Traumatismos y realidad: lo social en cuestion

Traducido del francés por Ana Carolina Muñoz

Martes 17 de octubre de 2006, por Bertrand Piret

 

TRAUMATISMOS Y REALIDAD: LO SOCIAL EN CUESTIÓN [1]

INTRODUCCIÓN: La insistencia de la realidad

Nuestros trabajos se centrarán este año sobre el traumatismo. ¿Porque este desvío? ¿Cual es su relación con la cultura y la problemática que hemos hasta ahora intentado poner en marcha a lo largo de esos tres años del ciclo «Psiquiatría, psicoterapia y cultura(s)»?

Violencia, cultura y política

La primera razón deriva de una observación histórica y geopolítica: el encuentro entre las culturas ha estado siempre marcado por el conflicto, el afrontamiento y la masacre. Más allá de las imágenes piadosas y de los discursos consoladores aliviadores, se deben admitir las cosas como son, el dialogo intercultural es una farsa con respecto de la historia, que muestra que ese pseudo-dialogo nunca ha podido inventar otro tipo de registros aparte de estos: la conversión religiosa o la colonización, una no excluye la otra evidentemente, y cada una se acomoda de hecho muy bien en el saqueo. La aculturación siempre es antagonista y conflictiva. Remueve la materia simbólica fundadora de las sociedades, y desemboca sobre maniobras de exclusión radical, de cuestiones de vida y de muerte. El encuentro entre las culturas parece inevitablemente marcado por el sello de la violencia, incluso en nuestras sociedades, en donde se ejerce contra minorías estigmatizadas. El desvío que haremos al estudiar el traumatismo no tiene por lo tanto nada de asombroso.

Pero debemos decirlo de nuevo de otra manera: es imposible hablar de estas cosas -es decir de las culturas, de comunidades, y de la dimensión social del hombre - sin tomar ciertas posiciones de naturaleza política. No solamente en términos políticos, escandalosamente devaluados en estos días, pero en el sentido en el cual es primordial interrogar al campo político con respecto a su primera función que es la de crear una vida social posible y pacífica. Se trata de una función simbólica a la cual se libran cada vez más los representantes del Poder, encubiertos por lógicas restringidas copiadas del mundo de la economía gestora o de la estrategia militar.

Finalmente se tratará esencialmente de Política este año, ya que también tocaremos el tema de los daños subjetivos que no dejan de provocar las instituciones cuando se libran a su función simbólica o, peor aun, cuando la pervierten.

Las otras razones son más clínicas y provienen directamente de las dificultades encontradas en la práctica psicoterapéutica con ciertos pacientes inmigrados, refugiados o exiliados.

La inadecuación del modelo de las neurosis de transferencia.

Los pacientes que nos encontramos en el cuadro de la consultación políglota, ya lo hemos señalado con frecuencia anteriormente, no corresponden al candidato clásico para el psicoanálisis o la psicoterapia. No volveré a hablar sobre los numerosos obstáculos y dificultades que se presentan en ese cuadro, y que ya han sido abordados ampliamente en los años anteriores (cf. Volumen y Volumen II de las actas del seminario).

Recordemos simplemente la aparente inadecuación que notamos entre los trastornos presentados por ciertos pacientes inmigrados o refugiados, y una psicopatología exportada con demasiada prisa de un ámbito experimental muy particular: quiero hablar de la psicopatología de las neurosis de transferencia y del laboratorio privilegiado, pero excepcional, que constituye - por decirlo en pocas palabras - el conjunto diván-psicoanalista.

La insistencia de la realidad

En segundo lugar, recordemos la insistencia que hemos descrito (cf. particularmente en el tomo II de «Psiquiatría, psicoterapia y cultura(s)», pág.129 y siguientes), la insistencia de la realidad «externa» (para retomar la terminología de Freud, contra la realidad «psíquica» - términos sobre los cuales habrá que volver), en torno a diferentes niveles:

- tanto en torno a la constitución de los síntomas : frecuencia de descompensaciones psicológicas en los inmigrados, después de un accidente de trabajo ; realidad del horror en los refugiados que han sido sometido antes de su llegada a la prueba de tortura y de prisión ; realidad ineludible del exilio, y sus efectos de duelo interminables, ver imposible.

- como en torno a su evolución y a las posibilidades de abordaje psicoterapéutico. Hemos señalado por ejemplo cuánto el hacer uso de la palabra personal parece depender de ciertas realidades socio-económicas y de sus efectos directos (precariedad material extrema), o indirectos, a través de los conflictos que perduran entre el paciente y las diversas instituciones como el Fondo de Seguros Médicos o los empleados por ejemplo. Insistencia de una realidad que impone en el psicoterapeuta una actitud activa, y a veces lo que algunos llaman precisamente (pero a veces con un cierto desprecio) «en la realidad» (se trata lo más frecuente de medidas sociales).

Este año, se trata entonces en primer lugar de examinar los efectos patológicos de esta «realidad traumática», y las implicaciones terapéuticas y psicopatológicas que impone, que esta realidad se condense en una acontecimiento traumático único, se expresa en el cúmulo de una serie de acontecimientos y esto resulta del peso de ciertas realidades sociales, económicas, profesionales y políticas también.

El problema bomba de la predisposición a las neurosis traumáticas Partiremos del “modelo” de las neurosis traumáticas, en el que un traumatismo objetivamente catastrófico parece constituir el factor desencadenante principal. Pero evitemos simplificar las cosas. Dos ideas a propósito de las neurosis traumáticas, que forman parte de entrada de la cuestión:

- tenemos en efecto tendencia, y es muy comprensible, a pensar que la experiencia de un traumatismo particularmente horrible (como puede suceder el caso en situación de guerra, de tortura, de encarcelamiento, de atentado...) no puede no tener consecuencias nefastas en el plan psicológico. Pero entonces, ¿porqué, en condiciones objetivamente equivalentes de traumatismo, algunos desarrollan trastornos, y otros no?

- lo que nos lleva a la segunda idea-bomba, de la cual es más difícil liberarse : la hipótesis de que las victimas de traumatismos que desarrollan luego una patología, son de hecho individuos predispuestos. Esto se puede decir de mil maneras, y puede ser útil para causas e intereses muy divergentes. El experto que debe evaluar la indemnización de la patología buscará trastornos anteriores, aun mínimos, para evaluar la relación de causa y efecto entre el traumatismo y los trastornos presentados. El psiquiatra nosógrafo retomará sin saberlo las viejas teorías del siglo pasado a propósito de la degeneración para definir una constitución, o una personalidad pre-mórbida que el traumatismo terminará por «de-compensar» como efecto seguro. Las teorizaciones psicoanalíticas, si se apoyan sobre una concepción demasiado rígida de la noción de «estructura», se exponen por último a estos mismos riesgos.

Citemos Fénichel (1938): « Algunos estímulos poseen una intensidad tan abrumadora que tienen una acción traumatizante sobre cualquier persona ». Barrois, él tampoco intenta determinar un «terreno predispuesto», y piensa, como Freud y Frenczi que nadie se encuentra a salvo de la neurosis traumática. Si el factor cuantitativo es invocado (intensidad del traumatismo), es claro que éste da cuenta sólo parcialmente del problema. Ahí, como en otros casos, cuando el funcionamiento del inconciente entra en juego, no existe una relación linear entre el síntoma y su supuesto origen, ya sea que se ponga el énfasis sobre el acontecimiento o sobre la personalidad.

Programa: extensión del campo de aplicación de la patología traumática

- Para introducir/presentar los trabajos de este año, será necesario precisar y recordar la noción de traumatismo y la de neurosis traumática, nociones que se oponen en la teoría freudiana al traumatismo infantil por un lado y a las neurosis de transferencia por otro lado.

- Deberemos también definir la noción de realidad externa (constituida de acontecimientos reales), en contraste con la de realidad psíquica (organizada según la lógica inconsciente del fantasma), pero es sobre todo primordial identificar cuales son los elementos precisos de « la realidad » constitutivos del traumatismo. Nos daremos cuenta de que no es el momento del acontecimiento mismo que ha producido por si solo la neurosis traumática, pero sino lo que sucede en segundo lugar, y que remite a la dimensión social, comunitaria o institucional de la realidad que rodea la victima en esta fase. La noción de realidad en el campo de lo traumático se encuentra lejos entonces de ser univoca.

