nombre de sus ancestros, de su cultura o de su religión. Una vez en Francia, se encuentra haciendo lo mejor que puede para integrase, para dar de qué hablar y no molestar a la República. Intenta pagar su deuda con el país que lo recibe. Pero entonces, ¿cómo va a pagar su deuda a los ancestros y a la comunidad de donde viene? Muy frecuentemente, esta cuestión de la deuda se transmite a los hijos. Se plantea la misma cuestión: ¿a quién pagarle su deuda? ¿Al país que lo acoge o a sus padres? Se instala una dicotomía entre la deuda privada y la deuda pública. El padre con todas las buenas intenciones, motiva a su hijo a la integración. Pero en cuánto más éxito tiene el hijo, más grande se vuelve la deuda del padre con sus ancestros. Puesto que el éxito del hijo contraviene a los ancestros que infatigablemente le hacen al padre esta pregunta crucial: « ¿Qué has hecho de tu hijo?» El abismo entre las generaciones se ensancha al punto que, pronto el hijo se convertirá en un verdadero extranjero que paga sus deudas a otra persona, a la República, al pizarrón negro de la escuela. El malentendido es extremo puesto que los reproches dirigidos al hijo provienen del éxito mismo que el padre ha deseado. El hijo se encuentra entonces atrapado en un dilema inextricable. Si tiene éxito en integrarse, satisface el deseo explícito de los padres, pero a pesar de todo, los traiciona ya que se aleja de las normas y las referencias de su cultura de origen. El sentimiento de traición y de culpabilidad será aún más fuerte y el hijo podría sentirse cómplice de los discursos que desacreditan la cultura de lo padres, a través su éxito escolar o social.
Debe notarse que este esquema se aplica al éxito de los hijos de obreros en general quienes también, a través de su ascenso social, han debido asumir un sentimiento de traición respecto a su grupo de origen. Es por esta razón que numerosas situaciones de fracaso escolar se derivan de una inhibición neurótica destinada a evitar esta confrontación con la culpabilidad.
La identificación primaria del padre y de los ideales del grupo
La descalificación de los ideales parentales tiene consecuencias directas sobre el proceso edípico porque perturba el juego de identificaciones con los padres. Pero para terminar de agobiar a la persona misma de esos padres o de esas madres inmigrados, se deben describir con precisión los mecanismos que se desencadenan. Es necesario para eso, retomar las hipótesis de Freud que conciernen la identificación y la relación entre el sujeto, o el yo, y el colectivo.
En Psicología de las masas y el análisis de yo [21], hemos visto que Freud pone el énfasis sobre la identificación primaria y precoz en el padre. El hijo (el niño para Freud) hace de su padre su ideal. En el mismo texto, Freud propone una descripción de la formación de las multitudes (o de las masas según las últimas traducciones de Freud) que se apoya sobre el hecho de que cada miembro de la masa coloca un solo y mismo objeto «exterior» en el lugar del ideal del yo y, en consecuencia, se identifica con los otros miembros de la multitud. Para Freud, la masa es una reviviscencia de la horda originaria [22], y el padre originario es el ideal de la masa [23].
Prosiguiendo con el trabajo de Freud que describe lo que el llamaba las masas secundarias, es decir las formaciones estables y durables que se oponen a las masas efímeras y fanáticas que él había tomado como tipo de descripción en su trabajo, se puede plantear la hipótesis de que todo grupo o comunidad está fundada por un sentimiento de pertenencia que muestra una adhesión común a uno u otros ideales. La identificación primaria del padre es en efecto una identificación a los ideales del grupo o de los grupos a los cuales el padre - y los padres- pertenecen, y de la cual transmiten no solamente el contenido pero también el deseo de pertenencia, un investimiento libidinal. La función paternal, cumplida por los padres y los sustitutos consiste así en abrir el espacio físico del niño hacia lo social, los ideales investidos por los padres constituyen la puerta de entrada. Esta transmisión conlleva siempre una parte de duelo, de abandono y de sacrificio, ya que con el desarrollo de las generaciones las exigencias sociales se transforman y los ideales de los ancestros ya no pueden ser aplicados sin dejar de sufrir ciertas modificaciones. Este conflicto universal que se encuentra en el corazón de la relación entre el adolescente y sus padres en todas las culturas, se refuerza con el conflicto entre los ideales culturales diferentes y antagonistas en la situación de exilio, de inmigración, o de colonización. Ahora bien, si los ideales de la cultura de los padres son descalificados, este trabajo psíquico de transmisión que mezcla duelo y creación, es bloqueado. La ambivalencia frente al padre, tal como Freud la ha descrito es exacerbada. La oposición hacia el padre cuyos ideales son desacreditados por el grupo ya no es posible: hace resurgir sentimientos de hostilidad insoportables ya que el padre es imaginariamente fragilizado.
