La culpabilidad, el colectivo y el individuo Por Pierre Stanislas LAGARDE
Martes 17 de octubre de 2006, por Ana Carolina Munoz
ARGUMENTO
Durante una entrevista reciente, Mohand Chabane, un psicoterapeuta que atiende desde hace muchos años pacientes magrebinos, declara haber observado en estos últimos tiempos, en ciertos de sus pacientes, el inicio de un vaivén del sentimiento tradicional de persecución hacia el de culpabilidad.
Esta observación, de sobra impresionante ya que se apoya sobre la extensa práctica clínica de un individuo, nos ha parecido, una introducción apropiada para el debate de hoy día: la culpabilidad, el colectivo y el individuo.
¿En efecto, la culpabilidad es acaso un sentimiento que se comparte universalmente? ¿Dicho de otra manera, en lo que se refiere a nuestro discurso: la culpabilidad es acaso fundamento de la subjetividad? Eso es hacia lo que tiende, un aspecto de la teoría freudiana. Otra hipótesis: ¿la culpabilidad no sería acaso, en el fondo, más que «un sentimiento cultural» con el mismo título que el de persecución, evocado más arriba? Y siguiendo este orden de ideas, se trata entonces, en lo que concierne esos sentimientos, de una manipulación, de un tratamiento en forma debida de la subjetividad respecto a un orden-equilibrio colectivo que se debe mantener (tratamiento autoritario), o bien que se debe preservar (manipulación necesaria).
A no ser que la lógica de la subjetividad y la lógica del grupo no tengan nada que ver entre ellas...
A no ser también que la noción de responsabilidad no requiera su fragmentación epistemológica respecto a esas categorías que son, el individuo, el grupo y la subjetividad, categorías aparentemente diversas y que conceptualmente se prestan tanto a ser reagrupadas.
La culpabilidad, el colectivo y el individuo
por Pierre-Stanislas LAGARDE [1]
Nos encontramos esta tarde por la última vez, la última vez este año según entiendo. Se acercan las vacaciones, y en buen momento ya que hoy tenemos que acabar con una buena cantidad del trabajo.
Hablaremos de culpabilidad, individualidad y colectivo.
Resituemos brevemente el contexto en el que se inscribe esta cuestión, ya que no cae así no más del cielo... En efecto, nos preocupamos, por así decirlo de - de imprimir en este seminario una progresión.
Me imagino que ya estarán empezando, en efecto, a entender cuales serán las principales líneas directrices.
Así, hemos tenido la ocasión de hablar de la cuestión de los idiomas. En otras ocasiones, fue evocado el «dispositivo de tres» durante nuestras consultaciones - esto representa otra serie de problemas. En fin, aquellos que estuvieron con nosotros el año pasado se recordarán de esta tercera gran interrogación que se nos ofrecía, a saber: ¿el psicoanálisis representa acaso el cumplimiento de un cierto modo de pensamiento occidental?
¿Hemos empezado a responder las preguntas siguientes: ¿qué es un «individuo?» ¿Qué es un «sujeto»? y, sobreentendido de manera implícita, ¿qué es un grupo? He ahí, entonces, brevemente edificado el segundo plano de nuestra reflexión.
¿Porqué haber escogido entonces el tema preciso de la Culpabilidad?
La razón, así como el pretexto, es lo siguiente: sucede que tuve la ocasión de conocer recientemente, en Paris, un psicoterapeuta que se encarga desde hace más de veinte años de pacientes originarios del Magreb. Este psicoterapeuta se llama Mohand CHABANE.
Y Mohand CHABANE ha hecho la siguiente observación para sus pacientes de origen magrebí: ha observado que un nuevo sentimiento de culpabilidad tenía tendencia a sustituirse por un sentimiento tradicional de persecución que padecen habitualmente estos pacientes. Y esta observación, se ha realizado sólo en estos últimos años, hace menos de diez años...
Un detalle suplementario, y que es capital: no se trata aquí de pacientes de la « segunda generación», pero de primo-emigrantes, es decir de hombres que dejaron su país, si no en la edad adulta, al menos al salir de la adolescencia, personas entonces, poseedoras de un equipaje cultural completado. Y es en este tipo de sujeto, que a veces vive en Francia desde hace más de veinte años, que M. CHABANE observa este vaivén de la persecución a la culpabilidad... Esta observación clínica que hace CHABANE, me parece dignas, por varias razones, y de mucho interés.
Aquí les propongo de qué manera proceder. En las líneas que siguen, les revelaré al mismo tiempo una parte del plan que seguiremos esta noche así como el tipo de argumentación.
El punto de partida es esta observación clínica, este paso del sentimiento de persecución al sentimiento de culpabilidad. Desde un principio, observemos que este vaivén concierne personas que han debido someterse a otro tipo de cambio, el de un tipo de sociedad hacia otro tipo de sociedad. Entonces, son dos sentimientos, pero también dos sociedades.
El « tratamiento » de la noción de culpabilidad se hará bajo una visión psicológica. Sería una locura intentar hacerlo de otra manera, tendríamos que convertirnos por turnos en juristas, moralistas, teólogos y quién sabe qué más...
Comencemos por lo más sencillo y convirtámonos primero en psiquiatras...
Psiquiatría clásica y culpabilidad
El psiquiatra, les recuerdo, recurre frecuentemente, de costumbre a la noción de culpabilidad en dos grandes clases de patologías: la neurosis obsesiva y la melancolía. Ésta última proviene del registro de la psicosis y no del de la neurosis, es decir que el sentimiento de culpabilidad ha resultado aquí de un delirio. Todavia debemos señalar que la noción de culpabilidad, en términos de procedimientos psiquiátricos, se deduce en la mayor parte del tiempo, del campo de la sintomatología y no de una elaboración psicopatológica...
Más arriba hablaba de dos sentimientos pero también de dos sociedades; esta distinción de sociedades parece por igual aplicarse a la semiología psiquiátrica.
En efecto, se dice clásicamente que esos dos tipos de patología se observan muy excepcionalmente en África.
Sin desear lanzarse en una revisión exhaustiva de autores que hayan trabajado con este tema, retendremos algunos datos siguientes (para obtener más referencias bibliográficas extensivas, referirse al artículo de H. COLLOMB, en «la revue du praticien, [la revista del practicante]» 1978, 28, 39 págs: 3025-3031.
Respecto al África negra... La psicosis maniaco-depresiva (P.M.D.) aparece esta area, como relativamente rara (DIOP, 1979). El conjunto de autores insisten en efecto sobre la rareza si no la ausencia de delirios de auto-acusación. La frecuencia de suicidios allá es de la misma manera mucho menor que en occidente. La neurosis obsesional, en cuanto a ella, se observa raramente.
Respecto al Magreb, ahora... He ido a consultar un manual de psiquiatría argelino (BOUCEBCI, 1979); La P.M.D. no es mencionada, así como no lo es la neurosis obsesiva. También he consultado autores franceses.
En primer lugar BERTHELIER, que conoce bien el mundo magrebí. Su observación no obstante es diferente. Tuvo lugar en los años 1962-63, y se refiere a una población de harki establecida en Rivesaltes en el sur de Francia, algunas condiciones de observación muy particulares como podemos sospechar... Fijémonos sin embargo en las observaciones de BERTHELIER: ausencia de patologías obsesivas y melancólicas, ausencia de suicidas.
Citemos por fin a PELICIER uno de los psiquiatras franceses de esta « escuela del Alger » que comentamos el año pasado. Este declara que «en África del Norte las melancolías verdaderas parecen dos veces menos frecuentes para los musulmanes que para los europeos». Y cuando llegaramos a captar un proceso de aspecto melancólico, la clínica consistiría sobre todo, más bien en una ansiedad fuerte, frecuentemente acompañada de agitación, o incluso, en un cuadro dominado por la hipocondría. Otra citación de este autor: «para el musulmán de las ciudades, o para el sujeto que lleva mucho tiempo de vivir en la metrópolis francesa, el cuadro podría aproximarse a la formula clásica observada en Europa».
Tomemos cuenta de este breve cuadro de psiquiatría comparativa y retomemos el hilo de nuestra argumentación. En mi opinión, se ofrecen dos cuestiones, que pueden ser formuladas de la siguiente manera:
1°) ¿Existe acaso un vínculo entre esos dos sentimientos, de persecución y de culpabilidad? (es en todo caso lo que dejarían entrever los comentarios clínicos de CHABANE) ¿Y si la respuesta es sí, cual es la naturaleza de este vínculo?
2°) ¿Cómo debe concebirse el paso de un sentimiento al otro? Se ofrecen dos grandes registros, dos ámbitos de conocimientos que intentan responder a estas cuestiones. Se trata de la sociología y de la psicología.