- Podríamos entonces señalar las analogías que existen entre situaciones clínicas tan variadas como:

1°) las neurosis traumáticas clásicas, ligadas a un acontecimiento catastrófico, y las secuelas físicas de tortura y de encarcelamiento,

2°) los desmoronamientos psicológicos que sobrevienen en ciertos pacientes, particularmente inmigrados, luego de una interrupción de trabajo, más frecuentemente ligada a un accidente de trabajo, grave o no grave.

I. EL TRAUMATISMO DE LA NEUROSIS TRAUMÁTICA

A) La renegación de la neurosis traumática por parte de las instituciones sabias

La descripción de la neurosis traumática es antigua. Fue Oppenheim, un psiquiatra alemán el que hizo de ella una entidad aparte dentro de las clasificaciones psiquiátricas desde 1889. La historia de esta especie nosográfica estuvo marcada por una gran confusión y por la extrema reticencia del mundo médico a reconocerla verdaderamente como una enfermedad. A falta de distinciones claras desde el punto de vista etiológico, se encontraba ubicada en la misma rubrica de los trastornos que hoy día se llaman «psico-orgánicos», es decir esos que son el resultado de una lesión del cerebro (por un traumatismo craniano por ejemplo). Representaba por lo tanto, en contraste con esos «verdaderos» enfermos, el desván en el que se colocaban todos los simuladores, las reivindicativas de rentas, parásitos y saqueadores descarados de las cajas del Estado. Para algunos, no era una enfermedad, pero la marca de una ausencia de coraje, de moralidad y de sentido cívico, de algunos individuos aprovechados. Un cierto Moreau, psiquiatra belga escribía por ejemplo en una revista psiquiátrica en 1942: «la neurosis traumática se observa en todos los medios sociales que haya algún dinero que pillar»; añadía que la concesión de una renta era por otra parte un factor de prolongación de la queja, una «patente de enfermedad», ya que «las callosidades ya no protegen las manos después de la dulzura de la holgazanería».

Este tipo de discurso es útil recordarlo, aunque sea sólo para mostrar la estereotipia y la ausencia de imaginación de la que hacen prueba sus herederos actuales, los más estrepitosos en el mundo político y no en el mundo médico, afortunadamente. Los defensores de la neurosis traumática en cuanto a ellos se limitaron durante mucho tiempo a argumentar una etiología orgánica, sobre la base de teorías neurofisiológicas tan complicadas como efímeras.

 [2]

Se tuvo que esperar la penetración en el mundo psiquiátrico de las ideas de Freud para que se admitiera la posibilidad de una etiología psicológica. El recelo de los médicos con respecto a la neurosis traumática, análoga en eso a la neurosis histérica, siempre sospechada de simulación, no se ha por eso mitigado. Barrois (1988) describe la historia de la ocultación de esta patología, su total desaparición en los manuales y la enseñanza de psiquiatría entre 1916 y 1975 aproximadamente. Parece que fue la guerra de Vietnam sobretodo, y las enormes pérdidas de combatientes por razones psiquiátricas, que le valieron de nuevo los honores de la psiquiatría científica. Notemos que ha reaparecido en los sistemas de clasificaciones modernas como el DSM III, bajo la rubrica del estado de stress post-traumático, con una descripción directamente extraída de las fuentes clásicas.

La interpelación de lo social

A partir de ahora, retengamos esta característica de la neurosis traumática: interpela vivamente al orden social. No intenta subvertir la Autoridad (del Maestro) como la histeria, pero si descubrir lo facticio y la estafa de un discurso oficialmente maternal [3] que pretende garantizar la protección y la reparación; ya sea que se trate por ejemplo de los sistemas de seguros del Estado o de la institución militar y de su reticencia, a indemnizar a algunos, a reconocer la inaptitud al combate para otros. El problema del restablecimiento financiero no es más que un aspecto muy parcial de la relación que mantiene la neurosis traumática con lo Social, como lo veremos. Representa su índice más evidente, y funciona más bien como un espantapájaros que enmascara el fondo de las cosas, la pregunta angustiosa por excelencia: ¿con qué hilos mantiene lo Social a los individuos vivos? La neurosis traumática es la historia del corte brutal de esos hilos. Los sujetos víctimas son brutalmente excluidos de la comunidad de los vivos. Se vuelven según la expresión de Barrois «muertos-vivos».

B) Signos clínicos: las reacciones al choque y las neurosis traumáticas

Las neurosis traumáticas, en el sentido estricto del término, son trastornos psíquicos que aparecen luego de un acontecimiento real con carácter traumático.

1°) El traumatismo causal La definición de esos estados incluye ese carácter particular del traumatismo, se debe mantener cercana a su sentido de origen, así como la utilizan los cirujanos y los médicos desde la Antigüedad (cf. Kammerer, 1974).

Cuales quiera que sean los criterios propuestos para calificarlo: suceso de una violencia excepcional, « un acontecimiento fuera de lo común, que provocaría síntomas de desamparo evidentes en la mayoría de los individuos” (DSM III-R), estímulos de una «intensidad abrumadora» (Fénichel), el traumatismo psíquico de lo que aquí se trata, posee las mismas implicaciones que el traumatismo corporal:

- suceso accidental, violento, súbito e inesperado ;

- efracción en la organización psíquica del sujeto ;

- consecuencias inmediatas que de ahí resultan sobre el conjunto de la organización psíquica, notablemente todas las reacciones designadas por el término «choque emocional».

Se trata con eso de una definición bastante amplia, ya que incluye diversas categorías: con o sin lesiones corporales especialmente. Pero todas esas situaciones se encuentran marcadas por la sorpresa, el carácter repentino, inesperado y violento del accidente causal, y el afecto que de ahí resulta: el terror.

2°) Clínica de las reacciones al traumatismo

a) las reacciones de la fase primaria del choque: El sujeto se encuentra bajo el dominio del terror. Podemos entonces observar estados de agitación extrema y desordenada, desbordamientos emocionales incontrolables (llantos, gritos/aullidos, cólera, agresividad, etc...), o al inverso estados de inhibición psicomótriz con estupor. Otro modo de reacción puede consistir en un desvanecimiento, «mecanismo de defensa» considerado como el más arcaico y el más primitivo. «El organismo, sumergido por una excitación demasiado intensa, cierra la puerta a todo estímulo nuevo» (Fénichel, 1938).

b) la fase de trabajo: la neurosis traumática La fase siguiente (pero que puede debutar muy temprano después del traumatismo, o al contrario después de una larga fase de latencia) es un trabajo de defensa o de adaptación. Ese tiempo es marcado por trastornos persistentes:

- actitud de repliego con respecto de todas las actividades de placer, anorexia, insomnio, desorganización de conductas instintivas (particularmente sexuales),
- trastornos de comportamiento con perturbación de actos automatizados, actos fallidos, olvidos, instabilidad, búsqueda de actividades múltiples ;
- tendencias regresivas por ejemplo con abandono de cuidados, a la protección, al mimo.

Nuevas, y muy significativas actividades se dan a luz, centradas sobre el accidente y el objeto perdido. Constituyen el muy característico «síndrome de repetición».

- rememoración del accidente con todos sus detalles y sus circunstancias ;
- reviviscencia de recuerdos y de experiencias afectivas unidas al objeto perdido.

El paciente está paralizado en el presente y en la exposición reiterada del traumatismo. La ruptura con un pasado acabado es total y el porvenir no puede ser considerado.