Pierre Legendre y la función parental de los Estados
Bajo esta perspectiva, Pierre Legendre, psicoanalista lacaniano y jurista, ha desarrollado una teorización de las relaciones entre la función paternal y la función de las instituciones (institución de poder, instituciones religiosas, instituciones jurídicas, discursos de la media o del arte, etc.). Generaliza así lo que la clínica de los emigrantes nos demuestra: la función paternal, lo que llama «la institución del Padre», requiere dos etapas para operar. La primera etapa es la etapa familiar, la más conocida: hace del padre ese tercero al cual es remitido el deseo de la madre. Designa este espacio abierto de abertura y de libertad llamado la separación de la madre y del hijo. La segunda etapa es menos conocida aunque es también primordial. Se sitúa en el nivel de la representación que una sociedad se da a si misma, de ese absoluto en el nombre del cual todo individuo se encuentra remitido hacia la ley simbólica, y en el nombre del cual la función paternal podría producir sus efectos. Esta es una etapa de construcciones mitológicas y de ficciones que copian tradicionalmente su contenido de los discursos religiosos, jurídicos o políticos (Dios el padre, la madre Patria, etc.). Pierre Legendre ha podido describir una «función paternal de los Estados», para subrayar la necesidad de un garante simbólico institucional y colectivo para el escenario familiar por una parte, y para «el otro escenario», el del inconsciente por otro lado, en donde se juegan las maniobras subjetivas de la identidad y del deseo.
¿Cómo funciona este montaje de dos niveles? Para comprenderlo, se debe considerar que la Referencia absoluta puesta en escena en el teatro social es portadora de una demanda dirigida al sujeto. En el nombre de la especie, o de la cultura, o de Dios, o de la patria, o de la nación, etc., la sociedad dirige al sujeto una petición de desprendimiento de él mismo, una petición de reconocimiento no sólo de él mismo. Y le pide que tiene, con el objetivo de que el juego de las generaciones y de los sexos pueda establecerse fuera de la locura, que aceptar esta dimensión de lo desconocido, de ausencia, de imposible, de carencia que es el fundamento de él mismo. Espontáneamente todo ser humano acepta cumplir esto con mucha dificultad. La función separadora del padre y la amenaza de castración, funcionan únicamente, frente a esta petición institucional de renunciar a Todo, al Gran Todo totalitario, que les da su verdadera significación.
Gracias a las explicaciones que preceden logramos comprender mejor cómo la función paternal y los procesos edípicos pueden encontrarse perturbados bajo el efecto de carencias o de perversiones del discurso social o institucional, sin que se acuse a la personalidad o al comportamiento efectivo de los padres.
IV. Discusión: el lugar del complejo de Edipo en la clínica
Para concluir, regresemos a la pregunta inicial planteada por este trabajo. ¿Es el complejo de Edipo universal? ¿Varía en función de las culturas y a la merced de la evolución histórica de las sociedades? Para responder a esta cuestión, hemos visto que es necesario distinguir al menos dos acepciones del complejo de Edipo. Por un lado el complejo de Edipo considerado como el conjunto de fantasmas, de deseos, y de identificaciones que conciernen a los padres. Por otro lado, el complejo de Edipo considerado como operador de la subjetivación, es decir de la emergencia del sujeto en el sentido de Lacan, lo que corresponde más o menos a la constitución neurótica de la personalidad. Bajo esta perspectiva, la función paternal y el complejo de Edipo son necesarios para la integración de la ley, tanto la ley simbólica tal como la concibe Lacan, como el conjunto de leyes sociales que le permiten a una sociedad la convivencia.
1) Las variaciones de los fantasmas edípicos
¿Qué es lo que observamos ante nuestros pacientes bajo análisis o bajo psicoterapia? Contrariamente a lo que describen algunos autores alarmistas sobre una inflación de patologías llamadas narcisistas o aún de estados límites, mi experiencia aunque sea aún corta, me vuelve más optimista. Los fantasmas edípicos tales como aparecen en el discurso de los pacientes y la transferencia, en sus sueños, en sus síntomas y en sus actos fracasados, me parecen aún muy presentes. Su descubrimiento a lo largo de la cura provoca siempre los mismos efectos de sorpresa, de vergüenza, de repugnancia y de incredulidad, sea cual sea el grado de familiaridad del paciente con la teoría psicoanalítica. No dejan de sorprenderse menos aquellos que piensan estar más informados.