El recurso hacia la explicación sociológica es otro tanto más tentador ya que existe un cambio de sociedad en el segundo plano de esas historias clínicas. Sin embargo, aparte del simple hecho de que yo no soy sociólogo; por lo que, me veo en una mala posición para desarrollar ese tipo de discurso, no debemos perder de vista en lo absoluto, que M. CHABANE no habla aquí de un grupo social pero de un individuo, de un hombre que viene a atestiguar su sufrimiento por medio de la palabra. Y eso, a mi manera de parecer, concierne aún más al psiquiatra y no al sociólogo.
Por lo demás, no vamos a ignorar que un hombre no es solamente « ese hombre en particular »... es también el «representante» de su sociedad. El hecho de razonar con esta idea en la cabeza, nos lleva a no distinguir bien entre la sociología y la psicología, incluso, a preguntarnos si la teoría psicoanalítica no sería una forma de «sociología»... Por el momento, les propongo apartar esta idea de nuestro camino, siempre y cuando recordemos que lo hacemos a sabiendas.
Así, decidamos entonces esta tarde que las racionalizaciones, los montajes teóricos a los cuales vamos a recurrir, provienen únicamente de la psicología, y precisamente de esta psicología individual particular que es la psicoanálisis.
En todo caso, no podemos « sumergirnos » en la teorización psicoanalítica de la culpabilidad - la inmersión en una teoría, en mi opinión es resultado de la creencia - que no toma en cuenta los dos puntos siguientes:
1°) Primero que la noción de culpabilidad existe desde muchos siglos antes que la teoría que vamos a presentar. Puesto que existe entonces toda una historia, toda una serie de teorías de la culpabilidad anteriores a la que propone la teoría psicoanalítica.
2°) En cuanto al segundo punto, se encuentra íntimamente ligado al anterior: no es para nada evidente que la respuesta analítica sea definitiva, y que se declare « una verdad del cielo » como lo hubiera formulado Michel FOUCAULT. Dicho de otra manera, la respuesta analítica, no es talvez si no un capítulo de la historia contemporánea de la «consciencia dolorosa occidental...»
Se presenta la necesidad de reubicar la noción de culpabilidad en su contexto histórico, no se preocupen, contexto que vamos a exponer a grandes rasgos. Y veremos que al cabo del hilo de la historia que vamos a devanar, pues, aparece Freud.
Con esto dicho, vamos a volver hacia atrás y a retomar otra dirección, la de nuestro plan.
La observación de CHABANE
Entonces regreso a M. CHABANE. ¿Qué es lo que entiende él por «la aparición de un sentimiento de culpabilidad»?
Esto es lo que CHABANE declaraba: me decía que «la gente que había aceptado hacer un corto recorrido del camino psicoterápico con él, esa gente, en estos últimos años, se encontraban a punto de decir: esto viene de mí...» ¿Qué quiere decir precisamente esta frase, que les hago notar de paso, se encuentra llena de matices?
Su mejor ilustración de esto es el caso clínico que CHABANE, ese día, me transmitió...
Se trata de un hombre - a propósito se tratará frecuentemente de hombres esta tarde - que dejó de trabajar. Las dificultades que encuentra son de orden familiar. Emprende entonces una psicoterapia. Luego de un cierto número de consultas, este hombre se hace lentamente a la idea de que él podría ser «responsable en parte» de las dificultades que está viviendo, en resumen que todo ¡«podría provenir de él mismo»!
En esa etapa de la psicoterapia M. CHABANE observa que el estado del paciente se mejora, en efecto, se siente mejor, incluso al punto de sentir deseos de volver a trabajar. Y es entonces cuando todo se derrumba: el paciente vuelve a enfermarse y la persecución re-aparece en ese momento. «Es evidente, me tienen envidia...»
Eso es lo que M. CHABANE quiere decir cuando dice «estar a punto de...».
Desde hace poco, recibe pacientes que, cuando menos se lo espera, están a punto de hablar en su nombre, a punto de decir « yo » - les recuerdo a propósito que es común en el Magreb de prohibirles formalmente a los niños de utilizar el pronombre «yo»-, y una vez que este punto es alcanzado, vuelve a surgir la persecución.
Ese rasgo clínico, esta aparición inopinada de ideas de persecución en el transcurso de una psicoterapia, la volvemos a encontrar tal cual en las observaciones hechas en Senegal por los Ortigues, y que vosotros podéis leer en su obra: «Œdipe africain [Edipo africano]». Estos autores presentan toda una serie de casos - y ahora que recuerdo, vuelvo a aclarar que se trata una y otra de casos de hombres - en los que el paciente, precisamente después de expresar una o varias fantasías imaginativas, se hunde inmediatamente, luego de sus «confesiones», en un discurso de persecución.
(¿Una « coherencia » clínica parecida entre Magreb y África negra puede acaso sugerir una modalidad discursiva propia de África? Mantengámonos prudentes con ese tipo de alegatos y evitemos, en la medida de la posible precipitarnos sobre las «especificidades»...)
¿Qué piensa M. CHABANE de esos sentimientos de persecución? Esos sentimientos son, según él, la norma en el Magreb. Siempre es alguien más, el responsable del mal. Se trata casi de un modo cultural de resolver conflictos. Pero CHABANE se apresura a distinguir algunos grados patológicos dentro de esta persecución.
También hace el comentario siguiente, a saber, que cuando las cosas comienzan a tornar verdaderamente mal, la persecución da lugar a un síndrome depresivo. CHABANE lanza de nuevo aquí, un debate abierto hace ya varios años atras, en Dakar, por COLLOMB y su escuela: la persecución (singular de África) será solamente la máscara de la depresión (siendo ésta universal).
¿Pero qué representa la « depresión» para los partidarios de esta escuela? Consiste, no solamente una modalidad discursiva, pero en un conjunto de anomalías del comportamiento: inapetencias, tanto alimenticias como sexuales, insomnios, vértigos, etc...
Al menos, este aborde sobre la persecución nos lleva a un impasse en cuanto a las preguntas de esta tarde: en efecto se vuelve imposible llegar a concebir el paso de la persecución hacia la culpabilidad.
Recordemos para concluir esta observación hecha también por M. CHABANE: «El fondo psíquico evoluciona más lentamente que los hechos socio-económicos». Este tipo de alegato puede parecer un discurso común, pero puede tomar toda otra dimensión cuando es un clínico que lo afirma... CHABANE evocaba el ejemplo de los ejecutivos magrebinos (individuos que han adquirido una educación a la occidental) en los que observó, en momentos de desconcierto, que volvían a (re) aparecer ideas de persecución.
Pero esos casos requieren un comentario crítico. Ya que se trata de ejecutivos que trabajan en Francia. Antes de ser específicamente magrebí, la problemática aquí en juego, es la emigración. Y lo sabemos bien, sobretodo después de los trabajos de ZULMEIRO DE ALMEIDA, que los emigrantes, cualquiera que sea su origen cultural - y mientras manejen mal el idioma del país de acogida - ofrecen un terreno propicio a la eclosión (transitoria en general) de ideas de persecución. De hecho se trata aquí de psicopatología de la inmigración.
LA HISTORIA COMIENZA EN SUMER...
Llegamos a la parte « histórica » de la exposición. A manera de introducción de este capítulo, lo mejor que puedo hacer es retomar el tan bello título de la obra tan valiosa de Samuel Noha KRAMER, «L’histoire commence à Sumer [La historia comienza en Sumer]». ¿Porqué ahora me he lanzado tan profundamente en el tiempo? ¡En cualquier caso, les puedo asegurar que no es únicamente por puro deseo de parecer erudito!
¿Entonces, porque Sumer? Pues bien porque es en esta parte oriental del creciente fértil que los hombres inventaron la escritura; de modo que se les dio la oportunidad - ¡pero no inmediatamente! ya que la escritura sirvió primero para contar el dinero de las transacciones comerciales - de grabar sobre arcilla sus pasiones y sus sentimientos. Volveremos a este punto.
Otra de las razones se debe al contenido de estos textos. En efecto, muchos capítulos que aparecen en la Biblia, conocen sus más antiguos precursores en el fárrago de las tablas de arcilla actualizadas por los asiriólogos. Y la Biblia que es, si no un libro que, durante siglos a provisto, y vuelto a proveer aún hoy día, según el parecer de algunos, al armazón más resistente del pensamiento occidental. Es decir que los textos sumerios nos conciernen muy de cerca.