Estas actividades se manifiestan más particularmente en los sueños que toman la tonalidad de pesadillas espantosas y repetitivas, en el transcurso de los cuales surge incoerciblemente la escena traumatizante. Aparece junto con un sentimiento de realidad casi-alucinatorio, muy diferente del ambiente de los sueños habituales. Se trata más frecuentemente de imágenes que vuelven presentes con toda su horrible precisión los detalles del accidente (figuras ensangrentadas, cadáveres de camaradas muertos a algunos metros). Esta reiteración puede ser por igual centrada bajo los sonidos percibidos durante el traumatismo, y son entonces las voces de los heridos y sus gritos, el llamado de ayuda de los moribundos, que invaden al sujeto y provocan su angustia. O a veces, aún el retorno de sensaciones olfativos (olor de carne quemada, etc...).

El conjunto de esas manifestaciones de reviviscencia está designado bajo el término de síndrome de repetición. Constituye progresivamente el centro organizador de toda actividad psíquica del sujeto, y su modo existencial. Este es el núcleo psicopatológico de la neurosis traumática.

Por fin, la evolución de tales estados incluye modificaciones de carácter y de investimientos, que pueden fijarse sobre diversos modos: actitudes regresivas, reivindicativas, hipocondríacas. La irritabilidad, la intolerancia a los ruidos y a los otros (los viejos camaradas, la esposa, los hijos...), son muy frecuentes, van a veces hasta pérdidas de control violentas.

Estos síntomas de aspecto neurótico pueden de igual forma instalarse, clásicamente descritos como «la exageración de trazos neuróticos anteriores». Veremos que tienen sin duda otro significado.

Esto constituye la descripción clásica de la neurosis traumática [4]. Daremos algunas precisiones clínicas, que permitan ampliar el alcance y el significado de ésta.

C) Algunos puntos de referencia a propósito de la noción de traumatismo en psicoanálisis

Las neurosis traumáticas siempre han suscitado el interés de Freud que les ha colocado en un lugar aparte, al distinguirlas especialmente de las neurosis de transferencia. Insiste sobre esas diferencias que constituyen el grado de sufrimiento subjetivo, el debilitamiento mayor, las perturbaciones más bien generalizadas de las funciones psíquicas, y esas dos dimensiones del traumatismo que son «la sacudida» del organismo y «el espanto» (Cf. Freud, 1920).

Las neurosis traumáticas no cesan de interrogar en efecto a la teoría psicoanalítica misma. A través de su conceptualización del traumatismo psíquico, por medio del re-examen necesario de la noción de la realidad que las neurosis exigen, y por medio del estatus que esta teoría acuerda a lo «social».

Inicialmente en el camino seguido por Freud, el traumatismo es considerado desde un punto de vista puramente económico como un afluyente de excitaciones externas cuya liquidación o elaboración por medios normales fallan (abreacción, asociaciones de olvido, cf. Dreyfus, 1974). La experiencia o el recuerdo, al conservar su carga de afecto, permanecen dentro del psiquismo como un «cuerpo extraño». Freud proponía la imagen de una «vesícula viviente» protegida de su medio por una capa protectora o «contra-excitación». La ruptura extendida de esta capa constituía el traumatismo.

La etiología de las neurosis (de todas las neurosis) era así dirigida hacia experiencias traumáticas pasadas, cada vez más alejadas en la infancia a medida que las investigaciones de Freud se definían.

La teoría del traumatismo se vuelve muy compleja después de poner en evidencia el conflicto defensivo en las psico-neurosis de defensa, especialmente a partir de la génesis de la histeria. Por una parte, el traumatismo se vuelve esencialmente sexual, por otra parte logra su eficacia únicamente a través de la noción d’après-coup. Así, supone siempre la existencia de por lo menos dos acontecimientos: un primer episodio dicho de seducción, en el cual el niño experimenta una tentativa sexual de la parte de un adulto, pero sin que nazca la excitación sexual; en un segundo episodio, después de la pubertad, una escena o un acontecimiento, con frecuencia anodino, hace evocar el primer acontecimiento por asociación. Este recuerdo es el que desencadena un afluyente de excitaciones sexuales que desborda las defensas del yo.

Todavía más tarde en el pensamiento freudiano, la verdadera seducción durante la infancia será substituida por la noción de fantasmas. El acontecimiento toma un carácter traumático al activar ciertos fantasmas.

En ese punto de la teoría, el efecto «patógeno» de la realidad histórica o cronológico ya no está ligado a sus caracteres objetivos, pero, por lo sucedido, a los fantasmas que lo recubren (que una escena real entre en juego, es de importancia secundaria), y, por lo cronológico, al significado que el acontecimiento adquiere según una lógica del inconsciente marcado por el desplazamiento y la condensación.

En cada etapa de este pensamiento, se encuentra presente, de diferente manera, la cuestión de la «susceptibilidad», ya que no podemos hablar de «acontecimientos traumáticos» de manera absoluta (es decir que inducirían los mismos efectos en otros sujetos). Se requiere entonces de una disposición psicológica particular o una predisposición: el estado hipnoïde de Breuer, y sobre todo para Freud el conflicto psíquico que impide al sujeto integrar en su personalidad consciente la experiencia que le adviene.

Finalmente, la investigación psicoanalítica puede conducir a volver a replantear la noción misma de neurosis traumática. En efecto, el traumatismo es puramente relativo, y se puede encontrar una escala completa, entre los casos en el que un mínimo acontecimiento toma un valor desencadenante como resultado de un grado de tolerancia bajo del sujeto, o del valor significativo del acontecimiento, y los casos en los que un acontecimiento de una intensidad objetivamente excepcional llega a perturbar bruscamente su equilibrio.

Otra dificultad proviene de la manifestación, en algunos sujetos, y sin que ellos lo sepan, de conductas activas de búsqueda de una situación traumatizante. K. Abraham (1918) proponía para describirlas el término de «traumatofilia». En ese caso, el terror ya no puede ser relacionado tan claramente a la sorpresa, y la patología explicada por la ausencia de la preparación por la angustia.

Sin embargo, un cierto número de argumentos justifican, y han justificado para Freud, el mantener las neurosis traumáticas dentro de una categoría nosológica y etiológica aparte: un desencadenamiento dominado por la intensidad de un traumatismo, que, por su naturaleza, amenaza la integridad del sujeto, la presencia de caracteres clínicos diferentes, y agregaremos, una modalidad transferencial particular a lo largo del tratamiento.

D) Problemas psicopatológicos introducidos por las neurosis traumáticas: fracaso de la simbolización y de la represión

Las neurosis traumáticas resultan de la imposibilidad para un sujeto « de elaborar » el traumatismo del cual es victima. Éste permanece activo, se comporta como «un cuerpo extraño» que polariza la vida psíquica del individuo, acapara y orienta toda su actividad, a costa de un des-investimiento de todos los otros objetos y centros de interés. La elaboración de un traumatismo, en el sentido general iniciada más arriba (y que comprende entonces ciertos fantasmas y representaciones «insoportables» para la consciencia), buscan deshacerse del afecto del displacer que le es ligado, de manera a permitirle acceder al estatuto de recuerdo, disponible a la memoria, pero también posible de «olvidar» (el olvido no siendo ni obliteración ni desaparición).

La constitución de síntomas en las psiconeurosis de defensa (histeria, fobia...) proviene de una elaboración que podríamos llamar incompleta, de un olvido frustrado. El afecto es solamente desplazado, y reportado sobre otra representación u otro pensamiento. Es una disociación entre el traumatismo inicial y el afecto que se encuentra en la fuente de los síntomas. La angustia se manifiesta entonces dentro de circunstancias o según las modalidades que no tienen más que una relación indirecta con el traumatismo o la representación espantosa. Esa relación o ese vínculo entre el síntoma y el traumatismo es simbólico, es decir que el síntoma es una metáfora o una metonimia, una expresión disfrazada.

Esta es una operación de disociación y la creación del nuevo vínculo simbólico que experimentan los efectos de la inhibición. En fin, si un progreso tan complicado se presenta necesario, es porque en una primera etapa, la del traumatismo o de la irrupción de la representación espantosa, la abreacción era imposible. Dicho de otra manera, fue imposible producir palabras o actos capaces de producir una «descarga» del afecto. O en términos más modernos: fue imposible de nombrar lo que amenazaba con presentarse ante la consciencia.