Ya sea que se trate de fantasmas inspirados de un Edipo positivo, de un Edipo negativo o invertido, las descripciones de Freud se mantienen completamente actualizadas. La pregunta que nos podemos hacer es la de saber si esos fantasmas evolucionan con las transformaciones sociales e históricas y si difieren según las culturas.
En efecto, es difícil imaginar que los fantasmas y los deseos edípicos hacia los padres, así como las identificaciones, no experimenten modificaciones cuando los roles paternos y las estructuras familiares se van transformando. La visión freudiana de un padre distante, que encarna él sólo, la autoridad, y de una madre a la cual se le designa el cuidado de los niños y una relación de ternura con ellos, ya no corresponde a las realidades modernas de la familia. Es evidente que cuando el padre comparte con la madre las tareas cotidianas domésticas y los cuidados dados a los niños incluso los más pequeños, ya no se puede concebir que no sea él también dirigido por un investimiento libidinal precoz. Asimismo la identificación no concierne solamente al padre y concierne igualmente a la madre. Nuestros pacientes nos describen frecuentemente padres que maternan y madres autoritarias y distantes. ¿Su subjetividad, su organización psíquica son acaso por eso fragilizadas? El privilegio de una relación cercana de gran ternura entre la madre y el niño pequeño sin interrupción durante el embarazo y el parto ya no es el único ejemplo. Hoy día se debe tomar en cuenta las adopciones precoces, las familias recompuestas en cuyos centros el niño encuentra sustitutos de sus padres biológicos, y pronto tendremos acaso pacientes provenientes de familias homoparentales en cuyo centro dos hombres o dos mujeres habrán asumido los cuidados precoces del bebe. En un futuro que pueda no ser tan lejano, encontraremos sin duda niños nacidos de úteros de alquiler o incluso de embarazos totalmente artificiales. Por otra parte, las separaciones precoces del niño y su madre biológica no son cosa de ayer. En el tiempo de Freud ya, muchas parejas de la burguesía confiaban su bebe a las nodrizas en el campo y compartían con su hijo pequeñito solamente algunos contactos episódicos...
De manera análoga, desde el momento en el que nos alejamos del esquema tipo de la familia nuclear occidental, los fantasmas edípicos pueden ser modificados.
Las investigaciones de los antropólogos desde Malinowski han puesto en evidencia una gran variedad de estructuras familiares, de estructuras de parentela, de roles y de funciones atribuidas a los padres y a sus sustitutos. Bajo estas condiciones, es fácil imaginar que cuando el peso de la autoridad no es desempeñado por el padre biológico, o por el compañero de la madre, las figuraciones de la amenaza de castración no dejarán que aparezca ese personaje en los sueños o los fantasmas. Los animales totémicos o algunas alusiones a los ancestros muertos podrían sustituirlos. En uno de los trabajos mayormente profundizado dirigido dentro de una óptica psicoanalista en el seno de una cultura no occidental, unos psicoanalistas (la pareja Ortigues, que trabajaba con Herin Collomb en Dakar en Senegal), demostraron un desplazamiento de la hostilidad para con el padre hacia una rivalidad para con los hermanos. Para estos autores, el enfrentamiento directo hacia la imagen del padre es imposible dentro de esta cultura ya que la autoridad se encuentra de hecho delegada a los ancestros y es representada por el baobab. El enfrentamiento con el ancestro no tiene salida, ya, que dicen ellos, el ancestro es «innegable». En consecuencia, la rivalidad se desplaza sobre otras imágenes: tíos, hermanos. Por otro lado, para un miembro de esta sociedad, la sexualidad y el poder sexual conciernen el grupo entero y no solamente la persona del padre. De lo que resulta que no existe realmente una amenaza de castración por el padre en esta cultura, y que ésta es remplazada por una amenaza de abandono por el grupo. Y es verdad que la clínica nos confirma la escasez de figuras parentales en los sueños de nuestros pacientes del África negra, y la frecuencia de las situaciones de amenaza y de peligro en donde se encuentran aislados frente a animales, a peligros naturales, o a hombres con armas y sin rostro que los persiguen para matarlos.