Y entre los testigos de esos sentimientos que remontan a lo más alto de la antigüedad, toma lugar el sentimiento del pecado. En efecto, tres mil años antes de nuestra era, los sabios de Sumer consideraban que, y cito a KRAMER, «los infortunios del hombre son el resultado de sus pecados y de sus malas acciones, ningún hombre se encuentra exento de culpabilidad». Permítanme leerles una parte del poema, intitulado por KRAMER, «el primer empleo» (se trata del final de la tercera parte del poema):
« Jamás un niño sin pecado ha salido de una mujer, jamás un adolescente inocente ha existido desde los tiempos antiguos».
(Notaremos que estos versos contienen en potencia, no solamente la doctrina del pecado original pero también una primera confección del modo de transmisión de ese pecado fundamental: el pecado se transmite a través de las mujeres... ¡esto ya es el boceto de una teología!).
La culpabilidad es una vieja historia, una historia muy antigua...
EL VIRAJE DEL SIGLO XII
No es cuestión de internarnos en el complicado dédalo de las doctrinas judeocristianas. Me imagino que vosotros también os sentís ahí dentro, atrapados y perdidos al igual que yo.
Vamos a señalar sin embargo que el cristianismo, y en este caso el catolicismo particularmente, ha dado una amplitud sin medida común a la noción del pecado, y eso desde la edad media. Ese proceso me parece completamente fundamental para la sociedad occidental. Los historiadores han identificado muy bien lo que se inició en esa época y lo que tuvo a continuación consecuencias incalculables en la historia de nuestro mundo.
En pocas palabras, sepan que hasta el siglo XII obtenemos el perdón de una falta por el sólo hecho de repararla. Por otro lado, sólo se considera como falta el acto culpable, el asesinato, el robo etc., y para cada falta hay un precio que pagar.
A partir de Abelardo, es decir al final del siglo XII (esto es perfectamente identificado por los sociólogos de la confesión), el interés de la Iglesia (y particularmente el de los primeros escolásticos) es desplazado. No es tanto sobre la naturaleza del acto que glosamos, pero sobre la intención que se trama por detrás. Y es eso a lo que asistimos a partir de ese viraje crucial del final de siglo XII: es el despliegue y el desarrollo de las técnicas de declarar las faltas, que la Iglesia, con esa obstinación vigorosa y perenne que le conocemos, insiste en institucionalizar y perfeccionar por medio de la confesión.
Pasamos desde ese momento, de un acto a una intención, a un sentimiento por lo tanto, que se formula en palabras, formulación de palabras a las cuales constriñe y fuerza la institución confesional.
No solamente los movimientos del alma son, en lo sucesivo, socializados pero también asistimos, como parte del movimiento al establecimiento por medio de la confesión, de un control social de esta alma. Dando libre paso, incluso con un manual de utilización, a todos los autoritarismos concebibles...
Para todo lo que se refiere a esta « manipulación » de las almas, remito a todos aquellos que quieran profundizar sobre el tema, al libro de Pierre LEGENDRE: «El amor del censurador».
Eso es todo sobre la Edad Media. Decía anteriormente que esta temática del pecado iba a impregnar, durante mucho tiempo, un cierto modo de pensamiento occidental; he aquí algunas pruebas de lo que estoy sugiriendo, sobre el «pensamiento psiquiátrico contemporáneo»...
Tomemos entonces esta hoja psiquiátrica: « Phorie » de abril del 1992. Extraigo esta frase del artículo sobre la depresión: «En efecto, algunas explicaciones sabias que se han desarrollado para probar las variaciones tímicas, no existe ninguna duda de que la tristeza, la pérdida de interés para el mundo y la vida, la CULPABILIDAD y las AUTO-ACUSACIONES hayan caracterizado una actitud, véase una auténtica enfermedad cuyos signos y síntomas no desampararían a los psiquiatras actuales. Habría entonces, a través de los años, una asombrosa constancia de los signos de depresión...»
Otra hoja psiquiátrica, y de las más recientes ya que data del « segundo trimestre de 1992 »... trata del N.° 1 del «Grand-Angle [Gran-Angulo]» dedicado a la «Mayor depresión», con un subtítulo: « ¿Existen acaso síntomas predecibles?» Pues bien, ahí descubrimos que el «sentimiento de indignidad o de culpabilidad», tanto para las mujeres como para los hombres, ¡ocupa el segundo lugar en el rango de frecuencia de los síntomas!
Estos resultados, no es de más precisarlo, son tomados de un estudio prospectivo multicéntrico realizado bajo el auspicio del US Nacional Institute of Mental Health (NIMH) (Referencias: A. DRYMAN, W.W. EATON, «Affective Symptoms associated with the onset of major Depression in the Community : findings from NIMH Epidemiologic Catchment Area Program», Acta Psychiatr Scand 1991; 84,1:5).
Todavía, utilizamos entonces a la culpabilidad como elemento semiológico fundamental de la depresión...
Otro testimonio, éste más antiguo ya que fui a buscarlo donde Henri EY. Se trata de su estudio sobre la melancolía. En una página vemos sucesivamente aparecer los términos siguientes: «mártir», «condenación eterna», «castigar», «holocausto», «sacrificio», «falta», «culpable», «infierno» y sigue así... ¡En resumen! el gran espectáculo completo está ahí dentro casi por completo, todo lo necesario para hacer temblar a cualquiera... (Estudio n.° 22, pág.152).
Una palabra respecto al Islam... Ya que existen, me parece, diferencias profundas con el cristianismo en lo que se refiere a la idea de Falta.
Primero que nada, creo haber comprendido que el Islam no conoce la noción de Pecado Original (existe un punto importante de la doctrina cristiana que he evitado desarrollar hace un rato y que es el de: el cristiano, por más justo que sea no puede escapar al universo de la falta debido a esta noción de pecado original: el cristiano nace pecador y permanece siéndolo; de dónde la doctrina necesaria de la Redención).
En segundo lugar, la falta, en las tierras del Islam verá su parte reducida a la falta actuada: no haber hecho sus plegarias, haber consumido alcohol... lo mismo si no hubiera noción de contrición pero solamente la de una reparación ritual. Todo lo que aquí presento aún debe ser confirmado...
Prosigamos nuestro sobrevuelo histórico pero esta vez llevando nuestras alas arriba, por encima del territorio de la locura. Ya que en efecto, ¡culpabilidad y locura navegan acompasados desde hace muchísimo tiempo!
LOS GRIEGOS
Primero un muy breve sobrevuelo de la Antigüedad, el momento de recordar que para los griegos, especialmente LASEGUE dice que solamente se nos han transmitido algunas pocas opiniones sobre la locura, la noción de falta no existe.
En efecto, la preocupación de la filosofía griega es la de afirmar la relación que existe entre la psicología, la moral y lo social. Y esta relación se revela para estos pensadores, fundada sobre la noción de un orden jurídico sometido tanto a la razón como a un orden natural igualmente penetrable. Esta preocupación permite comprender mejor, la inflación en el discurso médico griego, de las referencias jurídicas y naturales. Así como la salud, según HIPPOCRATE se ve concebida como una serie de equilibrios entre los diferentes elementos y talantes del cuerpo, la enfermedad se origina de una perturbación de este equilibrio. PLATON en «el banquete» declara, a través de las palabras del médico ERIXIMAQUE, que «salud física, virtud moral y justicia entre los ciudadanos se encuentran unidas».
LOS ROMANOS
En cuanto a Roma, ella relega en segundo plano el orden natural de los griegos. Los romanos, no lo olvidemos, son antes que todo juristas. Éstos principalmente en la época imperial, se han esforzado a describir los diferentes estatus de la locura, estatus que articulan con los diferentes derechos del ciudadano con el objetivo bien definido de preservar el orden en la Cité. Debemos señalar que la locura en Roma no incluye únicamente a los «individuos» en el sentido moderno, pero a una colectividad que no es genealógica ni teológica, pero laica.
LA EDAD MEDIA EUROPEA
En la edad media, en occidente, el hecho mental, sin duda, está marcado por el sello del pecado. La enfermedad está considerada como una trasgresión de la ley divina, es la sanción del pecado. San Agustín decía que «el mal no es natural, el mal se encuentra en el pecador y no en el orden universal que lo perturba».
Comprendéis ahora, la diferencia con los griegos: con San AGUSTIN que se instala la «gran interiorización»...
Seguidamente debemos evocar un periodo muy curioso de la historia europea, la que se extiende desde el siglo XV al siglo XVIII.
LA BRUJERÍA EN EUROPA
La cuestión del pecado pasará a segundo plano. Y sabemos que la nosología psiquiátrica será establecida, sino hasta el final del siglo XVII. El tamiz del descifrado de la locura, de moda durante este sorprendente periodo por varias razones es: la brujería.