Así las neurosis traumáticas resultan de un triple fallo:

1°) La imposibilidad de nombrar lo que en el traumatismo ha provocado el espanto y/o de la abreacción de este afecto;

2°) La imposibilidad de elaborar el traumatismo en el sentido del olvido

3°) La imposibilidad de utilizar los recursos de la asociación simbólica y de la represión, para producir síntomas más «soportables ».

Es el tercer punto que plantea el problema esencial, los dos otros obstáculos siendo comunes a todas las neurosis.

E) las primeras consecuencias clínicas

El sueño persecutorio

Ese defecto de la represión y de la simbolización permite dar cuenta de un cierto número de datos clínicos.

Antes que nada, los caracteres del síndrome de repetición y de pesadillas: reiteración de lo idéntico de la escena traumática que no recibe las deformaciones simbólicas que los restos diurnos experimentan en el sueño habitual; carácter cuasi-alucinatorio del sueño que viene cada noche a repetir la ruptura y el terror inicial, en este ambiente persecutor (el traumatismo es perseguido por ese retorno del pasado que le sigue extraño, cuya tonalidad es la de «la inquietante extrañeza»); relato estereotipado del traumatismo a lo largo de las sesiones, con la misma producción de angustia, y sin que ninguna otra idea venga espontáneamente a asociarse para enriquecerla, o para desviar su curso inexorable.

El duelo imposible

Otro rasgo clínico de la más alta importancia en la práctica se vuelve comprensible. Observamos sólo de manera muy inconstante elementos depresivos a lo largo de las neurosis traumáticas. La angustia se da en el primer plano, y aún, puede surgir solamente en el momento de la evocación del traumatismo o cuando el sujeto es confrontado a una situación que se lo recuerda. Es sin duda porque un examen psiquiátrico superficial puede concluir en ciertos casos la ausencia de trastornos graves y aconsejar la reanudación de la actividad anterior. La reaparición de trastornos, una vez que el sujeto es relanzado en la situación en la que el traumatismo tuvo lugar (ya sea la reanudación de combates, o de una actividad profesional), alimenta entonces la sospecha de simulación. La depresión sólo es posible si la simbolización también lo es. Aparece únicamente con el trabajo de duelo del objeto investido; lo que se traduce, a nivel del discurso, por el abandono del relato doloroso, a beneficio de la creación de nuevas historias (de nuevos significantes). Es precisamente esta operación que se encuentra en carente en la neurosis traumática.

Así, la práctica muestra que la aparición de un síndrome depresivo, la presencia de sentimientos de culpabilidad, la formación de síntomas neuróticos elaborados (como de fobias estructuradas, de síntomas de conversión...) son más bien elementos favorables y de mejor pronóstico.

El estado afectivo de los neuróticos traumáticos, fuera de la angustia, es más bien el del agotamiento y de la astenia, y no el de la depresión. La angustia puede tomar un tinte fóbico, pero que será de buen grado sobretodo «pantofóbico»: de situaciones múltiples, no específicas, con capacidad de suscitar la angustia.

El cuerpo no erotizado

El cuerpo es el centro de numerosas quejas, variables: dolores, quemaduras, trastornos de la sensibilidad y de los sentidos (vista), debilidad muscular, trastornos de equilibrio... Esos trastornos fluctúan, los dolores migran, desaparecen, regresan. Esas quejas somáticas solo tienen raramente una significación simbólica como las conversiones de la histeria, y no hacen jamás el objeto de la «bella indiferencia» histérica. Cuando un tratamiento físico tuvo lugar (como en los caso de torturas o de accidentes), conciernen directamente (es decir sin desplazamiento) las partes del cuerpo perjudicadas. Si un alcance simbólico puede a veces serles inferidos, no es singular, pero más bien el reflejo de las representaciones ambientes (colectivas o tradicionales) [5].

F) Formulación de hipótesis psicopatológicas

1°) ¿Porque el traumatismo no es simbolizado?

Esta cuestión central puede ser abordada de diferentes maneras:

- sea que se trate de un fallo simbólico propio al sujeto mismo. Regresamos a hipótesis constitucionales o estructurales.
- sea el traumatismo, con motivo de sus caracteres, (su intensidad o su naturaleza,...) hace en él mismo un obstáculo hacia la simbolización.

Pero esas dos hipótesis son insuficientes y no llegan a dar cuenta de la realidad clínica observada (en particular de los efectos de « masa », como por ejemplo la tasa de suicidio entre los veteranos del Vietnam, lo que produjo dos veces más el número de fallecimientos que los combates...). Para salir de esta alternativa, me parece indispensable introducir un tercer término.

La aptitud de simbolizar, de « elaborar » un acontecimiento, no depende solamente del individuo que es confrontado a esto. La posición que adopta no es solamente tributaria de su pasado y de sus experiencias traumáticas ya vividas, es igualmente determinada por el contexto social que lo rodea, en el sentido preciso de los materiales simbólicos que le permiten al sujeto inscribirse en un orden social. Lo que de paso, permite comprender el aspecto traumático de ciertas patologías sin traumatismo «objetivo». Es este aspecto «social» que me propongo definir y desarrollar en este trabajo.

2°) Si la fantasmalización está ausente, ¿acaso no podríamos considerar que se trata de una patología pulsional?

A lo real del traumatismo, respondería entonces lo real del desencadenamiento pulsional. Sobre este otro aspecto de la cuestión, referirse al trabajo de K. Khelil et al. (1993).

II. EXTENSIÓN DEL CAMPO DE APLICACIÓN DE LA PATOLOGÍA TRAUMÁTICA

A) Distinciones en el seno de las « neurosis traumáticas clásicas »

Los datos que hemos presentado hasta ahora se refieren a la forma típica de la neurosis traumática, definida clásicamente por el carácter excepcionalmente intenso y catastrófico del traumatismo, poniendo en juego el peligro vital. Dentro de este cuadro, un cierto número de situaciones deben ser distinguidas, cada una presenta problemas psicopatológicos particulares. El bosquejo que sigue a continuación merecería ser afinado y completado.

- Las neurosis de guerra, para las cuales se debe hacer intervenir a la psicología particular impresa en el combatiente por la institución militar, el factor del entrenamiento (los soldados de oficio y los reclutados no ocupan posiciones equivalentes), el peso de los ideales y el grado de adhesión a las causas defendidas, etc... (Freud hablabla de un yo de paz y de un yo de guerra; cf. también Barrois, 1993).

- Las secuelas de torturas o de detenciones deshumanizadoras (las deportaciones en los campos de concentración por ejemplo) cuyo traumatismo está marcado por los efectos de la relación hacia el verdugo, los daños subjetivos acarreados por la producción de confesiones, o por algunas condiciones extremas (objetivas, pero también a través la perversión que las organizan como tales) en las cuales su propia supervivencia tiene a veces como precio la muerte de los codetenidos. En el caso de torturas por razones políticas, las motivaciones inconcientes y conscientes del compromiso militante, así como el sentimiento de pertenencia a un grupo o a una organización, son algunos elementos que determinan las posibilidades de resistencia a las pruebas, y modulan las secuelas psíquicas. Algunos efectos subjetivos particulares son aparentemente producidos por las torturas y los encarcelamientos «a ciegas» que se ejercen sobre algunos individuos tomados al azar y no comprometidos políticamente (como fue el caso cuando la dictadura argentina quiso imponer un clima de terror generalizado).

- En las catástrofes naturales, los accidentes de medios de transporte, ciertos atentados terroristas, ciertas exacciones crapulosas, las víctimas son anónimas y están completamente solas en su sufrimiento, en el sentido de que ninguna representación colectiva puede sostenerlos ni darles el sentimiento de pertenecer a un grupo (unido, por ejemplo, por un guerrero ideal, una causa para defender, un sufrimiento común a soportar, etc...). El problema del reconocimiento es entonces aún más agudo. La experiencia vivida de lo arbitrario y del abandono es exacerbada, y explica sin duda las constituciones recientes de asociaciones de víctimas y las nuevas legislaciones a favor de ellas.