La hostilidad con respecto al padre o a la madre, constitutiva del complejo del Edipo, encuentra con frecuencia para expresarse una manera directa y sin censura, en los sueños por ejemplo, para los individuos occidentales u occidentalizados. El conflicto con los padres no es más un tabú, incluso es valorizado por el discurso social en torno a la famosa «crisis de la adolescencia» desde entonces considerada como necesaria a la construcción harmoniosa de la personalidad. No sucede lo mismo en las culturas patriarcales tradicionales donde el respeto de los padres y particularmente en especial del padre permanece sagrado. Los fantasmas agresivos con respecto al padre quedaran con frecuencia encubierto, durante mucho tiempo imposibles de ser expresados y suscitarán una fuerte angustia de parte de los pacientes. Uno de mis pacientes marroquíes, presa de una fijación edípica caracterizada por una idealización y un apego de gran ternura con su padre y por una hostilidad hacia la madre, se tomó años antes de poder formular los sufrimientos que padecía con respecto a ésta. Desde su infancia, estaba convencido de que su madre no lo había deseado e incluso había intentado abortar cuando estaba embarazada de él. La angustia y la culpabilidad suscitadas por esos fantasmas fueron para él, origen de una depresión grave la cual pudo superar solamente después de años de psicoterapia y de lograr finalmente verbalizarlas.
A veces, esos fantasmas son tan imposibles de describir o de reconocer que su emergencia, o su reactivación en algunas circunstancias de la vida pueden desembocar en un episodio delirante y agudo. Encontramos entonces, en el contenido del delirio alusiones a veces explícitas al incesto con los padres.
El contexto de la emigración hace por igual que los fantasmas edípicos tomen un matiz particular. Un joven paciente de origen turco me dio recientemente un ejemplo. Se trata de un hombre joven que posee prácticas hetero y homosexuales. No se proclama homosexual pero se interroga sobre su sexualidad. Se ha dado cuenta en el transcurso de su cura de que una situación particular se repetía en su vida. Se las arregla siempre para seducir hombres casados, y para guiarlos en el descubrimiento de los placeres homosexuales con él. Recientemente, quedó sorprendido de la gran satisfacción que experimentó al seducir a un hombre en particular porque éste era de origen turco. Gracias a sus asociaciones de ideas y a ciertos sueños, ha podido entonces enunciar el fantasma subyacente a sus prácticas. Se trata para él de seducir a su padre, para apartarlo de su madre para su propio beneficio. Pero contrariamente a lo que se podría cree, lo esencial no es atraer el amor o la ternura de su padre bajo la perspectiva de un Edipo « negativo ». Lo que él busca ante todo, es vengarse de su padre, quien siempre se mostró indiferente o despreciativo con él. Se recuerda que cuando era pequeñito se había ya formulado esta idea en la cabeza: «algún día encontraré algo que dará tanta vergüenza que te recordarás de eso toda la vida ». El nudo del fantasma es entonces el de hacer que el padre aparezca como un homosexual a los ojos de la comunidad turca. Y no es porque ese padre sea un inmigrado turco extremadamente integrado en su comunidad y vulnerable al juicio de ésta, que el fantasma de venganza pudiera encontrar un sentido. Es más para este paciente, el investimiento libidinal homosexual no recae sobre el padre pero más bien sobre el hermano mayor al lado del cual pasó toda su infancia.
También sucede que la situación de exilio favorece el paso hacia el acto de los fantasmas edípicos. Así por casualidad conocí a joven chica de origen turco que se quejaba de cefaleas y de haber sido obligada a casarse contra su voluntad con un primo de Turquía. A lo largo de algunas sesiones, en realidad resultó que mantenía una relación de naturaleza incestuosa con su padre. El padre y la hija realizaban largos paseos juntos, durante los cuales el padre no paraba de elogiar a su hija, le declaraba cuánto la amaba y la admiraba, cómo era ella su única confidente, al punto que él era más un amigo que un padre para ella. Bajo el entusiasmo de sus declaraciones, se libraba a diversas caricias, besos y otros gestos muy equívocos. Lo más impresionante de esta paciente era el aspecto extremadamente crudo de la evocación de sus actitudes incestuosas con su padre y su comportamiento muy seductor, incitador y provocador (maquillaje, minifalda, consumo de alcohol, etc.). Todo indicaba una falta de represión en el lugar mismo de lo que la cultura de origen reprime con más violencia. ¿Los deseos incestuosos del padre, como los de la hija, acaso hubieran podido manifestarse de la misma manera en Turquía? Por supuesto que no, en un medio tradicional en donde el control social es muy drástico. ¿Acaso no se podría plantear la hipótesis de que lo que es prohibido en el país de origen por la represión social se vuelve posible en el exilio con el doble motivo de la suspensión de esta represión y de la ausencia de interiorización de lo prohibido? La ley, que allá respeta el grupo, aquí ya no es operante. Tanto el padre como la hija, al franquear la frontera se sienten eximidos de lo prohibido.