De nuevo no es por la simple preocupación de continuidad histórica que me detengo en esta época, veréis que aquí, nos encontraremos en el corazón de las cuestiones discutidas esta noche.
La brujería que se desarrolla entonces en Europa es un fenómeno extremadamente complejo que recubre mutaciones de categorías muy diversas. Esta brujería representa de hecho, únicamente uno de los aspectos de esta fase de prodigiosas mutaciones, fase a través de la cual Europa pasa del mundo medieval (un mundo impregnado de divinidad y de esta fantástica sociología religiosa que es la teología) al mundo moderno (en el cual nos desenvolvemos ahora, pero ¿por cuánto tiempo todavía?). Mundo dirigido éste por otras razones, por otras lógicas: la economía, el acercamiento científico del universo así como de los hombres, todos nuevos acercamientos en cuyos niveles encontramos el origen de la psiquiatría moderna.
Sepan finalmente que la brujería no se desarrolló en cualquier parte de Europa. Sus manifestaciones más antiguas y las más numerosas tuvieron lugar en Alemania, en los Países Bajos y en la región renana. Y lo que tenía que producirse sobre estos escenarios: fue LUTHER y la reformación. Esto desembocaría a la profesión de una ley individualista sin precedentes en la historia de nuestro planeta. ¿Podríamos preguntarnos si no fue la «Historia» misma la que se produjo en ese momento...?
En lo que nos fijaremos, ahora, es en la significación antropológica de esta brujería. Sobre este tema, los etnólogos nos proveen claves interesantes de comprensión. De hecho, parecería que la brujería, de manera general, aparece como la expresión, el síntoma de una conmoción grave de los fundamentos de una sociedad (Cf. MARWICK, BASTIDE, PRADELLE DE LATOUR, JORION, TURNBULL) véase también, el indicio de un proceso de individualización en proceso, dentro de estas mismas sociedades.
JORION por ejemplo, retomaba a su manera la aserción de ORTIGUES: («en África, la enfermedad es fuente de individualización») y estima que la acusación de la brujería en el seno de un grupo, produce la individuación.
CONSTANT (psiquiatra) habla de la brujería como de un conflicto que sobreviene entre dos personas que, según las reglas costumbristas, tendrían que haber mantenido relaciones amistosas. (Se debe sin embargo matizar este punto de vista: ciertos conflictos en efecto son concebibles únicamente fuera de ciertas reglas de parentesco (Cf. «Ethnopsychanalyse en pays Bamiléké [Etnopsicoanálisis en el pais Bamiléké]», PRADELLE DE LA TOUR, pp. 73 y 78).
La brujería figura aquí como una manera de escándalo social.
MURPHY, un etnopsiquiátra canadiense, se ha inclinado sobre los significados psíquicos de la brujería. Este autor se libra a un estudio curioso, a la vez histórico y de psicología comparativa, que requiere, en mi opinión, un comentario crítico mucho más preciso de lo que yo soy capaz de realizar.
Sea como sea, escuchemos lo que declara este autor.
MURPHY presenta la idea de que el sentimiento de culpabilidad en la melancolía, aparece clínicamente, solamente a partir del siglo XVIII con los pacientes ingleses. Este fenómeno se habrá desarrollado en el transcurso de unos cincuenta años (1620-1670).
En efecto en la obra del médico BURTON: «The Anatomy of Melancoly» editado en 1621, el sentimiento de culpabilidad permanece ausente de la lista de síntomas melancólicos. Sin embargo, cincuenta años más tarde, MURPHY nota que en el tratado realizado en 1673 por otro médico, BAXTER, («A Christian Directory») encontramos en lo sucesivo, y como en todas las obras que le seguirán, la preeminencia en el proceso melancólico de auto-reproches, de desesperación y de culpabilidad. (Para los detalles de la argumentación, referirse al artículo de MURPHY: «L’apparition du sentiment de culpabilité en tant que symptôme dépressif courant, une étude historique portant sur deux continents [Emergencia del sentimiento de culpabilidad como síntoma depresivo común, un estudio histórico realizado en dos continentes]» en Psychopathologie Africaine [Psicopatología africana], 1980, XVI, 2, 143-169).
En este mismo trabajo, MURPHY intenta evaluar las modificaciones que se producen durante esta época en diferentes niveles económico, religioso y educativo. Los dos primeros factores son relegados al segundo plano, y retienen como fuente principal de este cambio, las modificaciones en la educación de los niños.
Basándose en los trabajos de Philippe ARIES (esencialmente «l’enfant sous l’ancien régime [el niño en el antiguo régimen]»), MURPHY recuerda que a partir del fin del siglo XVII, la época de promiscuidad entre niños y padres se alargó claramente en el espacio de algunos años. Observación que aproximadamente, conduce a MURPHY a la conclusión siguiente: en los niños que se quedan más tiempo cerca de sus padres, la autoridad parental se encuentra de sobra tanto mejor «interiorizada», de donde la posibilidad del establecimiento de una instancia superyoíca...
Diré solamente que si fuera en efecto suficiente conservar a la gente cerca de uno, durante un cierto tiempo para desarrollar un Superyó, la vida sería más simple de lo que es.
El artículo no es por eso menos atractivo, el autor recibe el mérito de llamar nuestra atención hacia los diferentes factores que pudieron influenciar en el sentido de una ideología del individuo que va creciendo; ahora me viene a la mente, también el impacto del protestantismo.
Sin embargo, MURPHY hace otro comentario que nos lleva de nuevo a la brujería, y el cual ha dado lugar a la creación de un segundo artículo de su parte: («Dépression nerveuse, croyance à la sorcellerie et développement du Surmoi dans les sociétés traditionnelles [Depresión nerviosa, creencia en la brujería y el desarrollo del Superyó en las sociedad tradicionales » en Psychopathologie Africaine [Psicopatología africana], idem, pp.171-194).
A saber que asistiremos, en los tiempos que preceden la aparición del fenómeno de auto-acusación, a una recrudescencia neta de las prácticas de brujería. Inversamente, cuando la auto-acusación se instala en una sociedad, veríamos la regresión de la brujería. Según MURPHY, y eso es completamente interesante, la regresión de la brujería no aparece para nada ligada a una implantación creciente de la «ideología científica».
En lo que concierne nuestras variaciones psicológicas en torno a la brujería, nos mantendremos por ahora, a favor de estas notaciones: ese vínculo histórico entre Culpabilidad y Brujería, como los fenómenos de vaivén de uno hacia el otro; un vaivén que no puede existir sin la evocación de la estudiado esta noche, el de la culpabilidad hacia la persecución...
SIGLO XVII Y PRINCIPIOS DEL SIGLO XX
Regreso a nuestro histórico del hecho mental a través de la culpabilidad, para llegar al siglo XVIII y a la primera parte del siglo XIX. Mantened la calma, ¡Freud ya se acerca a pasos grandes! Las elaboraciones psiquiátricas de esta época se componen, entre otras, de las dos nociones siguientes - a propósito íntimamente ligadas - la culpabilidad y la responsabilidad.
No es necesario revisar las diferentes escuelas que se enfrentaban en esa época. Sin embargo, no me resisto, a leerles el dictamen que hacía entonces, el psiquiatra alemán HEINROTH:
«Las opiniones se mezclan más o menos de errores y de verdades según el carácter nacional - El italiano ama la antigüedad, el francés la novedad, el inglés las ideas positivas y durables, el alemán ama todo. Los italianos también se han quedado estacionarios, los franceses dieron un paso, los ingleses mantienen sus posiciones, los alemanes buscan las suyas».
Retengamos esquemáticamente que los franceses son entonces, todos nosográficos y que los alemanes luego de un intenso periodo psicológico, se han volcado al abordaje fisiológico.
Si evoco de esta manera la escuela alemana es porque la sombra de FREUD se perfila en ella hasta ya no poder.
En lo que concierne Francia, guardaremos en mente las dos observaciones hechas por FOUCAULT.
En cuanto al tema del nacimiento de la psicología, FOUCAULT, en la «Folie à l’âge classique [La locura de la edad clásica]» (pág. 346), estima que la «distinción del físico y de la moral se ha vuelto un concepto de la medicina únicamente a partir del momento en el que la problemática de la locura se ha desplazado hacia una interrogación del sujeto responsable».
«La psicología se organiza alrededor de las nociones de falta, de responsabilidad y de castigo » (pág.346).
No es de más recordar recordar, que toda ciencia, no importa cual sea, en el plano epistemológico, y aun si en lo sucesivo, goce del privilegio de acceder al estatuto de ciencia fundamental, presente en sus fundamentos valores humanos. En otras palabras, toda ciencia, en su origen, es normativa y teológica. (Hago referencia a los comentarios hechos por René DUMONT en su libro «Homo aequalis», pág. 47).