B) patología traumática y emigración

Algunos argumentos clínicos y psicopatológicos permiten pensar que una patología traumática ocurre en otras situaciones. No siempre encontramos en ellos, el carácter catastrófico del traumatismo, pero si regularmente el dominio de la realidad «externa» (por contraste al fantasma), bajo la forma de la fijación de un traumatismo (aún mínimo), o de la insistencia de datos de la realidad concreta (sociales, económicos, profesionales, etc...). Es el caso de trastornos psíquicos presentados por muchos pacientes inmigrados.

Tomaremos como un tipo de descripción el caso más frecuente del paciente inmigrado, de baja en el trabajo (con frecuencia por largo tiempo), luego de un accidente o de un simple incidente en el trabajo, o incluso a veces a causa de una afección intercurrente.

Temporalidad

Lo vivido temporal de esos pacientes es sin duda uno de los factores más específicos, y que remite más explícitamente a la patología traumática. El accidente induce una ruptura radical en el curso del tiempo, entre un antes y un después que oponen todo. La vida antes del traumatismo es a veces idealizada, pero con más frecuencia reducida o escamoteada. La evocación biográfica es pobre, difícil, véase totalmente ausente. Ningún vínculo se establece entre el estado actual y los acontecimientos o los sufrimientos pasados. El sujeto se presenta como desprendido del hilo de su historia personal, y ya sin ninguna capacidad de proyección del porvenir. El tiempo vivido es el presente: actualidad de quejas y de dolores que los yo no logran difuminar; vivacidad de un traumatismo regularmente invocado y contado. La repetición estereotipada de las quejas, inevitable incautación que debuta cada consulta, podría constituir en ella misma el equivalente del síndrome de repetición de neurosis traumáticas. Aún si los recuerdos son evocados, como angustias o traumatismos de infancia, los vínculos con la actualidad no están establecidos, o bien poco investidos. Este obstáculo se agrega a la ausencia de simbolización del traumatismo señalado más arriba.

El cuerpo

El sufrimiento del cuerpo se encuentra con frecuencia en primer plano, haya habido o no efracción corporal o peligro vital. Además de la ausencia de una elaboración de tipo histérico, la relación con el cuerpo propio parece marcada por la extrañeza. El cuerpo mismo se vuelve «cuerpo extraño», fuente de una angustia mezclada de perplejidad, cercana a veces al sentimiento de despersonalización. Los trastornos de la sensibilidad son muy evocadores: tal paciente por ejemplo se arranca puñados de vellos de su tórax para hacernos testigos de su insensibilidad, tal otro se golpea, se pincha o se magulla [6]. Esos fenómenos contrastan con las hiperestesias y la intensidad de dolores de toda naturaleza que focalizan las quejas de esos mismos pacientes. Esos pacientes ya no reconocen más ese nuevo cuerpo que los persigue. Se recuerdan que antes, en especial se habían mostrados particularmente resistentes y poco blandos. Un paciente turco que había experimentado en su pasado muchos accidentes corporales (caídas, fracturas, etc...) explicaba así siempre haberse levantado sin hacer caso de sus lastimaduras, “como si, añadía, mi cuerpo en esa época, estaba de más”, un tipo de aparato independiente, que funcionaba por su propia cuenta y cuyas heridas no tocaban ni su moral ni su voluntad. Por supuesto que podemos preguntarnos si esa relación hiper-funcional del cuerpo no era ya un resultado por si mismo de un investimiento patológico. Como en la neurosis traumática, los trastornos de percepciones, y principalmente de la vista, son frecuentes.

Angustia

Las formas que toma la angustia dentro de ese cuadro son más variables. Ella domina, a veces, desbordando de manera difusa en todos los sectores de la vida del paciente, bajo la forma de un estado de alerta permanente, el sentimiento de un peligro vago, de una amenaza. Puede tomar aspectos fóbicos, pero las fobias no se localizan en una situación o en un objeto, y son adrede generalizadas (miedo de salir sólo, de manejar el automóvil, de la gente, aparición de vértigos en las alturas), con frecuencia se presentan las fobias de impulsión, revelando una agresividad que puede llevar de paso al acto.

La angustia es la fuente de pesadillas a veces repetitivas en las cuales la escena traumática es reemplazada por escenas de persecución ( por hombres con contornos difusos, o por animales espantosos...) en los cuales la vida del que sueña se encuentra en peligro.

La angustia se limita a veces a circunstancias precisas. El regreso al trabajo es una, pero el encuentro con un experto, algunas palabras motivadoras o que ordenan la reanudación de actividades, el rechazo de medicamentos, suscitan a veces desbordamientos emocionales bajo la forma de un arrebato de cólera. Lo que está en juego aquí está ligado a la significación que toman para el «sujeto traumático» tales órdenes: por una parte reactualizan la dimensión de exclusión, el no reconocimiento del sufrimiento y del traumatismo, por otra parte, tiene el valor de un mandamiento paternal y envían al sujeto al nudo de su angustia. El traumático parece en efecto estar en conflicto con una figura paternal esencialmente aterradora y feroz, de tipo superyoíco, representación de fortuna de una instancia simbólica desfalleciente. (Ver algunos comentarios sobre esta cuestión en la tercera parte).

Irritabilidad y violencia

La irritabilidad y los trastornos de carácter se traducen de entrada por arrebatos de cólera, explosiones auto o hetero-agresivas, violencias familiares, y una agravación del aislamiento social y en el seno de la familia. Esos pasos al acto derivan una vez más de esa dificultad para simbolizar propia a la patología traumática. Las fuentes de irritación, se trate del ruido que hacen los niños, de las recriminaciones de la esposa o del amigo que simplemente desea iniciar una conversación, son tanto intrusiones insoportables que ninguna palabra puede pacificar. Ocupan la misma función que la escena traumática misma, una faz de lo real retorna, en su constante y persecutora actualidad.

Retracción narcisista y duelo imposible

Los pacientes viven un completo desmoronamiento de su ser. Todos los investimientos anteriores son abandonados, al beneficio exclusivo de una atención para el cuerpo y para ese momento de su vida en el que todo bascula. Regresiones profundas llevan a los hombres a renunciar brutalmente de su función familiar de padre y esposo. Destacan violentamente su total indiferencia respecto a sus hijos, que se vuelven rivales con los que se les pelea por la atención y los cuidados de la madre. Otros elaboran un sentimiento de culpabilidad a partir de esa indiferencia misma que se impone en ellos y los llena de vergüenza. Esas conmociones son aumentadas en las familias inmigradas a causa del abismo que cava de ahora en adelante la realidad de un padre inválido y su representación tradicional completa de virilidad, de fuerza y de autoridad. El duelo de las imágenes ideales parece imposible y el desmoronamiento narcisista se alimenta de la referencia con un padre idealizado e intocable, o aún de la creencia al posible retorno del paraíso perdido de la infancia (el mito del retorno, prácticamente jamás realizado, es una de las formas). Señalemos de nuevo la inconstancia de los elementos depresivos dentro de ese contexto traumático. (No es raro que los pacientes se quejen de engordarse y no de adelgazar).

Una pérdida sobresale: la salud, la fuerza, el poder, el coraje, la resistencia, el respecto de los hijos, la consideración de los jefes, etc..., pero esta pérdida no experimenta tanto el trabajo de duelo como el momento traumático experimenta la operación del olvido. El «momento traumático» consiste por otra parte a veces en la recitación del relato de los múltiples traumatismos de los que fue víctima el paciente hasta llegar a ese que por así decirlo los ha cristalizado todos y reunido en un solo acontecimiento significante: novatadas en el trabajo, falta de pago de salarios dados a causa de la ignorancia de los contratos firmados, actitudes racistas en el medio profesional, etc. Esta lista inicia frecuentemente con el traumatismo de salir del país de origen, vivido a la vez como un rechazo y un sacrificio para la familia.