Siguiendo con el mismo orden de ideas, el cambio de estatus social de las mujeres inmigradas puede suscitar la reactivación de fantasmas edípicos que van a desestabilizar la pareja. La mujer adquiere un nuevo poder. Ella recibe y maneja el dinero de las ayudas del Estado, se abre a veces a la sociedad de acogida con más facilidad que su esposo relegado en una obra de construcción con otros obreros del mismo origen. Se traza una distancia entre la esposa cada vez más emancipada y el esposo desconcertado por esta evolución. Ahora bien, frecuentemente se comprueba que esta transformación no es el producto directo de las nuevas condiciones sociales, pero la consecuencia de la reactivación de un amor idealizado por el padre que contribuye a desvalorizar aún más al marido.
Una distancia parecida puede crearse entre el padre y los hijos que harán causa común con la madre. Ella encubrirá sus secretos, y mantendrá con ellos una relación de complicidad y de hostilidad común frente al padre. Frecuentemente, hemos encontrado muchachos jóvenes literalmente enloquecidos por esta relación con tonalidad incestuosa con la madre, y se sienten profundamente culpables de participar a la exclusión del padre. Uno de ellos, un joven bachiller, buen alumno y sin problemas psicológicos particulares, llegó un día con este estado de desconcierto, invadido por una agresividad que no comprendía. Algunos días más tarde, durante una discusión con su padre, le clavó un cuchillo en el corazón, causándole la muerte inmediata. Carcomido de culpabilidad por haber matado a su padre a quien amaba, unas semanas más tarde se suicidó en la cárcel.
Así podríamos continuar durante mucho tiempo a detallar la lista de variaciones que pueden afectar los fantasmas edípicos, según el sentido freudiano, en función de las culturas, de las evoluciones históricas y del exilio. El interés sin embargo limitado desde el punto de vista de nuestro trabajo psicoterapéutico, ya que la enseñanza principal que obtenemos radica en la necesidad de interpretar el sentido de los fantasmas, más allá de las apariencias sumamente variadas que puedan tomar, siempre y cuando se conserven las interpretaciones «culturales» reductoras. Porque en definitiva, lo único importante es el sentido personal y singular que esos fantasmas implican para un sujeto determinado.
2) El complejo de Edipo como operador de la subjetivación
Ahora nos plantearemos la cuestión del lugar del complejo de Edipo en la clínica y de su variabilidad como operador de la subjetivación. Hemos visto que la tradición psicoanalítica (por lo menos la) francesa después de Lacan ha promulgado el complejo de Edipo al rango de organizador psíquico fundamental para el ser humano, a través de la función impartida a la figura del padre: la función paternal y la metáfora paternal del «Nombre-del-Padre».
Si esta función es realmente influenciada por la evolución socio-histórica de nuestras sociedades, entonces podríamos esperar algunas modificaciones profundas del funcionamiento psíquico de los seres humanos en nuestras sociedades industriales. ¿Qué hay de eso? ¿Qué pensar de los autores que estiman que el complejo de Edipo ya no es de ahora en adelante más operante para los grandes estratos de la población en nuestras sociedades? ¿Acaso estas transformaciones pueden ser identificadas en la clínica, y deben ser verdaderamente atribuidas a un declive del padre, o como lo dicen algunos a un debilitamiento de lo «simbólico»?
La respuesta a estas preguntas depende claro está de la concepción que se hace del complejo de Edipo y del papel del padre, como la manera en la que se elaboran las relaciones entre el inconsciente y el colectivo (lo social, lo religioso, lo político, lo jurídico, etc.).
Algunos temen que las mutaciones de la familia, de las leyes y de las condiciones sociales que las producen, no impiden a los hijos ubicarse correctamente desde el punto de vista de los sexos y de las generaciones. El debilitamiento de la función simbólica y el declive del padre son regularmente asociados en los discursos alarmistas de algunos psicoanalistas con el espectro de una no distinción de los géneros y de las generaciones desembocando en una sexualidad indiferenciada y en un incesto generalizado. Es darle muy poca importancia a la complejidad del proceso de construcción de la identidad sexual en lugar de remitirlo al tipo de estructura de la familia o de la pareja paternal. Es también confundir la noción de identidad sexual y la de elección del objeto. Los discursos alarmistas sobre el incesto acarrean también una confusión entre varios registros: lo que se podría llamar por un lado incesto preédipico, y por otro lado el investimiento sexual de los padres durante el complejo de Edipo (esto corresponde a los fantasmas edípicos descritos arriba), y en fin el incesto «social», el que representa el objeto de la prohibición social del incesto presente en cada cultura.