Mi segunda observación concierne la dimensión jurídica que conoce la psiquiatría en esta época y que se traduce bajo la forma de elaboración de las leyes de colocación de empleo que recientemente hemos dejado por un lado (Leyes de 1838)... pero para reemplazarla por otras. En efecto, nos preguntamos sobre los aspectos médico-legales de la responsabilidad del loco. Respuesta vieja, se nota, de las preocupaciones de Roma, índice también de la creciente complejidad de la Cité.
Por último, debemos decir algunas palabras de esta famosa escuela de psiquiatría alemana, a la cual GUIRAUD debía dar, sin razón, el título de «escuela moral», y que LASEGUE y MOREL han traducido mejor bajo el término de «escuela psíquica» (Psychiquer).
Ya que esta escuela representa el asombroso crisol en el que se fundirán, al mismo tiempo, los últimos resabios de la teología cristiana, así como el nuevo soplo del cientismo de la época.
Superficialmente, esta fusión termina por concebir al hombre a través de un dualismo que opone el « cuerpo-físico »: («el determinismo inocente» de FOUCAULT) con el «espíritu moral»: (la libertad falible).
Mientras que en el corazón de esta misma fusión emerge, para aquellos que saben leer, una concepción completamente diferente, una aprehensión de la locura que trasciende radicalmente a la teología y al cientismo.
En la superficie de esta fusión, encontramos personajes tales como HEINROTH. Éste, en su concepción de patología mental, recurre de nuevo al pecado como un fundamente etiológico de la locura.
En el centro de la fusión en cambio, descubrimos a LANGERMANN y a IDELER que aparecen verdaderamente como precursores de FREUD. IDELER en efecto se despega de la « moralidad ». Ya no encontramos más según él, la noción de pecado, pero más bien la decididamente moderna noción del «equilibrio de las tendencias». (Cf. el artículo de LASEGUE : «Études historiques sur l’aliénation mentale, école psychique allemande [Estudios históricos sobre la alienación mental, escuela psíquica alemana] - Langermann e Ideler» en Annales Médico-Psychologiques, T. VI, Julio de 1845.)
(Para IDELER, el «sentimiento» no es nada más que «la expresión sujetiva de las tendencias». Esta expresión varía entre estos dos puntos extremos que son la «Alegría» y el «Dolor», estos puntos, uno y el otro, representan respectivamente «el índice y la medida de la libre actividad de las tendencias» y «el signo de que una tendencia se vea obstaculizada».
¡Cómo no reconocer aquí los principios de placer y de realidad! Lean este artículo, es bastante asombroso.)
De manera que, luego de todo lo que se pudo haber dicho durante este seminario, estaría fuertemente tentado de parafrasear, o mas bien de «contra-frasear», la aserción de Pierre LEGENDRE: en efecto, no estoy tan seguro de que el Psicoanálisis sea «un accidente del pensamiento occidental»... Al retomar el curso de la historia, nos da demasiado la impresión de que las cosas toman su lugar de tal manera y no de otra, y que el resultado final sólo puede desembocar en el Psicoanálisis, y eso, sin negarle de ninguna manera a Freud la novedad de esta contribución.
Ahora ha llegado justamente el gran momento de regresar a FREUD. El terreno está listo, y este largo progreso preliminar nos ha permitido, les aseguro, apreciar mejor la originalidad de su contribución.
FREUD y la CULPABILIDAD
Primero que nada, veremos la culpabilidad tal como él la considera bajo el ángulo de la clínica.
Según FREUD, el sentimiento de culpabilidad, se expresa mejor en los neuróticos obsesivos. Y cada vez que FREUD tratará, bajo una forma u otra, de la culpabilidad, se valdrá de la neurosis obsesiva. En cambio, en su elaboración teórica de la melancolía (Duelo y Melancolía, 1917), Freud no recurre a la culpabilidad; esto le otorga aun más mérito.
Luego, hacia un punto de vista teórico.
Como anécdota, citaré un texto antiguo, se trata de « Acciones compulsionales y ejercicios religiosos » (1970). La culpabilidad aparece en lo obsesional «durante la tentación (sic!) », la angustia se encuentra ligada a la idea de sanción y la causa primaria se ancla en una «pulsión sexual»... (pág.138) ¡Un verdadero catecismo! Pero pronto la elaboración de Freud, será muy diferente.
Me parece que la elaboración freudiana del sentimiento de culpabilidad se articula en torno a las cuatro nociones siguientes:
1° EL COMPLEJO DE EDIPO
2° LA AMBIVALENCIA
3° LA AGRESIVIDAD
4° Y por último, una noción que trataremos aparte, la del ASESINATO DEL PADRE PRIMITIVO. Puesto que según Freud no podemos entender la culpabilidad, sin tomar en cuenta las elaboraciones de Tótem y Tabú.
En resumidas cuentas, un curioso bricolaje, en el que vemos entremezclarse:
nociones metapsicológicas decididamente nuevas,
la disposición de un drama humano para el cual Freud buscará su ilustración en la más alta antigüedad, ya que se trata de Edipo,
por último nociones de moral social que presentan resabios de la Falta Primordial.
Empezaremos por el complejo de Edipo. Es por allí que se penetra mejor en el mundo de la falta freudiana.
1°) CULPABILIDAD Y COMPLEJO DE EDIPO
Se puede leer en « Malestar en la Civilización » (1930) (MdsC) que el complejo de Edipo instituye la conciencia, y engendra el primer sentimiento de culpabilidad (pág. 91). Es gracias a la noción del Superyó que podemos comprender lo que FREUD quiere decir con esto.
La noción del Superyó mantiene vínculos estrechos con la noción de Edipo. Vínculos que podríamos calificar como familiares si, como todos lo sabemos y lo repetimos desde hace más de cincuenta años, tanto es el Superyó «heredero del complejo de Edipo».
Según FREUD, la « tensión entre el Yo y el Superyó se manifiesta bajo la forma de un sentimiento de culpabilidad ». (Le Moi et le Ca [El Yo y el Ello], 1923) (MetC, pág.250).
Y ese sentimiento de culpabilidad puede ser, ya sea «normal»: si se manifiesta en la conciencia; sea «patológico», si se encierra en el fondo de la inconsciencia. «El enfermo, dice FREUD, no se siente culpable pero enfermo» (in MetC). Además declara: «El castigo, es el sufrimiento» (pág. 264).
(En un comentario que sigue en el mismo texto (pág. 267), FREUD modera sus afirmaciones. Una gran parte del sentimiento de culpabilidad en efecto debe ser NORMALMENTE inconsciente puesto que la formación de la conciencia moral se encuentra íntimamente ligada al complejo de Edipo cuya cualidad propia es que proviene del inconsciente).
Pero para FREUD, el sentimiento de culpabilidad no es una noción «definitiva», a lo sumo es una «tensión». FREUD lo recordará sistemáticamente en toda su obra: «sabemos lo que se esconde detrás de esta tensión entre el Yo y el Superyó, es la CASTRACIÓN». De manera que podemos legítimamente considerar el sentimiento de culpabilidad como una variación tópica de la angustia de castración (Cf. Inhibición, Síntoma y Angustia (ISA) 1926, pág.52).
Habrán notado que ya no avanzamos ahora dentro del contexto de la teología cristiana, la falta original se ve separada de su estatus de fundación. De ahora en adelante, el primum movens es la angustia de la castración. (Aún si, lo veremos, las cosas se complican con el Tótem y el Tabú...)
Fijemos nuestra atención ahora en ese Superyó. Esta noción permanece sin embargo incomprensible si no la llegamos a concebir sobre un plano dinámico.
El Superyó, como nos enseña FREUD, es una sedimentación en el Yo que aparece luego de la resolución del complejo de Edipo y que se constituye a partir de dos tipos de IDENTIFICACIONES.
Estas identificaciones regresan a las figuras parentales y principalmente, a la del padre, puesto que «los padres, en particular el padre, han sido y son reconocidos como el obstáculo de la resolución de los deseos edípicos». (en MetC, pág.247). Siguiendo esta dirección, la que nos lleva a las nociones de identificación, no llegaremos muy lejos. La dialéctica freudiana se detiene ahí.
Debemos remontarnos al nivel del argumento edípico para que, en lo que respecta a la culpabilidad, descubramos una nueva pista.
2°) LA AGRESIVIDAD
Esta nueva manera de abordaje, es la AGRESIVIDAD. Nos encontramos ahí frente a la presencia de un tipo de resultado diferente. ¿Qué entiende entonces FREUD por «agresividad»? En el mismo y único texto (MdsC) FREUD no para de cambiar su concepción (pp.64-87).