« La pérdida del sentido de la vida: los muertos vivos »

Una pérdida de otra naturaleza es con frecuencia expresada, muy específica, nos parece, de la patología traumática. Podríamos hablar de una perdida del sentido de la vida. No con sentido melancólico o depresivo en el que son la indignidad y la culpabilidad que justifican el dejar de vivir (y no son más que las caras inversas de un investimiento persistente, y finalmente de una cierta fe en los valores de dignidad, de nobleza, de honestidad, etc...) El sujeto traumático ya no comprende todo lo que sucede a su alrededor, se vuelve profundamente perplejo ante la agitación de un mundo en el cual se ha vuelto radicalmente extranjero.

Un paciente nos pregunta con frecuencia « Cuando veo esas personas que caminan, que corren, que comen, que aman a su esposa, se ocupan de sus hijos, que le tienen gusto a algo, yo ya no entiendo, todo eso ya se terminó para mí. ¿Qué hacen? ¿Porque hacen todo eso? ¿Porque vivir? ¿Porque venimos al mundo?» La realidad social y familiar parece ser percibida desde muy lejos, como aplastada sobre el espacio plano de una pantalla de cine sobre la cual los movimientos del mundo se vuelven burlescos y angustiantes, sin finalidad perceptible, sin perspectivas. Ese atropello del espacio, esa vivencia de inmovilidad, mientras que el mundo se mueve alrededor, debe ser aplicado al paro del correr del tiempo que ya ha sido señalado, y de la imposición del visual cinematográfico del síndrome de repetición. El mundo del «sujeto traumático» se encuentra reunido en la dimensión plana de la imagen y en el estiramiento inmóvil del instante. No es un objeto que se encuentra en ese caso perdido, es el sentimiento de vivir «como» o «con» los demás, es el sentimiento de pertenecer al mundo de los vivos. Lo traumático se vive como muerto-vivo, excluido de la comunidad de humanos deseantes. Veremos que esta exclusión misma es talvez el fundamento de la psicopatología traumática.

Aspectos transferenciales

La conducta y las dificultades del tratamiento se derivan de todos esos elementos. La relación terapéutica está marcada por la dependencia (regularidad a las citas, espera pasiva de soluciones), pero la transferencia no produce las condiciones de una elaboración. El discurso no se descentraliza espontáneamente, los síntomas no se desplazan fácilmente. El terapeuta es primero testigo del sufrimiento, a través de una exposición repetitiva de quejas. Cuando algunos escapes son posibles, cuando vínculos significantes con el pasado se proponen, estos suscitan a veces la adhesión, la sorpresa y rompen el discurso fijado. Pero en la consulta siguiente, todo se ha olvidado. Nunca es retomado el hilo de una construcción.

La elaboración parece imposible dentro del intervalo de las consultas. Todo ocurre como si, en el desarrollo del tratamiento por igual, solamente era importante la actualidad de una palabra conjugada al presente. Igual que las pesadillas repetitivas fallan en producir lazos simbólicos (contrariamente a los sueños habituales que están al servicio de la represión), el relato de quejas o del momento traumático no tiene un efecto catártico y no ofrece un alivio durable (cf. Barrois, 1988). En definitiva, parece que la única dimensión verbal de la psicoterapia es insuficiente o inadaptada. El peso de la realidad enfatizado en esos trastornos parece tener como corolario el exigir de parte del terapeuta una puesta en acción significante.

La interpelación de las instituciones y la conmoción de referencias

Otro punto es por fin común a los discursos de esos pacientes, que los acerca una vez más a los neuróticos traumáticos. Encausar a las instituciones es constante. Toma formas muy variables, cuya reivindicación de la renta o de la indemnización, si es frecuente, solo representa sin embargo el aspecto más caricatural y tramposo.

Los pacientes parecen a veces descubrir, con motivo de su enfermedad, y de manera retrospectiva, la verdadera condición que ha sido propia de ellos, en la sociedad « de acogida » y particularmente en el mundo de trabajo. Como si la renegación de la realidad que los sostenía ya no sería ahora operante. No es raro escuchar los discursos que tratan del racismo ambiente, y de su corolario en los discursos políticos. Francia ha decepcionado. Francia como un lugar simbólico de Derecho e Igualdad, esa de la que se pensaba que era garantizadora de esos valores fundamentales.

La mayor parte del tiempo, los pacientes se quedan sin embargo sumergidos en la perplejidad, en una posición ambivalente y contradictoria que pone de espaldas el suplicio tradicional de su país de origen y la perversión de una libertad republicana que excluye a los más débiles. Esos conflictos se actualizan en el centro de la familia, en donde se oponen el padre y los hijos, cada uno atrapado sobre sus reivindicaciones imaginarias. Esta conmoción de los puntos de referencia, de los valores, de las referencias hasta ese momento operantes, debe ser considerado como constitutivo en sí de la dimensión traumática de la patología (en el sentido en el que un sistema de representaciones simbólico se desmorona y confronta al sujeto con una extrema soledad «social».)

III. LO SOCIAL EN CUESTIÓN

Podemos llevar la patología traumática, en el sentido amplio que proponemos, y a pesar de la variedad de las situaciones y las distinciones necesarias, hasta algunas constantes centrales que conviene analizar:

- la noción de un momento traumático que toma la doble significación del abandono y del peligro vital
- un sentimiento de exclusión de la comunidad de los vivientes (pero la expresión es demasiado ligera : no es solamente un « sentimiento »),
- una imposibilidad de simbolizar el núcleo traumático.

Lo que se expone al peligro, es la vida. En el sentido «físico» del término en las neurosis de guerra, las catástrofes, la tortura, etc. Pero en todos los casos, se encuentra la noción de una muerte social. La pérdida del deseo no es más que una formulación más restringida.

Quisiera sostener que esta muerte social no es epifenómeno, una simple consecuencia, una recaída contingente del traumatismo inicial, pero constituye en sí misma la mayor dimensión traumatizante.

La patología traumática interroga y permite renovar la concepción que podemos hacer del proceso (y los procesos) de humanización. Dicho de otra manera, ¿que es lo que le permite al hombre volverse un ser viviente, es decir un ser de deseo, y de permanecer así a pesar de los avatares de la existencia? Y, al contrario, ¿cuales son precisamente las causas de la deshumanización que rige la patología traumática?

Los límites del modelo psicoanalítico « genético » o « de desarrollo»

El proceso de humanización, bajo el ángulo de desarrollo del niño, está regido por la travesía del complejo de Edipo. En una palabra, el niño debe llegar a desprenderse de su madre gracias a la intervención de un separador tercero que es el padre. Este primer duelo es el prototipo de todos los otros y manejará el espacio disponible, la carencia, en donde podrán venir a habitar los deseos, los investimientos y las creaciones personales ulteriores. La función paternal es así operadora de toda simbolización, al significar la ley de lo prohibido y del incesto.

Pero estas respuestas son menos evidentes de lo que aparentan. Debemos antes que nada liberarse de dos ilusiones.

- La idea de un sujeto monádico, que sería el productor de su propio deseo. El deseo se caracteriza al contrario por su exterioridad y su «impropiedad». El deseo solo se manifiesta en su des-posesión misma. Una fórmula lacaniana lo comprueba: «el deseo, es el deseo del Otro». Tratándose del niño por ejemplo, como el deseo de la madre, pero de manera más general, como lo que puede nacer únicamente de la abertura a la alteridad. La pérdida del deseo, no es sólo la falta de carburante de una máquina misteriosa de deseos que encerraríamos en el fondo de nosotros mismos desde la infancia, es ante todo el encuentro que se ha vuelto imposible.

- La otra ilusión, es la de una instancia simbólica concebida como una «entidad privada», interiorizada de una vez por todas, y en la cual algunos, por causa de su historia y de su infancia, serían misteriosamente privados. Es el esquema que se aplica para distinguir neurosis de defensa y psicosis. Si queda utilizable en ese cuadro, la patología traumática demuestra la insuficiencia. El traumatismo induce un fallo de la simbolización en los individuos que hasta entonces parecían, como se dice, incluidos en el «orden simbólico». Se debería si no considerar que esos sujetos son todos psicóticos en potencia, lo que es una manera de evitar la cuestión al responderla sin haberla examinado antes.