La separación del objeto primario: el incesto preédipico
Sobretodo lo que la clínica nos enseña, es la importancia de ese primer incesto preédipico. Es en este nivel que ocurrirá la separación de la madre, que es el impulso fundamental para la subjetividad. Esta separación se encuentra en germinación aún antes de la entrada en el complejo de Edipo mismo. A lo sumo, cuando no ocurre, el niño permanece un objeto de la madre, un apéndice para el cual toda autonomía es imposible. Los pacientes psicóticos siguen siendo los mejores teóricos de esta separación inacabada cuando expresan el sentimiento de ser todavía el objeto de su madre - o a veces de sus padres. La ausencia de separación del objeto primario no acarrea solamente dificultades de la identidad sexual pero más generalmente una falta de aprehensión de la alteridad.
¿Podemos hablar a ese nivel de complejo de Edipo y de función paternal? A pesar de todas las responsabilidades que le hemos atribuido, el esposo de esta madre que no logra separarse de su hijo desempeña sin duda un papel menos importante que los padres de esta mujer a quien no le dieron la posibilidad de soportar la separación o de asumir la carencia de la imagen de su cuerpo propio producida por esta separación. Si debemos hablar de complejo de Edipo a ese nivel, es en el sentido lacaniano de una estructura que no se instala, a falta de una sumisión de la madre o de los padres a la castración simbólica (es decir a la prueba de duelo, de la separación y de la carencia).
Es importante subrayar la diferencia entre los dos procesos de separación del objeto primario por un lado, y de separación de las figuras parentales por otro lado. La separación y el duelo de las figuras parentales entrarán en juego en la adolescencia y condicionarán la entrada en la vida social y amorosa. Esta salida del complejo de Edipo propiamente dicha necesita claro está que se haya efectuado la separación con el objeto primario, es la condición necesaria pero no proviene, para nada, de los mismos mecanismos. Posiblemente es a ese nivel que existe una cierta confusión en las teorías psicoanalíticas actuales.
La castración simbólica y el lenguaje
Si la función paterna en el sentido de Lacan - identificada abusivamente con el complejo de Edipo - es considerada como un fracaso en nuestras culturas occidentales, se debe pensar en todas las consecuencias de esto [24].
Recientemente un alumno francés de Lacan, Charles Melman, ha ampliado esta lógica hasta sus extremidades en una obra que tuvo mucho éxito en los países francófonos [25] . Asistimos según este autor a la aparición contemporánea de «una nueva economía psíquica». Según él, el desvanecimiento de la función paternal desemboca en una de-sexualización del inconsciente que significa la muerte del inconsciente freudiano ya que este inconsciente se volverá mudo, no motivará más el reconocimiento de un deseo. El deseo caracterizado por su objeto siempre perdido y la insatisfacción que le es inherente, se verá reemplazado por la búsqueda de un «goce inmediato». Por fin, el lenguaje mismo evolucionará hacia una lengua directa y exacta, sobre el modelo de la que se utiliza en Internet, en la cual cada palabra refleja directamente una cosa y su única función es la designación. Bajo estas condiciones, desaparece la polisemia del lenguaje, la metáfora ya se utiliza, de manera que la función esencial del lenguaje según Lacan, que es la de producir el sujeto del inconsciente confrontándolo con lo imposible de ser dicho, desaparece. ¡La constitución misma del inconsciente se vuelve imposible, pero debemos imaginar también el declive de todas las lenguas utilizadas en su forma actual! Finalmente, es el proceso de subjetivación mismo que es alcanzado a tal punto que desaparece el sujeto del inconsciente mismo. Charles Melman pretende que los individuos modernos poseen cada vez menos acceso al inconsciente que se vuelve de alguna manera inútil al funcionamiento psíquico.