Concebido en primera instancia como un dato bruto («la necesidad de agresividad»), después la agresividad es considerada como un dato que se elabora («la agresividad se desarrolla en el niño contra la autoridad que impide sus satisfacciones»), para al final ser presentada como «resultado del Yo» pág. 80). Esta agresividad, FREUD nos enseña que luego es «introyectada, interiorizada» después de la aparición del Superyó.
De tal manera que llegamos a la articulación de la agresividad con el Superyó.
Ahora bien, debemos hacer aquí un comentario muy importante.
En efecto, mientras que en ISA (1926), FREUD atribuye al Superyó el rol de verdugo («el Superyó feroz etc...»), en MdsC (1930) al contrario, presenta la idea de que el Superyó, no es por si mismo, «agresivo», pero que el rigor del Superyó, se debe únicamente a «la agresividad del yo enfrentado contra el Superyó» (pág. 87).
3°) LA AMBIVALENCIA
Tercera noción, tercera vía de acceso a la comprensión del sentimiento de culpabilidad, la AMBIVALENCIA.
Claro que podríamos, extendiendo la teoría hacia un tal o un tal sentido, atribuir la ambivalencia a la agresividad. Pero dada la manera como es enfocada la ambivalencia en los primeros textos, es claro que se trata aquí de una cosa completamente aparte.
En Tótem y Tabú (1912) (TetT), al evocar la culpabilidad en lo obsesional, FREUD pone énfasis sobre la noción de «ambivalencia afectiva» (pág.74). Más adelante, invoca de nuevo el tema de la culpabilidad padecida por los hermanos de la horda luego del asesinado del padre (pág. 164). Sobre esta ambivalencia, FREUD confiesa ignorar totalmente su origen, mientras que observa que es un «fenómeno fundamental de nuestra vida afectiva» (pág. 180).
La concepción freudiana de la ambivalencia sería de hecho confusa. Algunos han pretendido que han sido los comentadores los que le han atribuido a FREUD el haber establecido de manera coherente una «teoría de ambivalencia». Lo que es más seguro en cambio es que FREUD, a medida que su pensamiento se desarrollaba, iba acordando una importancia acrecentada a la ambivalencia, a saber ese lugar cada vez más grande que le reserva en su teoría del dualismo pulsional.
Lo que es importante de recordar, lo que señalan precisamente LAPLANCHE y PONTALIS, es que al poner el acento sobre la idea de un conflicto pulsional original, desplazamos la maniobra psicopatológica de las neurosis. Vemos el Complejo de Edipo substituido por el antagonismo primordial pulsión muerte-pulsión de vida... Lo que no es una observación ligera... y que representa un tipo de razonamiento psicopatológico diferente.
A modo de reflexión, les citaré esta frase, extraída de MdsC (pág. 91). «Es entonces exacto que el hecho de matar al padre, o de abstenerse de hacerlo, no es decisivo (en lo que concierne el sentimiento de culpabilidad). Es necesario entonces sentirse culpable en ambos casos, ya que el sentimiento es la expresión del conflicto de ambivalencia, de la lucha eterna entre el Eros y el Instinto de destrucción o de muerte ».
Conservemos aquí esta idea de la importancia acrecentada que FREUD le da al dualismo pulsional.
Este dualismo pulsional se manifiesta bajo la siguiente forma: en MdsC., FREUD escribe que cuando una pulsión agresiva sucumbe a la represión, «sus elementos libidinales se transforman en síntomas y los elementos agresivos, en sentimiento de culpabilidad» (pág.99).
Pero, de la misma manera que antes, con el Superyó, llegamos a los límites inquebrantables de la identificación, asimismo que nos topamos esta vez con esta otra pared que es la del mundo pulsional. ¿Es imposible ir más lejos? De hecho, eso no es tan seguro...
Curiosamente, es en un texto más antiguo que FREUD provee los medios de superar esta aporía, exactamente en «Disposiciones a la neurosis obsesiva» (1913). FREUD presenta aquí las ideas siguientes, todas ellas geniales:
« El desarrollo del yo, dice, AVENTAJA siempre al de la libido». FREUD establece luego un par de términos que él mismo opone. El Yo se ve opuesto al Sexo, y el Amor al Odio. Luego recoge todo eso (claro no lo dice tan claramente, pero se lee perfectamente entre líneas) y afirma que el Odio proviene del Yo mientras que el Amor responde al Sexo. Y FREUD concluye: «Esto es lo que talvez quiere significa una frase de W. STEKEL que hasta hace poco, me parecía incomprensible, a saber que es el odio y no el amor que corresponde a la relación sentimental primaria entre los seres humanos» (pp.196-197).
Si he puesto este rasgo en relieve, es para señalarles lo siguiente: a saber que es precisamente sobre esta pista que se lanzará de golpe LACAN, al abordar la escena psicoanalítica. Esto produce el «Estado del espejo» y su correlato que es la tensión imaginaria en la relación paranoica. Y eso no le quita para nada el mérito a LACAN, pero es importante observar que la puerta por la cual éste se precipitaba ya había sido entreabierta por FREUD.
Conclusiones provisorias antes del estudio de Tótem y Tabú.
Por un lado, como ya lo hemos dicho antes, asistimos a la disposición de nuevas nociones que retiran la Falta, el Pecado, de su estatus de fundamento psicopatológico.
(Una anécdota para hacerles comprender mejor la importancia del asunto. Hasta en 1854, si la memoria no me falla, la sede de psiquiatría en Munich se encontraba en manos de un «Psychicher» con el nombre de RINGEIS. La historia ha conservado a este personaje en alto, en razón de la polémica muy violenta que GRIESINGER, otro psiquiatra alemán, brillante representante éste de la escuela fisióloga, abrió al encontrarse con él. RINGEIS simplemente había prohibido la práctica de las autopsias sobre los cadáveres de enfermos mentales ya que habían muerto en «estado de pecado...»).
Por otro lado, el sentimiento de culpabilidad se ve desmenbrado en conceptos metapsicológicos tales como:
El Superyó, noción que remite a un « individualismo fuerte »: se trata de una instancia introyectada, propia del individuo.
y la identificación, que se produce esencialmente sobre la persona del padre; lo que supone en este caso un modo relacional privilegiado, el que une a dos individuos y no a un individuo con un grupo.
Pero lo que FREUD re-introduce por medio de esta relación privilegiada con el padre, es algo que nuestras sociedad contemporáneas, y eso desde los griegos, han progresivamente desdeñado, en beneficio del estatuto de la ciudadanía, es decir la idea del linaje, la importancia acordada al parentesco, a la «estructura del parentesco».
La culpabilidad freudiana seguiría incompleta si no se hubiera mencionado la hipótesis añadida en «Tótem y Tabú».
He aquí, en efecto, una dimensión adicional y necesaria a la compresión del notable montaje freudiano.
Y podemos preguntarnos con pleno derecho porqué FREUD insiste tanto con esta hipótesis. Dado que toda historia es fuente inagotable de complicaciones, tanto para los lectores como para su autor, esta historia tan graciosa ha llevado a FREUD, ese tipo tan serio, a producir elaboraciones casi delirantes. ¿Porqué siente entonces esa necesidad de poner de manifiesto este mito del asesinato del padre primitivo y de recordárnoslo tan seguido?
« No podemos abandonar nuestra concepción del origen del sentimiento de culpabilidad sacado del complejo de Edipo y adquirido durante el asesinato del padre por los hermanos aliados contra él » (en MdsC, pág. 89).
En «Moisés y el monoteísmo» (1939) (MoetMo.): «No dudo en afirmar que los hombres siempre supieron que un día habían poseído y asesinado a un padre primitivo» (pág. 136). Y nos queda reconocer la misma cantinela que nos es tan familiar:
«La sociedad descansa sobre una FALTA COMÚN» (TetT, pág.168). «Ese gran crimen que ha marcado los principios de la sociedad...» (TetT, pág.172).
Volvemos a caer sobre la idea del pecado original. Es eso en realidad, pero no lo es talvez del todo, como lo veremos a continuación.
En las primeras conclusiones, había insistido sobre el carácter extremadamente individualista de las proposiciones freudianas. Lo que descubrimos con «Tótem y Tabú», es una psicología de completamente otra naturaleza, no solamente colectiva pero también transgeneracional. Que se juzgue...
«Postulamos la existencia de un alma colectiva» («Tótem y Tabú» pág.130).
Hipótesis de un alma colectiva otro tanto más valiosa en los ojos de FREUD que se le presenta absolutamente necesaria para establecer los efectos lejanos del asesinato primordial.