Nada prueba que la inserción dentro del orden simbólico, la humanización, sean datos inalterables y garantizados para un sujeto determinado. Es suficiente por el contrario, observar alrededor de nosotros las convulsiones salvajes del mundo geopolítico y de sus guerras, para convencerse de que lo úncio que se encuentra menos asegurado para el hombre es su mantenimiento en la humanidad.

Humanización, social e instituciones

El mito individualista nos hace perder de vista que el hombre es antes que nada un ser social y que su constitución subjetiva es estrechamente dependiente de procesos simbólicos que lo dominan y se desarrollan sobre otra escena. Esta otra escena es la de las representaciones que producen, a nivel de una sociedad o de un Estado, las instituciones legales y de poder. Instituciones religiosas, políticas, jurídicas, cuyo papel es el de poner en marcha, de significar y de garantizar la Ley de lo Interdicto. Esta «otra escena» de los discursos institucionales se encuentra entonces en estrecha resonancia con «la otra escena», en el sentido freudiano de la palabra, el del sueño y del inconsciente.

La patología traumática nos obliga a examinar las distorsiones que experimentan que estos discursos instituidos e instituyentes, y sus consecuencias subjetivas. (Para evocar esos aspectos, haré muy libremente referencia a los trabajos de Pierre Legendre). Algunos ejemplos ayudarán a entender mejor de lo que se trata.

- Empecemos con el caso dramáticamente ejemplar recordado por E. Gomez-Mango (1987) a propósito de lo que vivió la sociedad argentina bajo la dictadura. Las ejecuciones de las personas arrestadas nunca fueron declaradas por las autoridades que los tomaban como «desaparecidos». «La “desaparición” pretende matar la muerte al hacer desaparecer los muertos» (Gomez-Mango, 1987). Las Madres locas de la Plaza de mayo venían a atestiguar la imposibilidad de duelo engendrado por ese rechazo institucional. La operación simbólica de duelo no se puede realizar bajo la ausencia del reconocimiento institucional de la muerte, de los ritos de sepultura y de las ceremonias fundadoras del pacto social.

- Este ataque a la memoria es de actualidad sinistra a través el renacer de ciertos discursos revisionistas, y la ambigüedad de ciertos historiadores y hombres políticos frente al genocidio. El rechazo a darle un nombre a los muertos era uno de los motores del horror nazi. No solamente matar a la persona, pero además matar su nombre y su memoria. Cierta categoría de deportados políticos de los campos de concentración estaban destinados a esta doble muerte, según el efecto de un decreto nazi de 1941 intitulado «NN», iniciales en latín Nomen necio que significa: no conozco su nombre.

Estos ejemplos sinistros se encuentran ahí para recordarnos, por medio del horror de esas perversiones en la historia, la función humanista de la institución: garantizar la operación simbólica por la cual el sujeto es incluido dentro de la sucesión de los nacimientos y las muertes.

- La película de Jean-Bernard ANDRO, « el espanto de los hombres », ofrece atestiguaciones embargantes de esta perspectiva. Notamos que para cada víctima, frente a la imposibilidad de simbolizar el trauma y de hacer un duelo (y el olvido), responde la incapacidad de las instituciones a reconocer el drama del acontecimiento (o su voluntad de pasarlo por alto por razones políticas). El antiguo combatiente de Dien Bien Phu nota amargamente que a su regreso además de que había nadie ahí para acogerlo (entiéndase: ningún representante oficial), nunca se logró inscribir ni una marca simbólica en la memoria del drama acontecido. «No existía ninguna plaza, ninguna calle a la memoria de Dien Bien Phu», se lamenta.

El veterano de Vietnam dirige su sufrimiento al País que lo enterró, a la Patria, agrega, «que ya no se ve nada en el fondo de mis ojos». Recuerda de su regreso de la guerra los insultos y la vindicta popular: «¡asesinos! ¡Asesinos de niños!» Parece haber perdido literalmente la representación de los ideales que sostenían sus acciones. La joven víctima del atentado de una bomba dice esta frase: «No es la bomba que me ha matado, es la administración que se encargó de eso». Y va evocando las dificultades para hacer reconocer sus trastornos en el plano medical y la imposibilidad de obtener una reconversión profesional. Los otros testimonios se dan en el mismo sentido y exponen todos, la incapacidad de la administración de la Salud para reconocer sus trastornos. Otra película notable merece ser señalada a este punto del desarrollo. Se trata de «La guerra sin nombre» de Bertrand Tavernier, recopilación de testimonios de los veteranos llamados franceses en Argelia. Todos relatan, más o menos, una sintomatología traumática (la mayoría no había hablado con nadie desde hace 30 años, antes que Tavernier les ofreciera una posibilidad). «La guerra sin nombre», título particularmente acertado, ya que indica con rigor donde duele más la herida.

El silencio, la desaprobación, el rechazo de nombrar y de inscribir en la memoria, son los motores de todo traumatismo, y el origen de su inexorable repetición (lo que encontramos también en la escala de la patología familiar).

Así podemos considerar que la carencia de simbolización no es solamente el hecho de un «sujeto monadico» privado de ciertas capacidades o aptitudes, pero más bien el efecto de un discurso institucional que lo excluye.

La institución ya no cumple su papel de garantizar el orden simbólico a través de las representaciones que produce (discursos, ceremonias, rituales de conmemoración, leyes,...). La institución falla en su misión esencial que consiste en tomar a su cargo, y en la escena que le es propia (la escena política, religiosa, pero también administrativa....), las operaciones simbólicas fundadoras que aseguran la perpetuación de la memoria y la inscripción del sujeto en una filiación. En resumen, el conjunto de procedimientos que van a garantizar que una Ley exista, a la cual todos los sujetos estarán sometidos, y que asegura a cambio la pacificación de la comunidad social.

Una política de asimilación caducada: el ejemplo francés

Para regresar al problema del tratamiento político de la emigración, ¿cómo no asombrarse de que en Francia, un discurso oficial basado en la asimilación y el único derecho de los individuos se perpetua, en contradicción flagrante con las realidades actuales de la sociedad francesa, e incluso en contradicción con la evolución de diversas jurisdicciones y administraciones, las cuales confrontadas a cuestiones pragmáticas, entregan juzgamientos cuya referencia ya no es la asimilación del individuo, pero más bien un cierto reconocimiento de las minorías en su diversidad cultural ? El discurso oficial francés permanece obstinadamente sobre esta posición: las minorías no existen en Francia.

Algunos ejemplos (extraídos del artículo de Norbert Rouland, El Mundo Diplomático, Octubre 93) : la validación por el Consejo constitucional del estatuto de Córcega ; la promoción de lenguas locales y regionales por la Educación Nacional, un principio de reconocimiento del casamiento poligámico de los extranjeros por las jurisprudencias paralelas del Consejo de Estado y de la Corte de Casación; la reinterpretación del principio de laicidad por el Consejo de Estado que, en Noviembre de 1992, permitió que los alumnos llevarán signos distintivos de sus pertenencias religiosas. La sociedad francesa, a nivel del discurso político oficial, parece estar corta de imaginación o de coraje, incapaz de inventar representaciones que garanticen el pacto social. ¿Qué puede esperarse por otro lado, de las modificaciones del Código de la Nacionalidad y de la obligación que se hace elegir a los niños de extranjeros? ¿Qué significa tal evasión, el rechazo del Estado a asumir la responsabilidad simbólica del acceso a la ciudadanía? ¿Qué esperar, si no una exclusión aún más acrecentada?

Dicho de otra manera, en este contexto, las instituciones de la sociedad de acogida deben responder a una demanda de poner en orden simbólico. La conmoción de indicadores, en el sentido de los ideales esta vez, es la consecuencia inevitable de la realidad del exilio o de la migración. El exilio obliga al sujeto a remodificar las imágenes ideales que lo apoyaban en su país. La confrontación entre la difícil realidad, a veces miserable, y los ideales tradicionales o traídos consigo, lo obliga a poner en tela de juicio su propia imagen, es decir la imagen que da de él a los demás, a sus hijos por ejemplo, en contraste tan grande con la imagen que quisiera darles. Este desprendimiento forzado, esta vacilación imaginaria explica la retracción narcisista observada en esos momentos de crisis. Ahora bien la evolución de esas crisis no depende solamente de los recursos del sujeto, pero también de los medios simbólicos que son puestos a su disposición para que él se encuentre a si mismo en ellos, para que retome un lugar social digno. Se trata ahí de todos los grados de su reconocimiento como ser humano.