¡El mérito de esta obra es el de poner de manifiesto que las elaboraciones teóricas que se hacen siguiendo el sentido del debilitamiento de la función simbólica están más cerca de la ciencia ficción catastrófica que del análisis paciente obtenido de la experiencia de las curas! Por otra parte, en los pocos casos clínicos que el autor expone para apoyar su demostración, los pacientes son presentados como verdaderos extraterrestres, con un funcionamiento totalmente extraño al que se desarrolla desde hace siglos, y se vuelven absolutamente reticentes a cualquier acceso del inconsciente y, a la transferencia. Esto no corresponde a nuestra experiencia clínica cotidiana.
Sin embargo, aún reside la cuestión de saber si el paso a través del complejo de Edipo estructura de manera estable y definitiva el inconsciente y la organización de la personalidad de una persona. Si éste es el caso, el proceso de represión y de formación de síntomas ligados al retorno de lo reprimido permanecerá durante el transcurso de la vida como el mecanismo principal de defensa frente a los traumatismos. Ahora bien, parece que no sea éste el caso. Para muchos individuos, un cierto número de condiciones desembocan en la imposibilidad de construir un síntoma en el sentido freudiano de la neurosis clásica.
La carencia de sintomatización
Antes de presentar discursos muy generosos sobre el debilitamiento del padre, de la autoridad simbólica o del complejo de Edipo, se debe plantear la cuestión de los mecanismos que en el mundo contemporáneo originan esta dificultad en fabricar síntomas neuróticos.
Para no salirse del contexto de esta intervención, solamente mencionaré algunas guías de investigación, que se llevan a cabo actualmente en Estrasburgo.
El modelo de comprensión de la imposibilidad de recurrir a la represión permanece el de la neurosis traumática. La psicopatología del traumatismo es eminentemente actual y de ser revisada. Por supuesto trata sobre las victimas de la guerra, de torturas, de atentados y de accidentes, pero también las victimas directas de todos los genocidios de la historia y sus descendientes. Un traumatismo es en efecto susceptible de ser transmitido de generación en generación, cuya ausencia de representación disponible en el inconsciente o en el discurso colectivo conlleva la imposibilidad de la represión. Es un silencio, un blanco, que se transmite. Un imposible de ser dicho y representado que responde al silencio de la historia y de la política. Todas las guerras coloniales y las exterminaciones de los pueblos producen este tipo de fenómeno.
Por extensión, se pueden identificar en la clínica contemporánea de nuestras sociedades industriales un gran número de personas literalmente excluidas del discurso social y político, que viven al margen de la sociedad y dependen únicamente de la asistencia que ésta les pueda ofrecer. Excluidos del mercado de trabajo, excluidos del consumismo, de la capacitación profesional, del habitat decente, a veces excluidos de toda existencia administrativa (desprovistos de papeles de identidad, de tarjeta de residencia), etc. El traumatismo fundamental aquí encausado en esta discusión parece residir en el hecho de que ningún mecanismo de reconocimiento designa a esas personas como posibles sujetos deseantes. Lo mejor posible, remediamos sus necesidades inmediatas para asegurar su supervivencia. El prototipo del sobreviviente, analizada bien por un filósofo como Giorgio Agemben [26], concierne de ahora en adelante a estratos muy grandes de la población de nuestras sociedades.
La conclusión que podemos extraer de estas observaciones clínicas es que es necesario para que el sujeto humano logre manejar la represión y los conflictos intrapsíquicos, que éste sea antes que nada «invitado a existir» por una instancia de naturaleza institucional enunciada en el discurso político y social. Es lo que Pierre Legendre demuestra cuando describe «la función paternal de los estados». Y es lo que hemos notado que obra cuando hemos hablado los procesos de descalificación en el seno de las comunidades inmigradas.
Conclusión
Al término de este recorrido, podemos entonces concluir que la noción del declive del padre en psicología es en gran parte un fantasma. Por falta de reconocer y de aceptar los avances sociales y políticos que constituyen la reducción del poder efectivo del patriarca en nuestras sociedades aún recientemente patriarcales, estos discursos se exponen a la nostalgia reaccionaria y excesivamente conservadora del pasado.
La actualidad del complejo de Edipo puede en adelante ser estudiada únicamente tomando en cuenta los datos de antropología (los fantasmas edípicos y los mecanismos del complejo de Edipo varían en función de las culturas) y de la historia (la evolución de las estructuras familiares y sociales modifica el contenido de los fantasmas edípicos).
Pero es sobretodo primordial de erradicar la confusión entre los mecanismos de separaciones precoces del objeto primordial, preédipicos, que condicionan la relación con la alteridad, de los mecanismos más tardíos del complejo de Edipo propiamente dicho que, si vuelven recrearen una cierta medida esta separación precoz, conciernen antes que todo el abandono de figuras parentales y la entrada en la vida social y adulta.