CONCLUSIONES SECUNDARIAS
FREUD ha elaborado una teoría original. El individuo, en efecto, se ve en ella realizado sin saberlo, a través del juego de instancias y de mecanismos inconscientes. Ya no se trata de «educación», (ésta es reflejo de la instrucción o bien de la formación por las reglas de la ciudad) no se trata tampoco de cualquier aptitud propia al filo humano así como con el lenguaje por ejemplo. Es completamente otra cosa, y es esa la revolución del inconsciente freudiano.
Luego en lo que respecta a la culpabilidad...
Ésta se relaciona con la agresividad que «toma a cargo» - sino en « gestión» - una escena inconsciente. La pulsión de agresión se encuentra de alguna manera «canalizada», «expresada en palabras» pasando por el tamiz del argumento edípico.
Esta teoría aparece sin embargo impregnada por una tradición propia a la sociedad occidental, a saber esta larga historia de la culpabilidad que nos hemos esforzado en poner de manifiesto y de la cual intentamos medir aquí los efectos.
Así, tenemos derecho a formular las siguientes preguntas: La teoría de la culpabilidad propuesta por FREUD, teoría, lo hemos visto, en relación orgánica con el conjunto de la teoría psicoanalítica freudiana:
1° ¿acaso ésta libra la historia a merced de una lógica UNIVERSALISANTE y ANHISTÓRICA?
2° ¿o acaso no debería ser considerada como «parte adherente» de esta historia; a saber que encontraría en ella su inscripción profunda, que la justificaría, siendo en el fondo, tan solo el desenlace actual de esta misma historia?
Si queremos intentar responder a esas preguntas, debemos buscar en otra parte, debemos ponernos a la escucha de hombres y mujeres que no sean occidentales. Eso parece fácil decirlo, pero es mucho menos fácil hacerlo, y no solamente por razones de orden práctico.
Vamos entonces a continuación, a lanzarnos en este peligroso ejercicio.
Por varias razones que no explicaré aquí por falta de tiempo, no nos basaremos hoy sobre nuestra práctica adquirida en la consulta políglota, pero sobre una experiencia más extensa y sobre todo más «pura» en el plano etnopsiquiátrico, la que los ORTIGUES dirigieron en el hospital psiquiátrico de Fann en Senegal.
Los ORTIGUES llegaron a Senegal bañados del saber freudiano, y se pusieron a la escucha de pacientes senegaleses. De donde ha salido el título tan bello de su libro, el cual les recomiendo leer: «Edipo Africano».
¿Esquemáticamente, que obtuvieron los ORTIGUES del discurso africano examinado por los ojos de Edipo?
Estos autores dicen que han encontrado un cierto número de fantasmas de confrontamiento con el padre totalmente análogos a los que se pueden encontrar en Europa. Pero «la evolución» de esos fantasmas sería diferente, a razón de tres posibles variables propias del África negra:
« el falo colectivo »,
«el ancestro inigualable » y por último,
«la idea de que es inconcebible aventajar a los hermanos»
El falo colectivo cubre todo lo que toca a la sexualidad. La soberanía sexual no depende del padre pero del grupo. Cuando un adolescente por ejemplo, sufre de impotencia sexual, se trata de un problema que concierne a todo el grupo familiar. Cada cual debe preocuparse por encontrar un remedio a esta impotencia. Dicho de otra manera, el falo no es exclusividad de la persona única del padre. «El ancestro inigualable» abarca la idea siguiente: «todo ocurre, dicen los ORTIGUES, como si el confrontamiento directo con la imagen del padre fuera imposible y la rivalidad debería ser desplazada sobre otras imágenes para una salida viable» (los tíos, los hermanos).
Los ORTIGUES sostienen el razonamiento siguiente, razonamiento del cual, confieso, no he logrado verdaderamente comprender las etapas:
El niño no confronta a su padre pero a sus ancestros. Y este confrontamiento resulta sin salida; el ancestro es «inigualable». De manera que el joven Edipo africano da un paso atrás. Los ORTIGUES hablan de «una salida negativa del complejo de Edipo», de una «sumisión hacia la instancia fálica colectiva» y aún más, de una «posición homosexual pasiva». Lo que me escapa es la razón por la cual ¿nuestro Edipo africano no podría llevarle la contraria a su padre...? Tengo la siguiente impresión: a saber que para los ORTIGUES el falo es concebido a priori como colectivo, pues bien el padre, por la fuerza de las cosas, - cosas que se obtienen aquí, según mi humilde opinión, a partir de la observación sociológica - se queda sin nada que llevarse a la boca.
En consecuencia, no puede existir verdaderamente una amenaza de castración por el padre. Y sobretodo que esta amenaza, de haber una en África, es la de ser abandonado por el grupo.
Continuemos, veréis los instrumentos freudianos tomar su lugar uno después del otro.
La imagen del ancestro es representada por el « Baobab »... «más allá de la relación con el padre y los mayores, el árbol marca el lugar que no puede ser ocupado, sino por los muertos, los ancestros». Y los ORTIGUES asocian ese Baobab con la angustia de castración y lo asimilan a un «representante exterior del Superyó» (Cf. «Œdipe Africain», pág.79).
Entonces aparece una primera diferencia, y que es muy importante: el Superyó es «exteriorizado». ¿Cómo concebir dentro de ese ejemplo el juego sutil de las identificaciones dispuestas por FREUD?
Talvez, hay ahí, « una carencia » en el razonamiento. Otra pregunta. En la medida en la que el Superyó «funciona», podríamos esperarnos a la emergencia de un sentimiento de culpabilidad. Pero la culpabilidad no es evocada, y tampoco los ORTIGUES articulan la función Superyoíca del Baobab, con los sentimientos de persecución.
Ya que estas ideas de persecución, los ORTIGUES van a tratarlas, pero de otra manera. En efecto en cuanto se inclinan sobre esos sentimientos, los ORTIGUES no recurren ni al complejo de Edipo ni al Superyó.
Entonces, la teoría parece estallar en pedacitos. Tomamos aquí y allá, los fragmentos necesarios para explicitar tal o tal detalle clínico. De hecho, los ORTIGUES dan la impresión de nunca haber llevado la teoría hasta sus últimos extremos, no han llegado al fondo de su coherencia interna.
Es así, a propósito de la persecución, que recurren a la agresividad. Veamos entonces la manera de proceder de estos autores para explicitar la persecución...
Los autores van a invocar en un momento dado la noción freudiana de agresividad, pero de lo que nos damos cuenta, al seguir su progresión, es que ellos recurren a ciertas premisas, aun antes de exponer su metapsicología de la persecución. Y estas premisas no son otra cosa que el estudio de «costumbres» que organizan el discurso persecutor. Es así como los ORTIGUES son conducidos a examinar, y lo hacen muy bien - es totalmente apasionante leerlo -las tres modalidades persecutoras que reinan en Senegal: la posesión por los Rab, el morabito, y por último, la brujería.
Nótese bien el hecho siguiente, que los ORTIGUES comienzan a razonar partiendo de la cultura, de manera que « se enredan inicialmente» en esta cultura. (¿Pero en el fondo, es acaso posible hacerlo de otra manera...?) Lo que los conducirá al curioso resultado siguiente: la concepción de una extraña teórica negro-blanco en la cual se asiste a la mezcla de explicaciones sociológicas con elaboraciones psicopatológicas... A saber que los ORTIGUES articulan los dos primeros tipos de persecución con modos de organización pulsional particulares que dependen del grado de regresión del paciente (así, el ataque de los brujos liberó fantasmas devoradores que proceden de una regresión a nivel pregénital oral; en cuanto al ejemplo de morabito, éste fue establecido por una regresión a nivel genital fálico).
El tercer modo de persecución, la posesión por los Rab, por su parte, es referida, y cito, a «un tipo de resolución de conflictos».
(Entender aquí: un «tipo cultural» de resolución de conflictos...). Todo esto parece insuficiente bajo un punto de vista teórico « duro » ; tanto menos satisfactorio que, después de haber establecido esta construcción, los ORTIGUES hacen notar que si insistimos en estudiar tres generaciones, es en general la más antigua la que sufre de los Rab mientras que la más joven introduce una temática científica en los temas persecutores. Así, esto representa bien la marca de una aculturación en progreso, al mismo tiempo que marca el índice verosímil, según nuestros autores, de una confusión entre sociología y psicopatología. Pero, lo vuelvo a decir, esta confusión es talvez inevitable...
Para resumirnos, diremos que el uso hecho por los ORTIGUES del complejo de Edipo, los ha llevado como acabamos de verlo, a desembocar, no sobre una posición individualista a la manera de FREUD, pero sobre una posición de grupo, la de los hermanos; lo que es muy diferente. Pero para lograr esto, les ha sido necesario introducir esta nueva noción, cuya argumentación parece en efecto reducirse a una sola enunciación, que es el «Superyó Exterior».