Desfallecimiento institucional y convocación de la figura paternal, la comunidad no puede ser más que «negativa».

La conmoción de la Referencia, o su perversión, en el sentido en el que hemos intentado revelarla, revela un elemento psicopatológico casi-constante en los emigrantes que encontramos. Prácticamente todos, en un momento u otro de su psicoterapia, hacen llamado a una figura paternal espantosa, feroz e intocable. Que el verdadero padre haya sido efectivamente un monstruo de autoridad o de frialdad no es un problema en si. Una interpretación culturalista que privilegia el exotismo de los patriarcas orientales es insuficiente. Este punto está estructuralmente, es decir lógicamente, ligado a la problemática del traumatismo y de la referencia desfalleciente. El sujeto traumatizado se encuentra directamente enfrentado con la cuestión crucial de su integración de manera del orden humano y social. Está sumergido en una soledad extrema, el traumatismo libera al hombre a la insociabilidad en estado bruto, a la crueldad de lo real. Freud nos ha dejado el mito de la horda primitiva para meditar sobre estas cuestiones (Ver «Tótem y tabú»). La pacificación de los hermanos puede suceder solamente después del asesinato del Padre, gracias al trabajo de duelo y a la culpabilidad que de eso resulta, indefectiblemente ligada a la trasgresión de la Ley. La experiencia del traumatismo confronta un hombre desprovisto al horror de lo real, de lo que podemos sin duda tomar una idea a partir de la tragedia griega. Un tiempo antes de los monoteísmos y la llegada del sujeto en el sentido moderno, un tiempo en el que la muerte no se encontraba tal parece ligada a la culpabilidad (Ver Rosolato, 1969).

En una tal situación, las representaciones fundadoras del orden simbólico son convocadas. La figura paternal hace irrupción, ya que para escapar a la muerte social, para no permanecer un muerto-vivo, el sujeto -por razones de estructura -se ve obligado a matar de nuevo simbólicamente al Padre. Ese fantasma arcaico de asesinato explica sin duda la ferocidad superyoíca bajo los rasgos de la cual las figuras paternales retornan.

La Referencia y la Ley simbólica se funden así sobre una muerte, un duelo, dicho de otra manera de una Ausencia. La vacilación de la Referencia, es también eso: el rechazo o la denegación de la Ausencia que funda la posibilidad de una vida social. Esto para recalcar bien que los rasgos de reconocimiento de identidad, (intra-étnicos, raciales, religiosos, nacionalistas, etc), no pueden constituir los fundamentos simbólicos de una comunidad. Sería más útil reflexionar sobre este término de «comunidad negativa» propuesto por George Bataille y retomado por Maurice Blanchot en su obra «La comunidad inconfesable».

A MANERA DE CONCLUSIÓN

La perversión del lenguaje: traumatismo y « ultramodernidad » [Tomo esta formula a Pierre Legendre] industrial.

Aún existe una forma más perniciosa de perversión de lo simbólico, una manera crapulosa de hacer trampa con las palabras para matar la posibilidad misma del lenguaje.

En una mesa redonda reciente dedicada a la intolerancia, a la xenofobia y al antisemitismo, se reunían hace algún tiempo en Estrasburgo algunos franceses y hombres políticos rusos. Uno de los primeros argumentos escuchados - no se trata evidentemente de un argumento - fue el siguiente: « ¿y que hacen ustedes de la intolerancia a la intolerancia?» Esto se nos hace conocido. La extrema derecha utiliza en nuestros países los mismos procesos para atacar a sus adversarios: los acusa de «racismo anti-racista». A ese respeto, se puede decir todo y lo que sea, y sobretodo, ya nada tiene sentido. Podemos echar de espaldas a los árabes y los racistas, los nazis y los judíos, y la lista puede ser indefinidamente completada, bajo el modo de «cara a cara» mediático, es decir del duelo, que conduce a una equivalencia generalizada de los enunciados. Todo vale todo y lo que sea. No es un debate de respaldo, destinada a alimentar la nostalgia de los buenos valores de antaño, ese es precisamente el peligro más grave que amenaza a nuestras sociedad, o incluso a la sociedad mundial, tanto los medias la están homogenizando aceleradamente.

Ahora bien se trata exactamente aquí de lo que el psicoanálisis nombra perversión: la negación de la Ley, el rechazo de admitir su existencia misma. Ya que el problema no es de poner en el mismo saco, nazis y resistentes bajo pretexto que utilizan ambos armas, la cuestión cuidadosamente eludida por el discurso perverso es ésta: ¿en el nombre de qué se pelean? ¿Qué valor, qué Referencia legitima el combate? La formula de «En el nombre de» es perfectamente generalizable y permite interrogar cualquier decisión política [Respecto a esta formula, ver Legendre, por ejemplo en sus Leçons VII, passim]. El papel de la política es el de no seguir esta formula que no vale nada, y de no insistir en llevarla al delirio desconociéndola.

Esta manera perversa de escamotear la Referencia, esta nueva forma de « malestar en la civilización », es la fuente de efectos subjetivos que siguen pendientes aún por ser descritos, pero que tienen una relación directa con la patología traumática tal como la hemos presentado (y así, sin duda, con lo que podemos reunir bajo la rubrica «de patologías del acto»). Este es uno de los sentidos del «traumatismo ordinario» del cual hablará Alain Bihr en el transcurso del año.

Bertrand PIRET, noviembre 1993 [7].

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[1] Este trabajo es el fruto de un grupo que se ha reunido frecuentemente a lo largo del año 1992-1993 alrededor de esta cuestión del traumatismo y que comprendía a: Jean-Marie Heinrich, Ahmet Kaptan, Fatih Karaman, Karim Khelil, Nicole Klein, Pierre-Stanislas Lagarde, Bertrand Piret, Ana Podjarny, Osman Turan, Hugo Urrestarazu. La intervención fue precedida de la proyección del «Espanto de los hombres» (1992), película de Jean-Bernard ANDRO. Esta documental se basa en los testimonios recolectados en diferentes contextos: victimas de atentados, combatientes perseguidos por la guerra en la que se han librado, victimas de catástrofes naturales, entre otros. Resalta de una manera especialmente detallada sobre esta entidad demasiado desconocida que es la neurosis traumática, y sobre los mecanismos que la originan. «El espanto de los hombres» ha obtenido la mención especial del jurado del 3° festival de cine, del libro y de la comunicación médica (Deauville 1992).

[2] Referirse para esta discusión a la relación del psiquiatra a propósito de las Neurosis Traumáticas del Congreso de médicos alienistas y neurólogos de Francia y países de lengua francesa de 1954, por Hécaen y Evrard

[3] Referirse sobre esta cuestión a los comentarios de Pierre Legendre en Jouir du Pouvoir [Gozar del Poder], pp. 188 ss, así como pp. 218 ss.

[4] Ver la descripción princeps de FENICHEL (1938) y los comentarios más contemporáneos en BARROIS (1988).

[5] Este último aspecto clínico debería ser profundizado a partir de quejas como las lumbalgias por ejemplo, y las « metáforas » de máquinas extraídas por los pacientes en el mundo del trabajo, etc). Ver también a propósito de las lumbalgias BURLOUX (1985)

[6] Cf. las constataciones similares de Lucien ISRAËL et DOREY en un caso de neurosis traumática: ISRAEL L y DOREY R (1960) Una neurosis traumática aguda. Tratamiento psicoterápico. Cahiers de psychiatrie, [Cuadernos de psiquiatría] n°14, pp. 77-89.

[7] Psiquiatra y psicoanalista en Estrasburgo