La tarea del psicoanálisis no es la de aumentar el sentimiento de inseguridad del público al proponer teorías de ciencia-ficción catastróficas, pero de prestar mucha atención a las palabras de los pacientes que nos vienen a ver para describir los nuevos modos de organización del psiquismo, la naturaleza de los traumatismos que impiden la represión, y la construcción de síntomas neuróticos clásicos.
Antes que pretender que nos dirigimos hacia la locura generalizada, la desaparición del lenguaje y del inconsciente tal como lo conocemos, ¿acaso no vale más la pena confiar en las potencialidades creadoras del hombre y quedarse abierto a las múltiples vías todavía desconocidas que permitirán elaborar el psiquismo y simbolizar los traumatismos y las nuevas realidades de la modernidad?
[1] 7tima intervención Jornadas de Psicoanálisis y de psicoterapia de la Fundación
[2] Psiquiatra, psicoanalista, Estrasburgo.
[3] FREUD S (1909) Análisis de la fobia de un pequeño niño de 5 años caso del pequeño Hans), en Cinco psicoanálisis, P.U.F., 1954.
[4] In La vida sexual, P.U.F., 1969.
[5] FREUD S (1921) Psicología de las masas y análisis del yo, Obras completas de Freud, vol. XVI, P.U.F.
[6] Freud (1929), El malestar en la cultura, pág. 290, P.U.F.
[7] Estas dos perspectivas son puestas en evidencia por ejemplo por Michel Tort (Fin du dogme paternel, 2005, Aubier) primero, y por Moustapha Safouan (La parole ou la mort, 1993, Seuil) segundo.
[8] Cf. TORT M., Obra citada.
[9] Ver el debate entre Lacan, J. Hyppolite y O. Mannoni en el seminario del 1ero de diciembre 1954, in Le Moi dans la théorie de Freud et dans la technique de la psychanalyse, Seuil, 1978, pág. 42.
[10] Malinowski B (1932) La sexualidad y su represion en las sociedades primitivas, Payot, 1976.
[11] Jones E (1925) Mother Right and Sexual Ignorance of Savages, International Journal of Psychoanalysis, VI, (2).
[12] Ver por ejemplo: Claude Lefort (1969) Introduction à Abram Kardiner, L’Individu dans sa société, Paris, Gallimard, citado por Safouan, La parole ou la mort, Obra citada., y Spiro M. E. (1982) Oedipus in the Trobriand. Chicago, The University of Chicago Press, citado por Pradelles de Latour (1986) Le discours de la psychanalyse et la parenté, in L’Homme, Anthropologie : Etat des lieux, Navarin/Le livre de poche.
[13] Ver por ejemplo Pradelles de Latour (1986) Le discours de la psychanalyse et la parenté, in L’Homme, Anthropologie : Etat des lieux, Navarin/Le livre de poche ; Christian Geffray (1990) Ni père ni mère. Critique de la parenté, Paris, éditions du Seuil
[14] Para el análisis preciso de esta parte de la obra de Lacan, ver Zafiropoulos M (2001) Lacan et les sciences sociales, P.U.F., pág. 119.
[15] Lacan (1938) Les complexes familiaux, pp 95-96, Paris, Navarin, 1984.
[16] Ver Zafiropoulos M (2001) Lacan et les sciences sociales, P.U.F., pág. 119.
[17] Lacan, J., Le séminaire Livre I. Les écrits techniques de Freud, Le Seuil, 1975, pág.219 y siguientes.
[18] Tort Michel, (2005) Fin du dogme paternel, Aubier.
[19] Ver el histórico preciso de esta cuestión en Hurstel F (1996) La déchirure paternelle, P.U.F.
[20] Cf. FABER Jean (2000) Les indésirables. L’intégration à la française. Grasset.
[21] FREUD S (1921, Psicología de las masas y análisis del yo, Oeuvres Complètes de Freud, vol. XVI, P.U.F.
[22] Ibid., pág. 62.
[23] Ibid., pág. 67.
[24] Ver la crítica del libro de Charles Melman por Marcel Ritter in Analuein n°4, FEDEPSY, Estrasburgo, 2003.
[25] L’homme sans gravité. Jouir à tout prix, Denoël,
[26] AGAMBEN Giorgio (1998) Ce qui reste d’Auschwitz, Rivages, 2003 ; AGAMBEN Giorgio (2003) État d’exception, Le Seuil.
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