Notaremos de la misma manera que los autores consideran, en desacuerdo con esta posición de grupo, la posibilidad de una « individuación ». Ésta, según ellos, se realizaría «si acaso» respecto a la persona del brujo. (Volvemos a encontrar aquí esta noción de brujería, factor de individualización...)
En resumen, parece bien que resulta que el uso del complejo de Edipo no permite aquí ni explicar los sentimientos de persecución y ni siquiera comprender la ausencia de culpabilidad, ese último sentimiento, recordémoslo, siendo a priori concebido por nosotros como inmanente al «Complejo»... Nuestro trabajo, de alguna manera, se revela no concluyente.
CONCLUSIÓN GENERAL Y PROPOSICIÓN
¿A qué debemos atenernos? ¿A considerar la persecución propia de la psicología individual? Eso me parecería extremadamente injurioso si presentáramos las cosas de esa manera. Es como si pretendiéramos que sólo existen individuos en el Occidente, África consistiendo en el fondo en un simple «hecho social»... Para algunos la psicología individual, para otros, la psicología de grupo...
¡Y porqué no el contrario! ¡Una sociología de culpabilidad y una psicología de persecución! Es en este punto del razonamiento en el que los cuadros habituales de nuestras ciencias, llamadas humanas en el Occidente, comienzan a vacilar; y que surge el vértigo.
Algunos dudan en tomar una decisión, pero siempre para dirigirse hacia otro cuadro pre-establecido. Por ejemplo he escuchado decir que el psicoanálisis no era nada más que una sociología. Lo que nos regresa a nuestra sempiterna e insistente pregunta: ¿qué es el psicoanálisis, es uno de esos cuadros, o bien debemos tomarla como «fuera de contexto»?
¿El Psicoanálisis aplicado a un campo no occidental es un etnocentrismo, véase, lo que sería aún más inquietante, un «psicocentrismo»? Esto representaría el desenlace más perverso, y créanme el más nefasto para todos del proyecto colonial occidental. Lo que se coloniza aquí, ya no son las tierras, ni tampoco las creencias y los conocimientos, pero «el espíritu».
Es una manera un poco pesimista de ver las cosas así, y además no es la buena manera.
Es por esto que agrego lo siguiente. A saber que el Psicoanálisis talvez no es más que una versión occidental de la «Palabra que se libera». Esta posibilidad, a mi parecer, ha existido siempre pero se ha quedado durante mucho tiempo privilegio de solo algunos. La singularidad del Occidente y que de alguna manera le da su «sello», es el hecho de haber «democratizado» esta «Palabra que se libera».
He ahí la razón por la que esta experiencia, nombrada hoy día por el espíritu de los tiempos, como Psicoanálisis, concierne al género humano en su totalidad, sin diferencia de razas, color o de idioma.
Es en nombre de esta universalidad del Hombre atrapado en las trampas de la palabra que les propongo la hipótesis siguiente, hipótesis, lo veremos, que ofrece una articulación entre culpabilidad y persecución. Su base de fondo es el Análisis, pero un Análisis «liberado» de su Metapsicología. Y esta hipótesis, les aseguro, no traiciona para nada aal pensamiento freudiano.
Postulemos desde un principio un fantasma primordial universal. ¡Y por fantasma entiendo claramente como FREUD, una realidad psíquica indistinguible de la realidad física! Ese fantasma formaría la siguiente realidad: «La palabra es mortífera», o aún mejor, «La Palabra puede matar...». Pensamos que las sociedades humanas, por algunas razones «x» múltiples y de una variedad extrema (razón por la cual no es necesario seguir insistiendo), así es como van a «manejar» diferentemente ese «Fantasma Primordial», con el objetivo de mantener una coherencia social (a la cual se encuentra indisociablemente correlacionada la noción de poder).
El Occidente, en razón de su orientación progresiva hacia una ideología individualista (que recubre las causas « x »), ha podido ver el desarrollo en su seno, de la creencia de que la Palabra ha encontrado su fuente en el individuo. De manera que la transformación del fantasma primordial toma en ese caso particular la forma siguiente: «cuando yo hablo, puedo matar». De manera más poética: «Hablar, es un alarido que esconde las voces de los otros».
En las sociedades tradicionales, con motivo de la preeminencia de una ideología de grupo, la fuente de la palabra se ve destinada al grupo, y no al individuo. Lo mismo que, para la perspectiva del individuo, tomar la palabra en ese tipo de sociedad, es correr el riesgo de ser asesinado como respuesta, por la palabra del grupo. Es una «voz muda que esconde la palabra del conjunto de los demás».
A esa agresividad fundamental del hombre de Occidente contra el otro, responde la formación reaccional de la culpabilidad. (Según el esquema freudiano de la vuelta sobre sí de la propia agresividad). A esa persecución fundamental del hombre tradicional hecha por los otros, responde el sentimiento de «Solidaridad», esta otra formación reaccional, señalada por todos los antropólogos que conocen esas sociedades.
Pero esas formaciones reaccionales no son suficientes en cada uno de los casos. Ya que es necesario que los hombres puedan hablarse entre ellos. Es ahí en donde yace su desgracia y aquí donde se erigen ineludibles bifurcaciones caudinas, en ese espacio que es el de la palabra. El hombre, como dijo Israel está «enfermo de la palabra»; agregaría por mi parte que esta enfermedad, no puede curarse...
Prosigamos con nuestra idea... ¡Es necesario que el hombre pueda hablar ! Cada sociedad ha producido mitos con el fin de remediar los efectos de esta palabra percibida como asesina.
El mito producido por el Occidente es el siguiente: «el Padre ya está muerto, otros lo han asesinado mucho antes que nosotros...» Reconocéis aquí el mito freudiano de Tótem y Tabú. Encontramos por otro lado la estructura de ese mito en la mayor parte de las grandes mitologías occidentales...Son dioses que matan a otros dioses cuyo crimen oculto es el de haber sido sus padres.
Freud nos recuerda esos fondos míticos de la antigüedad, y al hacerlo, nos tranquiliza: no podemos matar ya que el asesinato ya fue llevado a cabo por otro y en otro tiempo... A cada quien su turno de darle gracias al padre del psicoanálisis según la medida de sus angustias... ¿Que sería entonces lo que queda pendiente de resolver de ese mito en las sociedad llamadas «tradicionales»?
Pues bien, pienso que el mito salvador, la fabula tranquilizadora es la siguiente: «Los Ancestros no están muertos, están muy vivos y se encuentran entre nosotros, nos acompañan». Dicho de otra manera, calma, no podemos matarnos ya que aquellos supuestamente muertos y enterrados todavía están ahí, evolucionando a nuestro alrededor.
En ambos casos se trata de mitos. Mitos en efecto, ya que esos discursos provienen de enunciaciones explícitas contrariamente al fantasma primordial formulado más arriba que consiste en el inconsciente. Un fantasma al fin de cuentas, ya que les recuerdo que la palabra nunca ha logrado matar.
Voy a concluir con las dos observaciones siguientes. Primero y a propósito de ese fantasma de la palabra asesina. Ese fantasma, como hemos pretendido, es universal. Debemos sin embargo agregar una precisión, y no la más desdeñable...Ese fantasma, en efecto, es universal, pero, a la luz de lo que nos ha tocado escuchar hasta ahora, pensamos que se trata ante todo de un fantasma universalmente masculino. Un tal alegato da lugar a otro: ¿Cuál será entonces el fantasma de la mujer? Les propongo la fórmula siguiente, y qué importa si es lapidaria, ya hemos trabajado suficiente esta tarde, el fantasma de la mujer es el amor.
La última observación en fin, relativa a nuestra hipótesis. Al desplegarla, esta hipótesis, hasta el final de su lógica, caemos en el espanto, al descubrir que reserva una suerte muy sinistra para el Occidente: le reserva en efecto, la parte del Asesinato.
Puesto que la pregunta se vuelve entonces la siguiente: a razón de la organización particular de la palabra que el Occidente se ha constituido, podemos preguntarnos si la civilización occidental ¿acaso no lleva en lo más profundo de su discurso - y esto cualquiera que sea el tipo de discurso al cual pretendería el Occidente: religioso, científico o político - el germen espantoso del aniquilamiento del otro...? Esto es todo lo que quería decirles. Será suficiente para esta noche.
BIBLIOGRAFÍA
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[1] Clínica psiquiatrica, consultaciones externas, Hospitales Universitarios de Estrasburgo, 1, place de l’Hôpital, BP n°426- 67091 Strasbourg Cedex
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